SEGUNDA PARTE

     

LA EVOCACION DE ZOSIMO

     Mientras mi buen amigo el Espiritista cumple con los ritos de su ciencia oculta para verificar la evocación, yo me consagro a observar la marcha de los fenómenos. Reina en la habitación una luz de clorofila, crepuscular y difusa, filtrada por una gruesa pantalla verde. Los dos estamos sentados a una mesa de pino, sin tapiz ni más objetos que un tintero, una pluma, unas cuantas hojas de papel y una lámpara. Mi amigo apaga la luz y -nos quedamos en una noche sepulcral.

     De pronto asoma delante de mis ojos una lucecilla viva y oscilante que palidece gradualmente hasta despedir el brillo blanco-mate de una perla. Siento como si en la nuca me proyectaran un chorro de agua fría y de la cabeza a los pies me corre un espeluznamiento nervioso. Sin embargo, me domino y con la mayor serenidad continúo mis observaciones.

     El foco luminoso se dilata y adquiere la forma de un gran óvalo, presentando el aspecto y las dimensiones de una Luna convertida en elipse. La dilatación continúa, a la vez que asoman cinco apéndices, los cuales se precisan y toman la forma de una cabeza, dos brazos y dos piernas. Al fin diviso una figura humana, hecha de niebla comprimida o de nebulosa condensada. Súbitamente, como sucede cuando se coloca una luz en un esteroscopio, los ojos se inflaman, las mejillas se sonrosan, los labios se entreabren,

en una palabra, la vida se comunica a la aparición. Estoy en presencia de mi amigo Zósimo, vestido de rigurosa etiqueta. La lámpara sigue apagada, mas la habitación se encuentra débilmente iluminada por un fulgor blanco y difuso que en forma de una gran elispe rodea la aparición: Zósimo está como retratado en la cáscara de un huevo gigantesco y de luz propia...

     Yo. -(Usted, don Zósimo, usted en persona!

     Zósimo.-No, hombre, en espíritu.

     Yo. - ¿Que significa eso de "en espíritu"?

     Zósimo.-Nada expresan las diferencias escolásticas y sutiles de alma y cuerpo: no hay más que una sola sustancia; la misma en el mineral, en la planta, en el hombre, en los superhumanos. ¿Se dirá que el alcohol o espíritu de vino es de sustancia diferente del vino? Pues bien, cuando el hombre muere, se escapa de su cuerpo un algo que es al mismo cuerpo, como el alcohol al vino, como el perfume a la flor. La muerte,se reduce a un proceso químico, a una destilación de espíritus.

     Yo. -Me sorprende usted con sus palabras.

     Zósimo. -Dejemos el usted y hablémonos de , como se usa en el otro mundo: el que se paga de un usía, de un ilustrísimo, de un excelentísimo es un necio, lo mismo en la Tierra que en la luna.

     Yo.-Entonces ¿cómo te va en la otra vida?

     Zósimo.-Cuando se existe, en ninguna parte va del todo bien. Sin embargo, estoy muchísimo mejor que en la Tierra.

     Yo.-Y ¿qué haces?

     Zósimo.-Versos. Entre los vivos era yo financista, como bien lo sabes; entre los muertos, donde no se conoce el dinero, soy poeta. Y no desdeñes el oficio: mientras la metafísica, la teología, la historia, la jurisprudencia, son mentiras graves, rastreras y enojosas, la poesía es una mentira alegre, alada, luminosa. Mentira por mentira, me declaro por la más bella.

     Yo. -Pues yo creí que te fuera por allá mucho peor que por aquí: tu manera de morir...

     Zósimo.-Bien y mal, mérito y demérito, castigo y premio -concepciones puramente humanas. ¿Me creías en el infierno por haber sido muerto en pecado mortal? La responsabilidad supone el libre albedrío, y ¿qué libre albedrío se concibe donde reina un determinismo inviolado e inviolable? (Pobres hombres que se juzgan libres y señores de sí mismos porque mueven un pie o agitan una mano! Olvidan que no hay mucha diferencia entre ellos y la bola de billar lanzada por el taco o el marionete movido por las invisibles cuerdas del titiritero. Quien roba o mata, quien obra bien y se sacrifica, no hacen más que obedecer a una fuerza irresistible, superior a ellos: se corre al bien o al mal, como por una pendiente se rueda a un campo de flores o a un abismo de oscuridad y muerte., Hay un solo culpable -la Naturaleza. Castigar al que roba o mata vale lo mismo que volverse contra una piedra que nos hiere o una lluvia que nos moja.

     Yo.-Y ¿Dios?

     Zósimo. -Mejor sería que habláramos de otra cosa.

     Yo. -Tú en la vida fuiste católico rancio, y hoy...

     Zósimo.-También el niño ha sido acuático en el vientre de su madre.

     Yo. -Así que ¿no guardas rencor a tu asesino?

     Zósimo.-(Qué idea! Los que nos matan nos hacen un beneficio: nos lanzan de una vida que no vale la pena de ser vivida.

     Yo.-Quiere decir que eres amigo de XX.

     Zósimo.-¿Quién es XX?

     Yo.-Tu matador. ¿Olvidaste ya su nombre?

     Zósimo.-Efectivamente, di poca significación al instrumento, porque "no, mata el hierro que penetra en... sino la mano que lo empuja".

     Yo.-Si se conoce el hierro inconsciente ¿dónde se oculta la mano?

     Zósimo. -Las manos, querrás decir.

     Yo.-Nómbrame a tus asesinos para entregarles a la reprobación universal.

