EL PROGRAMA DEL GENERAL

I

     Antes de la guerra con Chile, asistimos al lanzamiento de una candidatura presidencial. A pesar de los años transcurridos, recordamos los sucesos como si ayer les hubiéramos presenciado. Candidato, uno de nuestros invencibles generales; día, un domingo; hora, las 3 p.m.; lugar, el teatro.

     Penetramos en el edificio, pocos minutos después del General, cuando éste había recorrido ya la población al frente de unos quinientos partidarios, en medio de vivas y cohetes, a son de una banda que atronaba los aires con el Ataque de Uchumayo. Fácilmente conseguimos asiento en un palco de segunda fila, entre obreros y estudiantes.

     Cierra el escenario un venerable telón rojizo donde se destaca por encima de las nueve musas un Pegaso de alas blanqueadas y cuerpo color isabel. Cintas y banderas se cruzan y se enlazan con tal profusión que los asistentes parecemos abrigados en una selva de lianas multicolores. Como la sala se alumbra únicamente por un amago de luz tamizada por los vidrios terrosos de una farola central, reina una claridad difusa y melancólica, una especie de aurora tísica y anémica. A veces, algunos rayos de Sol violan las rendijas de una puerta mal cerrada y van a clavarse en las personas y los objetos, como un manojo de saetas inflamadas. Hombres y cosas ofrecen un aspecto raro y fantasmal en el semicrepúsculo de un día que no es día o en la semiobscuridad de una noche que no es noche. Relampaguea la llamarada de un fósforo encendido por algún fumador impaciente; a traquidos leves siguen ligeras fulguraciones y tenues bocanadas de humo.

     El patio hierve de jóvenes (el General tiene predilección por la juventud) sin que falten algunos viejos; así, los cráneos desnudos en medio de cabezas frondosas, semejan copos de espuma en el oleaje de un mar negro. Los palcos rebosan de esos elegantes y correctísimos señores que entre una venia y un apretón de manos despabilan el reloj o el portamonedas; y también de aquellas amables señoras que envueltas en su manta de Cachemira, acuden sin miedo a los sitios donde los caballeros tímidos y vergonzantes se vuelven emprendedores y atrevidos. La cazuela reúne la flor y nata de la reunión; ahí se aglomera el pueblo entusiasta y generoso, ahí rebullen esos bravos electores que por un sol llevan en hombros a su candidato y por otro sol le descrisman de una pedrada.

     Detrás del telón, y como en mundo lejano, menudean los ruidos de pasos, los arrastramientos de muebles y las voces de: "-(Pongan los candeleros! (Traigan la poltrona! -(No se olviden de la campanilla! -(Llenen de agua la botella!(Siéntese encima -(Denle seis azotes! -(Que el General le traiga la mamadera".

     Llega momento en que el número de fumadores se multiplica desvergozadamente: a una llamarada responden cien llamaradas, a una humareda cien humaredas, de modo que la platea concluye por similar un hervidero de flamerolas, una continua aparición de fuegos fatuos. Un calor glutinoso nos derrite, una atmósfera tabernaria nos asfixia. Excitados por la demora, nerviosos, los más pacíficos sienten que el asiento les empuja, experimentan ganas de moverse, gritar y reñir. Como a los chillidos zoológicos sucedieron las insolencias, así al humo del cigarro y a las respiraciones alcohólicas, siguen todas las suciedades y todos los hedores de la bestia humana, del animal colectivo.

     Felizmente, resuenan tres golpes, y el telón sube con lentitud solemne en medio de mil aclamaciones de regocijo.

II

     Una larga mesa rectangular, cubierta de paño verde, cierra casi toda la embocadura del proscenio. Dos candelabros de seis luces, una escribanía de plata, una campanilla de metal amarillo, una botella de agua, dos vasos y muchos, muchísimos papeles, rompen la monotonía del trapo verde.

