PRIMERA PARTE

.. ."Diogène dans le tonneau dtait l'Univers"...

Byron, hablando de Napoleón, citado por Leon Bloy, "Entrepreneurs de démolition".

     


EL LIMA ANTIGUO

     ¿Qué era el Lima de la Colonia? una sociedad canalizada entre dos muros -el fanatismo y la concupiscencia-. Los limeños del Virreinato quedarían bien figurados por un péndulo oscilando del templo a la alcoba, por no decir del altar a la cama.

     Fanatismo, no religión. Usurpaba el nombre de catolicismo un cúmulo de supersticiones y prácticas idolátricas. Predominaba el culto, no al santo, sino a su imagen, que los cerebros no concebían nada más allá del icono: Dios y santo sin figura material, no eran Dios ni santo. Hombres con apariencias de sesudos creían en sueños, pronósticos y milagros. Si les hubieran asegurado que en la cima del San Cristóbal se dialogaba con Nuestra Señora del Carmen, todos ellos habrían trepado el cerro para conversar con la Santísima Virgen. La psicología del oidor al rezar su rosario se igualaba con la del bandolero al repetir su oración del justo juez. La religión no consistía en el perfeccionamiento moral, sino en la fe del carbonero, exteriorizada por una serie de actos maquinales, pueriles, ridículos y hasta irreverentes.

     A más, el sacerdote reinaba en una esfera superior, como ser intangible y sagrado, como superhombre nacido para ejercer una misión divina. Nada importaba que fuera el ejemplar de todos los vicios. Gozaba de fuero, y herirle en un solo cabello era perpetrar el mayor crimen y atraerse el peor castigo del cielo. Las abuelas referían historias espeluznantes, como la del arriero que pegó de bofetadas al cura y la del soldado que insultó groseramente a un obispo: al arriero se le seca el brazo derecho, al soldado le crece tanto la lengua, que concluye por ahogarle. No se necesita insistir que el atraso de un pueblo se revela en la supremacía del sacerdocio.

     Concupiscencia, no amor. Acaso florecerían idilios, a lo Pablo y Virginia o tragedias a lo Julieta y Romeo; pero Lima en general presentaba el caso de una sociedad enferma de eretismo crónico. Y en vez de curarse, las gentes agravaban su mal: en la casa, con los olores cálidos y violentos y las comidas excitantes; en la calle, con el meneo tentador de las caderas femeninas; en el templo, con el afrodisíaco perfume del incienso. Casados y solteros, sacerdotes y laicos, virreyes y cargadores, todos giraban alrededor del falo.

     La mujer no desempeñaba entonces una elevada función social. ¿Puede ejercerla quien sólo actúa como instrumento de placer? Transcurrida la época de agradar al hombre o -hablando con alguna crudeza- pasada la estación de enardecer al macho, la hembra quedaba recluida en el hogar, ocupando un sitio entre la servidumbre y el mobiliario. La vieja servía de blanco a las burlas de los jóvenes; y para los hijos mismos no existía ser menos respetable que la madre anciana. Ese menosprecio subsistió más allá del Virreinato. Según Max Radiguet, "el respeto a la vejez, los goces de la familia eran desconocidos para las limeñas... Si en una casa un extraño se levantaba con respeto al acercarse una anciana,no era raro oír a una muchacha decirle con tono ligero: No se incomode usted, ésta es mi mamita". La escena tenía lugar en 1844; y no dejará de reproducirse hoy mismo. Diariamente se ve por las calles de la ciudad una mozuela -muy elegante y muy orgullosa- seguida de una anciana humilde y maltrajeada. Son la hija y la madre: la primera va delante para que los transeúntes tomen por ama a la segunda.

     Los padres no alcanzaban más respeto ni merecían infundirle. En su casa misma daban a los hijos el ejemplo de una inconcebible depravación moral. Los blancos tenían mancebas de color (generalmente las esclavas), sucediendo muchas veces que esposa y mancebas cohabitaban en una especie de serrallo bendito. Bastardos y legítimos crecían en una promiscuidad no sabemos si patriarcal o porcina, donde abundaba el acoplamiento de los hermanos con las hermanas.

