CRÍTICA ESPAÑOLA

     Se ve ya por qué la crítica española pecó siempre de menuda y gramatical: no pudiendo discutir libremente las ideas, los críticos españoles analizan las palabras. Que una obra conmueva el corazón e ilumine el cerebro, que remueva estorbos en el camino de la Humanidad o ensanche el horizonte, nada significa si el autor comete un galicismo, quebranta el régimen o incurre en una impropiedad. Un buen espadachín da una estocada que atraviesa a su contrario; pero el golpe no cuenta porque la empuñadura de la espada no está pulida ni taraceada de diamantes.

     Para la mayoría de los críticos españoles, los poetas deberían teologizar, no filosofar. De ahí se originó la guerra contra Meléndez Valdés, Cienfuegos y Quintana cuando quisieron introducir en la poesía castellana un germen filosófico y humanitario. Con hablar de filosofismo, tachar la descuidada construcción de algunos versos y anotar unos cuantos galicismos, los Moratines y los Hermosillas creyeron haber ganado un Austerlitz literario. Y era lo curioso que muchos, siendo afrancesados en política y hasta paniaguados de Murat, eran en literatura castellanos puros y católicos rancios. Aceptaban la intervención napoleónica, y políticamente querían ser franceses; pero literariamente pretendían permanecer españoles o seudo clásicos a estilo del siglo de Luis XIV. Pensaban sencillamente que el soplo de la Revolución no había pasado por el alma francesa y no veían que Napoleón era un espécimen más o menos falsificado de los revolucionarios: un César ungido con la sangre de Luis XVI.

     ¿Qué pasa hoy mismo en España? Balbuena no es un crítico sino un dómine, un corrector de temas gramaticales; Balart. . .


©2005


Para ir al

     próximo artículo

Para regresar al

     Índice del Tonel de Diógenes.

Para regresar a la página

     "González Prada"


     Para comunicarse con el Webmaster.