EL ENTIERRO DE RENAN

I

     Después de una helada y nebulosa semana que había desterrado a las últimas golondrinas, el cielo amaneció despejado y azul; sin embargo, unos cuantos nubarrones de fondo negruzco y perfiles blanquecinos, amenazaban con lluvias y oscuridad.

     Desde las primeras horas de la mañana, las calles inmediatas al Colegio de Francia presentaban la fisonomía que hace decir al transeúnte: Hay algo en París. Los agentes de policía, capote al hombro, iban y venían de dos en dos; los bancos públicos rebullían de curiosos que pintaban en el semblante la satisfacción de haber atrapado un asiento; y desde la buhardilla de interminables y monótonos caserones, los vecinos asomaban de tiempo en tiempo la cabeza, en actitud de olfatear si la cosa empezaba ya.

     Como engruesa un río con los arroyos tributarios, el boulevard Saint-Germain se repletaba con la afluencia humana de las avenidas transversales, mientras ómnibus, tranvías y coches se agolpaban en las esquinas, recordando algo así como el atropellamiento, de un ejército derrotado.

     Empezó la lucha de la policía con la muchedumbre, esa lucha que suele transformar en campos de batalla las plazas y calles de las grandes ciudades europeas. Como el gentío no era exorbitante ni rebelde, bastaron las palabras y los hombres para detener en las aceras a los curiosos. Cuando la muchedumbre obstruye las calzadas y desobedece las intimaciones del agente de policía, entonces vienen partidas de coraceros. Y sucede algo brutal, inconcebible: a fuerza de pechadas, los enormes caballos normandos dividen a la masa humana, la arrojan contra los muros de piedra, la aprietan, la reducen y la amoldan como arcilla plástica.

     Las calles, vacías ya por el medio, con una temblorosa y oscilante muralla de carne humana a cada lado, semejaban el surco abierto por un arado gigantesco, hacían pensar en la leyenda judía, cuando las aguas del Mar Rojo se abrieron para dar camino enjuto a los israelitas acaudillados por Moisés. Quien atravesaba hoy ese mar de hombres no era un elegido del Eterno, sino un librepensador muerto en la impenitencia final.

     De las casas, almacenes y pisos bajos brotan gentes, como hormigas de un hormiguero anegado, y en un momento rebosan de curiosos los imperiales de los ómnibus, los paseantes de los coches y hasta las copas de los árboles. De algunas ramas penden y se balancean verdaderos racimos humanos. A la agitación del hombre sonríe la Naturaleza: las hojas secas de los castaños revolotean y caen, como lentejuelas de oro; el firmamento, libre ya de las nubes que presagiaban mal tiempo, resplandece como inmensa copa de zafir volteada sobre París; y la tierra, húmeda con las últimas lloviznas de la noche, tiene la apetitosa frescura de una mujer que sale del baño.

     Sólo las ventanas de los aristocráticos palacios permanecen herméticamente cerradas.

II

     Por casualidad, para ver desfilar el cortejo, me estacioné frente a Iglesia de Saint-Germain-des-Prés, junto al monumento de Diderot. Sentado, con el cuerpo ligeramente caído hacia adelante, con la mano izquierda apoyada en el brazo de la poltrona, con el codo derecho articulado sobre el muslo para sostener en la mano una pluma de ave, el infatigable enciclopedista parecía meditar. A sus pies, bajo el sillón, se amontonaban unos cuantos volúmenes. Largo rato contemplé la fisonomía leal y abierta del hombre acaso más entusiasta del siglo XVIII, del fogoso propagandista que "prodigó su genio sin venderle jamás", del escritor, en f in, que mojó su pluma en el arco iris y usó como arenilla el polvillo de oro arrojado por las alas de una mariposa.

     Un grupo de ingleses con la roja Guía de París en la mano, se había posesionado de los escalones del zócalo, y permanecí de pie, en el asfalto de la acera, cediendo al oleaje de la multitud: de esa impaciente y a la vez sufrida multitud que aguanta seis horas de sol para conocer a un reyezuelo de Africa o pasa la noche al raso para ver guillotinar a un asesino. Escuchaba yo la algarabía de muchachos que pregonaban la vida y testamento de Renán, sentía que vigorosos brazos me estrujaban contra prominentes pechos forrados de seda, y percibía la exhalación acre de las aglomeraciones populares, aquel olor sui géneris que recuerda las emanaciones del humus en fermentación.

     El sordo runrún de la muchedumbre empezó a disminuir; se oía caminar el silencio.

     Pasan guardias civiles, atropándose, con el andar desgarbado del hombre que a medias posee la disciplina del soldado. Pasan dragones con cascos de metal amarillo, crines negras que descienden por la espalda y lanzas agudísimas que producen escalofríos en la piel. Pasan infantes con kepíes de fuego y rifles centelleantes. Pasan disformes coronas formadas de lilas, violetas y rosas blancas y partidas por bandas moradas donde en letras de oro amarillea el nombre de Renán. Pasan carros atestados de flores, altísimos que parecen jardines babilónicos en movimiento. Pasa, o más bien asoma, inmensa carroza tirada por caballos con caparazones negros y franjas de plata, cuando me sucede una cosa extraordinaria.

     Los relampagueos de rifles y corazas, la reverberación del Sol en los sillares y pizarras de la iglesia y, más aún, la atmósfera toda donde se respiraba y hasta se bebía claridad, me causaron un deslumbramiento inefable terminado por la embriaguez de la luz. Estaba yo como en el interior de un gran diamante, y a fuerza de ver la explosión de chispas irisadas, acabé por mirar la vertiginosa danza de átomos negros. El cerebro se evaporaba en mi cráneo, mis manos eran plomo que hormigueaba, mis pies se convertían en sustentáculos de lana que cedían a mi peso... Poco me faltó para caer. Instintivamente, como buscando el socorro de un amigo, volví la cabeza en dirección a la estatua.

     A ese mismo tiempo, Diderot enderezaba sus articulaciones de bronce, se ponía de pie y extendiendo brazo y pluma hacia el carro mortuorio, exclamaba: "Si tú, hereje y excomulgado, no ardiste en la hoguera de Juan Huss y Giordano Bruno; si tú, desheredado hijo del pueblo, obtienes hoy el funeral de un rey; si tú, muerto impenitente y laico, vas a dormir tranquilamente en el regazo de la tierra, sin miedo de que tus restos sean insultados y profanados; todo eso lo debes a nosotros, a los combatientes del siglo XVIII.

     Mientras la estatua recobraba su posición natural, uno de los volúmenes se abrió, dejando leer en letras de fuego esta sola palabra: Enciclopedia.


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