     Y se comprende el incesto, dadas las costumbres. Los hijos de los amos vivían en las recámaras, fraternalmente unidos a los descendientes de los esclavos; y si en el juego al escondite el señorito no dejaba ilesas a la negrilla ni a la mulatilla, la señorita no salvaba incólume de las travesuras a media luz con el negrillo y el mulatillo. Cada familia representaba los diversos matices de la piel, la mayor o menor abundancia del pigmento.

     Mientras los niños envejecían en las recámaras (según don Felipe Pardo había niños de cincuenta años), las personas mayores se reunían en la sala o estrado para conversar libremente, lejos de los menores, y aguardar la hora de recibir a las amistades. ¿De qué hablarían esas amistades en esas tertulias? ¿Qué serviría de tema a sus comentarios? Probablemente el último devaneo del virrey, la reciente llegada de un galeón al Callao, la próxima celebración de un auto de fe, el nuevo milagro de Santa Rosa, la elección de una madre abadesa, la muerte de algún reverendo padre en olor de santidad, el embarazo de una doncella por haberse puesto los calzones de un vecino, el demonio que en forma de lechuza viene todas las noches a chupar el aceite de las iglesias, el santocristo que suda sangre por el desembarco da protestantes ingleses en la isla de San Lorenzo, la amenaza de terremoto y, salida del mar porque la gallina perteneciente a una sierva de Dios canta como gallo, el fin del mundo porque en una hacienda de la costa abajo acaba de nacer un ternero con dos cabezas y seis patas. Como sol del sistema familiar brilla un señor canónigo, persona sagaz y afable, que entre amputaciones a un bizcochuelo y sangrías a una taza de chocolate, refiere sotto voce los escándalos del día. Derrama luz de ciencia el preconizador de infalibles remedios caseros, el poseedor de una farmacopea donde figuran en primera línea los ojos de cangrejo, los polvos de murciélago calcinado, la saliva en ayunas y cierta droga confeccionada en mucho secreto por una monja muy santa y muy prolija. Mas en la tranquilidad de la tertulia arrojan notas de inquietud lúgubre el viejo que se lamenta de sus bubas y la vieja que se duele de su mal interior.

     Si los hombres se conducían como vemos, ¿se portaban mejor las mujeres? Sólo eran madres en el parir. Apenas alumbrados los hijos, les abandonaban a las nodrizas, que las buenas señoras no les cuidaban ellas mismas por no marchitarse con las malas noches, no les lactaban por no envejecer ni aflojar sus pechos. Las amas de leche (casi siempre negras) provenían de alguna hacienda o de la casa marital donde habían sido fecundadas por un amigo íntimo (seglar o no), un pariente o el mismo páter familias. La intimidad de los niños con las amas de color obliteraba en ambos sexos la repulsión natural del blanco hacia el negro. Aunque godas hasta el hueso, y por consiguiente monárquicas, las limeñas profesaban en asuntos de amor un republicanismo verdaderamente democrático: no las importaba mucho que la piel del varón fuera lechosa, cobriza, achocolatada o bituminosa. Se veía el contubernio de la blanca con el negro. ¿Habían perdido las hembras el instinto de mejorar la especie, ese instinto que las induce a preferir el macho más fuerte y más hermoso? Carecía el negro de hermosura relativa, no de fuerza: con su lujuria de mono y sátiro, calmaba el furor de la Mesalinas criollas.

     Hay más: las limeñas creían peccata minuta el desliz con un sacerdote. ¿Qué Byron cantaría las proezas amorosas de los Don Juan ordenados in sacris, singularmente los capellanes? El capellán integraba las familias pudientes y gozaba de muchas prerrogativas como iniciador de doncellas, consolador de viudas y coadjutor de casadas. Si la corona se heredara cuántos limeños habrían nacido tonsurados. Hoy mismo subsiste en muchas familias la predilección al sacerdote: sólo pecan a lo divino.

