REMEDIO AL MAL

     Somos una España del siglo XVI trasladada como por encanto a las orillas del Pacífico: olemos a inquisidor, a torero, a chulo y a dómine de Salamanca. Vivimos en una especie de aislamiento cerebral y todo lo nuestro denuncia la pequeñez de la fauna y flora peninsulares. Como en nada se percibe el aroma de una raza juvenil, puede afirmarse que en el Perú todos nacemos con la inteligencia encanecida. Aunque políticamente hablando seamos jóvenes, sólo tenemos virilidades intermitentes de viejo verde o de mozo caquéctico.

     Hoy mismo ¿qué es nuestra filosofía?, producto híbrido engendrado en el concubinato del avemaría con el dóminus vobiscum. ¿Qué nuestra ciencia?, vieja quintañona, ungida con el aceite rancio de una sacristía. ¿Qué nuestra literatura?, torre de mazapán con apuntalamientos de caña hueca y ornamentaciones de alfeñique.

     Para obtener un cerebro sin el abominable pliegue metafísico, nuestros hombres deben respirar desde niños un medio distinto del medio español y deben alimentarse con el jugo de pueblos sanos, vigorosos y libres. En romper con las tradiciones coloniales; en mudar, si fuera posible, de lengua, estriba nuestra salvación: todo lo tradicional, todo lo español actúa de rémora o de fermento corruptor. En vez de marchar con naciones que se guían por la voz de los vivos, obedecemos inconscientemente a la fuerza comunicada por un pueblo que obedece a la voz de los muertos.

     )No habría manera de transformar en breve tiempo el carácter nacional? Sí, valiéndonos de la educación extranjera. La marcha de una sociedad se modifica por la acción de fuerzas propias o la intervención de fuerzas extrañas. Si en Pedagogía las fuerzas nacionales no existen o pecan de insuficientes, ¿aguardaremos que los buenos pedagogos nazcan por generación espontánea o se formen paulatinamente por esfuerzo individual, cuando podemos adquirirles nacidos y formados?

     No siendo posible dar a las masas populares una educación puramente científica y positiva, sin rezagos de superstición, debemos proteger la difusión de escuelas protestantes: digan lo que digan los católicos, el Protestantismo representa una evolución moral más avanzada que el Catolicismo.

     A los preceptores venidos del extranjero les cumpliría la doble tarea de educar a los alumnos y reeducar a los actuales educacionistas. Mas ¿lo consentiría la presunción nacional? Los encopetados directores de liceos ¿se resignarían a descender de las cátedras a los bancos? Al proponerlo, al sólo enunciarlo, todos los profesionales de la ignorancia se levantarían en masa, y un pedantón cualquiera nos probaría que su conventículo medioeval superaba con mucho a los institutos docentes de Norteamérica, Inglaterra, Suiza y Alemania.


©2005


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