UNA TEMPESTAD EN PARIS

I

     Los días se acortan, los vientos fríos empiezan a soplar de cuando en cuando y las hojas de los árboles amarillean y caen: el Otoño se acerca.

     Este Verano, que no se manifestó con fuertes calores ni copiosas lluvias, ha querido despedirse de París con una buena tempestad.

     El cielo amaneció cubierto, y sólo uno que otro rayo de Sol se reflejaba en la cúpula de los Inválidos o en la aguja de Nuestra Señora. La atmósfera estuvo pesadísima, cargada de electricidad, y los temperamentos nerviosos sentían un malestar indefinible.

     De pronto, los árboles agitados por el viento crujen como si fueran a despedazarse o ser arrancados de raíz, y el espacio se cubre de nubes tan espesas que en algunos barrios hay necesidad de recurrir al gas o a la luz eléctrica. Las calles altas y angostas, esos recuerdos del antiguo París, son verdaderas bocas de lobo.

     Los transeúntes apresuran el paso y abren sus paraguas o se cobijan en cafés y portales, a la vez que los gorriones y demás pájaros medio domesticados por la ternura de los parisienses se ocultan, ya en los árboles de los paseos públicos, ya en las hiedras que se arriman a las paredes.

     Los relámpagos suceden a los relámpagos: parece que alguien,oculto en las nubes, se divierte con lanzar a nuestros ojos la luz del Sol concentrada en la concavidad de un espejo. Los truenos lejanos se acercan con rapidez vertiginosa, y pronto el cielo de París se convierte en campo de batalla donde el cañón es la única arma de combate.

     Las nubes descienden como inmensos copos de espuma, se enrarecen y se disipan a ras del suelo; al mismo tiempo que la lluvia empieza por cernirse en gruesos goterones y acaba por descolgarse en largos y retorcidos hilos de cristal. Los tejados resuenan con la descarga del chubasco, las goteras desbordan y un torrente fangoso corre por las calles para ir a precipitarse en los boquerones de las alcantarillas. Al fin, los canales subterráneos vienen estrechos: las aguas brotan a borbotones como sangre de arteria rota, se encharcan, invaden las aceras y concluyen por inundar las bodegas y pisos bajos.

II

     Los parisienses, que han perdido ya la costumbre de santiguarse y rezar, no dejan de divertirse porque brilla el relámpago y repercute el trueno. En hoteles y cafés se habla, se ríe, se canta, se come, se bebe y se hace el amor. La canción picaresca agita sus alas en el salón de los café-cantantes y el corcho de la botella de champaña salta y golpea el cielo raso de los gabinetes particulares.

     El tráfico de los vehículos no cesa tampoco: la ciudad encantada donde parece que no se duerme ni se descansa, sigue desenvolviendo la interminable cadena de sus coches públicos, de sus ómnibus, de sus tranvías y de sus trenes de circunvalación. Al estampido del trueno, responde París con el agudo piteo de la locomotora, con el monótono traqueteo del carromato y con el golpe metálico del herraje en tranquilos alargan el adoquín.

     El cochero resguardado con su capote de jebe y su chistera de hule chillón, jura, blasfema y descarga el látigo sobre los infelices caballos que ya cayendo, ya resbalando sobre un piso de jabón, agachan humildemente la cabeza y continúan en la dolorosa fatiga que sólo concluirá con la muerte.

     En las puertas de los cafés o bajo los portales, hombres intranquilos alargan el brazo para tantear si la lluvia tiende a disminuir y lanzan miradas envidiosas al imperial de los ómnibus donde los pasajeros, abrigados con sus paraguas de tela oscura, van como un pelotón de insectos protegidos por sus caparazones de azabache.

      Hay contrastes dolorosos: mientras el perrito de faldas, adornado con cintas de raso y pulseras de plata, cruza las calles bajo la capota de una victoria y entre los brazos de una mujer lujosamente vestida, el perro vagabundo y callejero se arrima contra una pared, se acurruca y tiembla de frío.

     Pero todo ha concluido ya: las nubes se alejan como ejército desbandado; los gorriones sacudiendo las plumas y medio esponjados, dejan su escondite para ir a picotear las migajas en los alféizares de las ventanas; el Sena, más caudaloso pero encerrado siempre en sus murallas de piedra, arrastra perezosamente sus aguas color de bronce fundido; y la torre Eiffel, chorreando agua y pintada de rojo, se destaca en el azul del horizonte como guerrero bañado de sudor y sangre.


©2005


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