DIOS

     Lo esencial para los deícolas no estriba en que Dios se muestre justo, sino dadivoso. ¿Cabe dignidad en dirigirse a la Divinidad para demandarle el buen éxito de nuestros negocios y el proceso tranquilo de nuestras digestiones? Nada prueba tanto el egoísmo del hombre como la oración dominical: el "Padre nuestro que estás en los cielos", el "santificado sea tu nombre", el "perdona nuestras deudas", se reducen a retóricas, o estratagemas para dorar la píldora. . .

     Antes de nada, nos dirigimos a Dios para que nos abastezca el vientre; en seguida, para que nos perdone nuestras deudas, quiere decir, nuestros pecados: el egoísmo y la cobardía, porque si practicamos el mal, debemos sufrir las consecuencias. Si al Dios católico le arrebatáramos el doble oficio de racionero y caporal, si de una mano le quitáramos el pan y de la otra le suprimiéramos el látigo, las iglesias quedarían silenciosas y vacías, el Catolicismo perecería de consunción. De los Dioses griegos se dijo que habían nacido del miedo; del Dios católico debemos afirmar que vive del pavor en las almas y del vacío en los vientres.

     Bastaría el mezquino concepto de la Divinidad para convertir al Catolicismo en una superstición indigna de las naciones civilizadas. Imaginarse que los negocios de la Tierra se resuelven con la intervención de fuerzas sobrehumanas; figurarse que la ayuda divina se obtiene por medio de fórmulas y presentes; creer, en una palabra, que la Divinidad cede al cohecho, al soborno y a la adulación, es abrigar una idea pueril del Universo, es poseer una mentalidad de hombre prehistórico. Y ¿qué resulta de semejante doctrina? En la dicha, el católico se infla de vanidad, imaginándose un preferido del cielo; en la desgracia, se humilla y se desalienta, creyéndose merecedor de sus infortunios e indigno de los favores de Dios. Comparando a los hombres de todas las religiones, vemos que no hay soberbia ni abyección iguales a la soberbia y abyección de los católicos. Y se comprende: con la creencia en el Catolicismo se desconfía de la inteligencia, se pierde la fe en la acción poderosa de la voluntad y se aguarda todo de las manos divinas, al punto de amodorrarse en una especie de fatalismo musulmán o conformidad budista. Hasta se niega la virtud benéfica del trabajo al tener por más eficaz el auxilio de la Providencia que el ejercicio de las fuerzas humanas; así que no debemos admirarnos si los pueblos católicos ocupan los peldaños inferiores en la escala del progreso. Algo se hace del Ayax que levanta los puños al cielo y sólo pide luz para combatir con los mismos Dioses; nada se logra de muchedumbres que bajan la frente, murmuran una plegaria y se fían ciegamente en la protección de la Divinidad.


©2005


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