     Entre la mesa y el telón de foro se destaca el General, rodeado por unas diez o quince personas. Es un hombre de más o menos sesenta años, corpulento, gordo, muy blanco y de fisonomía tan opaca o indefinible que al través de las facciones no se lee nada bueno, ni se vislumbra nada malo. Ofrece una peculiaridad: en la cabeza no guarda un solo pelo, mas conserva un par de bigotes largos, espesos y negrísimos; así que los dos bigotes negros en. la cabeza blanca parecen dos alas de cuervo prendidas en un saquete de harina.

     Muchos aplausos. El General y sus compañeros se sientan. El público enmudece, como tocado por un resorte mágico. La teoría de los oradores empieza el desfile.

     Un estudiante de la Universidad (presunto secretario de prefectura) después de discurrir por media hora y comentar la opinión de Lerminier sobre la guerra, preconiza la unión de la toga con la espada, y termina asegurando que "el ángel tutelar de la Patria había cubierto con sus alas el ancho y noble pecho del General, para que no le hirieran las balas, en previsión de que un día la banda presidencial cruzaría ese ancho y noble pecho".

     Un hojalatero (seguro candidato a la suplencia de la senaduría por Lima) se duele del ningún apoyo que los gobiernos prestan a las industrias nacionales, denuncia la ruinosa competencia ocasionada por la introducción de cafeteras y anafes alemanes, y se regocija al pensar que la clase obrera sale al fin de su letargo, lanzándose a la lucha porque está segura de vencer, gracias al amor manifiesto del General hacia los trabajadores. El buen hojalatero ve a lo lejos una espada, convertida en martillo, aplastando las cafeteras y los anafes abarrotados en los almacenes de la República.

     Un doctor en leyes (secretario del General y probable Ministro de Gobierno) toma la palabra. A los cuarenticinco minutos de hablar, se interrumpe exclamando: "-Pero, señores, he prometido ser breve y lo cumplo. No seguiré defraudando a este nobilísimo auditorio el placer de oír a nuestro digno candidato. Váis a escuchar, no el acento melífluo de un orador académico, sino la voz ruda y franca del soldado. Sus palabras no vibrarán en nuestros oídos como susurro de abejas ni como suspiro de brisas: tronarán como estampido de cañones, como golpe de espadas en el fragor del combate". Y volviéndose al General: "-Héroe de las cien batallas, el generoso pueblo de Lima está pendiente de vuestros labios: probadle que vencer con el hierro no impide iluminar con la elocuencia".

     El General se pone de pie. Concluida la inevitable salva de aplausos, reina un silencio tan profundo que se habría sentido el alto de una pulga. El héroe de las cien batallas, extiende el brazo derecho, abre la boca y permanece mudo, como si una persona invisible le hubiera hipnotizado: no recuerda jota del discursoprograma, sin embargo de haberle sabido, merced a un estudio de veinte a veinticinco días. En vano tose, garraspea, se ensancha el cuello postizo y se rasca el parietal izquierdo, tratando de cosechar ideas en donde no se había dado la pena de sembrarlas. Rebusca en levita, chaleco y pantalón, a caza del original para leerle, ya que no podía recitarle; pero el maldito papel se había quedado en un bolsillo de la ropa casera.

     Ya principian las tosecitas, el runrún, los cuchicheos y las risotadas; ya los miembros de la mesa ponen cara de entierro; ya el secretario bebe hiel y suda vinagre, cuando el General tiene un arranque demosténico, ciceroniano, dantonesco:

     -En fin, señores, mi programa se reduce a escuelas y villas de comunicación, presupuesto y honradez, todo para los amigos y palo para los pícaros. (Palo, palo y palo!

     El General (para quien adversario y pícaro eran sinónimos) no logró ceñirse la banda; pero obtuvo un merecido triunfo oratorio y condensó en breves líneas el programa que han seguido -y siguen hoy mismo - los gobiernos del Perú.


©2005


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