LA CRÍTICA

     Los mejores críticos modernos, desde Lessing y Goethe hasta Sainte-Beuve y Taine fueron librepensadores, protestantes o judíos. En el Catolicismo florecieron eruditos, escoliastas, comentadores, apologistas, gramáticos, filólogos y todo lo que se pida, menos un verdadero crítico. Sin libre examen no se concibe crítica ni espíritu científico; así, una teoría como la de Darwin, una generalización que abraza todo el Universo, no habría cabido en un cerebro católico.

     No poseen los católicos la tolerante fidelidad del espejo plano, carecen de la facultad de comprender a todas las criaturas del Universo, no tienen la inclinación a simpatizar con personas que profesan ideas contrarias al dogma. La crítica, por más que el crítico se afane para deshacerse de su personalidad y manifestarse imparcial, se reduce al análisis más o menos disimulado de las impresiones que una obra artística produce en nuestro organismo.

     Todo cuadro, poema, estatua o partitura no es más que la Naturaleza divisada al través de un hombre: para comprenderles, necesitamos desvestimos de nuestra propia individualidad, encarnar en el cuerpo del artista, es decir, ver con sus ojos, palpar con sus manos, oír con sus oídos. De otro modo, le criticamos injustamente, ya por lo que dejó de hacer conforme a nuestro ideal, ya por lo que hizo en disconformidad con nuestro modo de sentir. El alma del crítico debe ser el reflector de la obra del artista.

     ¿Cómo se despojará un católico de su Catolicismo? La obra del impío, del heresiarca o del incrédulo será siempre abominable porque representará la Naturaleza divisada al través de la impiedad, de la herejía o de la incredulidad. Si no hay belleza sin verdad, ¿cómo puede encontrar algo bello en la expresión artística de otras creencias quien sólo encuentra verdad en el dogma?

     En el espíritu ortodojo no caben discusiones razonadas sino afirmaciones dogmáticas: quien vive la vida intelectual de la Iglesia, no profesa una crítica independiente de los Cánones. Considerada la Biblia como libro infalible y divino, toda la crítica literaria del buen creyente se reduce a interpretación y confrontación de textos para deducir la conformidad de una obra nueva con los versículos bíblicos. Los judíos fueron lógicos cuando vivieron siglos enteros comentando e interpretando el libro de la Ley. Más lógico fue aún el musulmán que incendiaba las bibliotecas alegando que todo libro estaba de más cuando se poseía el Corán.

     A los católicos, ni el trabajo de la exégesis les queda, desde que la Iglesia se declaró la única con derecho para interpretar los libros sagrados: al buen creyente le cumple una crítica pasiva. Ortodojamente hablando, el único arte poético es el Concilio de Trento; el Supremo Juez, el Pontífice Romano; de modo que la maldad o bondad de un libro se juzga prácticamente por su inscripción o no inscripción en el índice. Así, pues, León XIII, autor de abominables versos latinos, es poeta superior al protestante Shakespeare, al panteísta Goethe y al pagano Virgilio.

     No siendo igual la irritabilidad de todos los organismos, las sensaciones producidas por el mismo objeto tienen que ser diferentes en los individuos. Si colocamos a mil escritores en presencia del Sol poniente, los mil, aunque hablen la misma lengua y hayan nacido en el mismo país, describirán a su manera el espectáculo, porque todos los ojos no ven idénticamente al fijarse en las mismas cosas ni todos los cerebros transforman en idénticos pensamientos las mismas impresiones. Lo mismo sucede con el pintor: un individuo, retratado por cien pintores, hasta fotografiado por cien fotógrafos, posee cien imágenes diferentes de su mismo original.


©2005


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