NUESTRA MADRE

     Situada en la extremidad del Continente, soldada a los Pirineos como el apéndice caudal se adhiere al tronco, España vive respirando las exhalaciones digestivas del estómago francés, Alemania huele a pólvora, Inglaterra a carbón de piedra, Estados Unidos a petróleo y tinta de imprenta, España trasciende a moho, incienso y aceite frito.

     ¿Qué fue su penúltimo rey? un sátiro nacido en el ayuntamiento de una genesíaca y un cretinoide. Murió joven Alfonso XII, minado por la herencia patológica y agotado por los vicios, pero tuvo tiempo de casarse dos veces y dejar un heredero que junta en sus venas el suero rancio de los Borbones y el descolorido glóbulo rojo de los Austriacos.

     ¿Qué son los políticos españoles? una incoherente pululación de sombras chinescas. En el Parlamento, se ve de un lado la sombra de un Ministro que pronuncia la sombra de un discurso para defender la sombra de un portafolio, y de otro lado la sombra de un diputado que embiste la sombra de un Gobierno para adquirir la sombra de un poder y saborear la sombra de un presupuesto.

     ¿Qué son los literatos españoles? lechigadas de tardígrados y retardatarios que emiten el vaho de la caverna prehistórica y llevan el cerebro taraceado de incrustaciones antidiluvianas. Castelar, con la inconsciencia del niño, se imagina vaciar una estatua de oro cuando funde en el mismo crisol el metal puro de la Ciencia y la escoria de las viejas Teogonías; Menéndez y Pelayo convierte su erudición en drogas y vendajes para momificar el cadáver de las ideas católicas; Campoamor reproduce a los gemelos siameses, pues con su cabeza izquierda lanza impiedades en verso mientras con su cabeza derecha murmura retractaciones o actos de contrición en prosa; Núñez de Arce entona himnos hondisonantes para glorificar las mentiras convencionales de la religión y de la política, para desenterrar apolillados recuerdos, maldecir a Voltaire y escarnecer a Darwin. Basta recordar que el poeta nacional de los españoles fue y es aún Zorrilla, ese muerto ambulante, ese cadáver insepulto que abría de cuando en cuando los ojos para tomar por seres reales las visiones de su cerebro medioeval. En España, los pocos hombres pensadores o libres se asfixian y mueren, como insectos encerrados en la campana de una máquina neumática.

     ¿Qué es el Pueblo español? una comunidad de frailes sin tonsura y con el hábito escondido, porque desde el académico hasta el chulo, todos llevan entre camisa y pellejo una sotana. Como unas pocas provincias sudan y bregan para que las otras coman y huelguen, el mejor símbolo de España estaría en una serpiente que se engullera su propia cola. El español duerme la siesta después de almorzar, se cansa de descansar y se reposa de haber reposado. No trabaja en Verano por el calor, en Invierno por el frío ni en Primavera y Otoño por ser estaciones intermedias y malsanas. En el ardor de la canícula, todo buen hijo del Cid viaja envuelto en una descomunal capa que le abrigue a él y a su cabalgadura, porque ha de saberse que cuando un buen español se manda hacer una capa, monta en su mula para que el sastre le tome la doble medida. (Y en esto hay mucha razón, porque la mula presta más servicios que el vapor y la electricidad: cuando de cualquier ciudad española se remite un telegrama, se escribe por el tren para avisar que va el mensaje, y cuando sale el tren, se despacha una mula anunciando que el tren ha partido). Los españoles de buena cepa tratan de prójimas a sus mujeres y de paisanos a los burros vizcaínos, aplauden a Frascuelo y silban a Pi y Margall, aguardan el regreso de Don Carlos y comen bacalao todos los viernes. Pero todo eso no impide blandir la navaja. "Aquí -dice Demófilo refiriéndose a España- las pasiones se hallan en estado tan primitivo que no se sacian sino con la muerte. Por un vaso de vino, por una mirada, por una palabra malsonante, se esgrime la navaja, hundiéndola hasta las cachas con saña feroz. No hay gradaciones en la pena. Aun detrás de la piel más lustrosa de todo español, asoman las puntas del toro jarameño, dispuesto a embestir al menor descuido".

     Conforme, pues, a la espontánea confesión de un escritor madrileño, los españoles, a fuerza de lidiar toros, se han vuelto novillos. . .


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