EL DOCUMENTO HUMANO

     Según las circunstancias y los hombres, lo más privado entra en la condición de lo más público. Citemos la generación. ¿Quién tiene derecho de averiguar nuestras funciones genésicas para conocer el alza y baja de nuestra virilidad? Sin embargo, cosa tan reservada puede caer bajo el dominio público.

     Hubo en Lima Director de Beneficencia que había convertido el local de la institución en un matadero de reses con faldas. Casi toda mujer, al solicitar gracia o justicia, pagaba su contribución de carne: era el tributo de Zamora con modificaciones de lugar y tiempo. ¡Qué entradas de señoras y señoritas con la unción y recogimiento de personas venidas a recibir el pan de los ángeles! ¡Cuántas salidas con trajes arrugados, greñas alborotadas y figuras incandescentes! -"El señor Director se halla muy ocupado", solía decir con aire socarrón el portero cuando alguien solicitaba un momento de audiencia. Ahora bien; esa brama en las cuatro estaciones, esa erotomanía de un sesentón, ese picar a chorro continuo en una oficina pública ¿merece llamarse una cosa privada?

     Ni en los hombres públicos ni en las personas de su familia o círculo hay acciones insignificantes o privadas. ¿Hay algo más privado que limpiarse los dientes ni mas insignificante que echar un mote? Pues ambas cosas pueden ser de mucha trascendencia: forman el documento humano.

     Hubo en el Perú una Presidenta. . . "de cuyo nombre no queremos acordarnos". Como alguien de la familia le hiciera notar la inconveniencia de meterse los dedos a la boca, la buena dama recurrió al trinche para hurgarse los dientes. Un día, cuando más empeñada se hallaba en la operación dentaria, un Ministro extranjero le preguntó con mucha amabilidad diplomática:

      -Señora, ¿cómo ha seguido el niño?

     -¡Ay!, déjeme usted, señor Ministro, que toda la noche se la ha pasado tuese que tuese.

     El tenedor convertido en mondadientes y el "tuese que tuese" ¿no marcan la psicología de un régimen? Cuando la Presidenta se trinchaba las muelas y lanzaba un "tuese que tuese" ¿qué no haría el marido?

     Las pequeñas acciones nos enseñan tanto como las grandes. Si deseamos conocer a Romaña en toda su avaricia y bajeza de alma, no hay más que imaginarle apagando la luz de un salón para economizar un metro cúbico de gas, levantándose de la mesa para sacar y guardar su botella de fine o encerrándose a zurcir sus botines para no dar cuarenta centavos al zapatero remendón.

     ¿Qué hombre de honor permitiría la publicación de ciertas familiaridades? Seguramente ninguno, y eso conviene al buen nombre de las pecadoras. Los caballeros deben negar a pie juntillas, imitando el sigilo y la prudencia del clérigo italiano a quien acusaban de mantener relaciones ilícitas con María Tamboraque. "-E vero -alegaba el buen presbítero- io dormo sotto il medessimo tetto che Maria Tamboraque, `ma io non fago niente'".


©2005


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