     Zósimo.-No me cumple nombrarles: mis declaraciones encenderían nuevos odios, concitarían venganzas sangrientas y macularían a personajes colocados muy alto y revestidos de muchos honores. Aunque debiera parecer el más interesado en que se descubriese la verdad y se castigara a los culpables, todo eso me importa hoy un comino. Desde el otro mundo (vemos con tanta indiferencia las cosas de la Tierra!: nuestros padres, nuestros hijos, nuestra misma reputación. ¿Te acuerdas hoy de los viajeros que ayer estuvieron a tu lado en un tranvía? ¿Piensas en el vestido viejo que diste hace un año al trapero? Esos vecinos de tranvía son nuestros parientes más cercanos, ese vestido viejo es nuestro mismo cuerpo que dejamos en la tumba. Y (la reputación! Maldito lo que valen las personas que la otorgan. ¿Te importaría el concepto que de ti se formaran los insectos de una carroña o los vibriones de una sepultura? Insectos y vibriones: nada más que eso me parecen hoy los vivos, desde la altura serena de la muerte. Oye, y no lo olvides: todo el bullicio y toda la agitación de la Humanidad en sus innumerables siglos de existencia, no valen más que el murmullo de una espuma desvanecida en la playa o el aleteo de una mariposa abrasada por el fuego de una lámpara.

     Yo. -(Cáspita! La Filosofía del otro mundo había sido tan amarga y desconsoladora como las de Schopenhauer y Hartmann.

Zósimo.-Cuando nosotros queremos despreciar una cosa decimos: "eso no vale una Tierra", como ustedes dicen: "eso no vale un pepino"; y si deseamos infundir mala idea de algún espíritu, exclamamos: "ese es un hombre", como ustedes para infamar a un individuo: "ese es un perro".

     Yo.-Ya esto pasa de castaño a oscuro.

     Zósimo. -Comprendo que fui muy lejos: acabo de herir el orgullo humano; pero yo no hago más que anticiparte el conocimiento de la verdad: cuando salgas de la Cueva, pensarás como yo pienso.

     Yo.-Dime, ¿salir de la Cueva, o morir, causa mucho dolor?

     Zósimo.-¿Has leído el Fedón? La muerte por vejez debería ser la única, la natural; y lo será en la Tierra el día que la Higiene evite las enfermedades y suprima médicos y medicinas. Ahora bien, la muerte por decrepitud no puede llamarse un fenómeno inesperado y súbito, como el trueno en una atmósfera serena, sino una serie de fenómenos enlazados y sin solución de continuidad. No se muere un día, se está muriendo desde que se nace.

     Yo.-Así, tú podrás indicarme el día y la hora de mi muerte.

     Zósimo.-Algo me impide revelártelo; como un hombre no descubre a un niño de seis o siete años los secretos de la generación, así un espíritu no revela jamás a un ser inferior los misterios de la muerte. A mis ojos apareces no sólo cadáver, sino podredumbre, esqueleto, ceniza.

     Yo.-¿Adivinas el porvenir?

     Zósimo. -Adivinar, palabra terrestre, sin ninguna significación en el lenguaje de los superhumanos. Nosotros, siguiendo la hilación entre causa y efectos, podemos deducir lo que sucederá mañana en el orden humano, como si se tratara de un eclipse o de una marea: todo lo seguimos como se ve a la aguja de un cuadrante marcar las horas. ¿Te parece mucho predecir que después de las cinco, el puntero señalará las seis y luego las siete? Como la sustancia es una, la ley es también una y rige tanto lo que ustedes llaman el orden moral como lo que nombran el mundo físico. Y no creas que nosotros lo sabemos todo: dudas tan negras y tan amargas devoran a los espíritus como a los hombres. El vulgo terrestre se imagina que por el solo hecho de morir el hombre adquiere facultades tan poderosas que penetra la esencia íntima de las cosas y se convierte en una especie de...capaz de crear seres y mundos: es como concebir que el enano se agiganta por el solo motivo de pasar de un calabozo hasta un palacio. Entramos al otro mundo con todos nuestros errores y todas nuestras miserias, y tenemos el inmenso trabajo de rehacer nuestra moral y nuestras ciencias: discípulos de una mala escuela, nos educamos de nuevo. Practicamos una ortopedia intelectual y moral. (Si tú supieras lo que vale casi toda la ciencia humana! Aquí, inter nos, sólo hay verdadero el 2 + 2 = 4.

     Yo. -Pero, hombre, ya que te molestas en venir del otro mundo, enséñame algo útil, dime siquiera una frase que me sirva de norma segura en el incierto camino de la vida.

     Zósimo.-El "conócete a ti mismo" del filósofo griego no conduce a mucho ni sirve de gran cosa, pues el hombre, por más que se aísle del mundo y sondee los misterios de su ser, no adquirirá un conocimiento exacto de sí mismo. A más ¿de qué aprovecharía al hombre conocer una parte infinitesimal del Universo? ¿Se conocería el parque de Versalles por una de sus hormigas, al león por uno de sus piojos? Para saber algo sería preciso saberlo todo, y eso no lo podrán nunca los hijos de la Tierra. Para mí, la frase magna, la que yo me repetiría sin descanso si tuviera la desgracia de volver a la vida terrestre, es la siguiente: "Desprécialo todo, empezando por ti mismo".

     La figura de Zósimo pierde su coloración, se transforma en una estatua de blancura marmórea y en seguida empieza a disminuir de volumen y redondearse hasta convertirse en una estrella y desaparecer.


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