     Fanatismo, concupiscencia y crueldad marchan en unión estrecha, formando una trinidad indisoluble. Donde hay un concupiscente fanático, ahí se recela un torsionario. Si los conquistadores infunden horror por la codicia y la ferocidad, sus descendientes inspiran sentimiento igual por la dureza de corazón hacia el indio y el negro. Trataban al esclavo con inhumanidad cartaginesa: como el animal; peor aún, como al objeto insensible. Para esos católicos el negro no contaba en el número de los prójimos. Y no debemos admirarnos: Las Casas, el símbolo de la piedad, aconseja la introducción de esclavos; y para redimir al indio, quiere inmolar al negro.

     En las haciendas, los amos ejercían un símil derecho de pernada: con una orden o una simple insinuación al caporal o mayordomo, tenían a la púber y la impúber, a la casada y la soltera. Sultanes sin muchos miramientos, aumentaban la cría, viendo de esclavos a sus propios hijos. Unían en matrimonio a negros y negras como se ayunta un caballo con una yegua. Mal comidos, mal vestidos, trabajando hasta dieciséis horas, no descansando del todo ni los domingos (pues habla faenas dominicales), los esclavos pasaban una vida más lamentable acaso que los burros y los bueyes. Por faltas leves, media o una docena de azotes; por faltas graves -la gravísima era la fuga- mayor número de azotes, el encierro a pan y agua, el cepo de cabeza, los grillos, el grillete, etc. Los cimarrones solían llevar el último durante muchos años; y no faltaba lo que podríamos llamar los condenados mellizos o la yunta humana: dos negros con grilletes remachados a los extremos de la misma cadena. A la hora de recibir la pitanza consistente en unos cuantos camotes o una lampada de frijoles se oía en casi todas las haciendas dos ruidos siniestros: las interjecciones proferidas por el amo y las cadenas arrastradas por el negro.

     En Lima, los esclavos pasaban una existencia menos dura, aunque el azote no dejaba de funcionar. Por una retribución proporcionada a la dosis, las panaderías se encargaban de flagelar a los negros, unas veces hasta primera sangre, otras hasta despedazar las nalgas y llegar al hueso. No faltó desgraciado que sufriera quinientos y aun mil azotes. Cuando la víctima sobrevivía a la flagelación, se la curaba menos por humanidad que por salvar el precio del artículo. Por toda curación se administraba al paciente lociones y fomentos de orines saturados con sal. La amenaza tradicional de hacer charqui el trasero de un hombre ha llegado hasta nosotros, la hemos visto cumplida en el chino, la vemos aplicada hoy mismo a los ladrones de poca monta cogidos por la policía.

     Algunas limeñas trataban a los negros con cierta conmiseración y hasta cierto cariño; pero otras les oprimían con tanto rigor como los hacendados mismos. Si no usaban el estilete de las patricias romanas, habían encontrado un medio bárbaro de castigar a las negras, principalmente a las mozas: las estrujaban los pechos hasta verlas caer exánimes. La crueldad ofrecía carácter más odioso en las viejas. Las jubiladas del amor, al comparar su carne fláccida y repelente con la carne dura y provocativa, se irritaban y se vengaban. A más, como las secreciones líquidas representaban gran papel en la vida colonial, esas mismas viejas (cancerosas, tísicas o diabéticas) no vacilaban en castigar a los muchachos dándoles a beber orines. Por último, los patrones convertían al negrezuelo en el souffre-douleur del amito. Cuando la víctima rehusaba seguir el juego por haber sufrido bastantes cabalgaduras, repelones y latigazos, acudía la señora de la casa y, acentuando las palabras con los mojicones, exclamaba furiosa: "(Hase visto la insolencia del negro! (No dejarse montar, jalar las pasas ni azotar por el niño! ".

     Y, sin embargo, los negros solían revelar más nobleza de sentimientos que los blancos. Muchas de esas pobres nodrizas fueron más que madres de los niños criados por ellas, algunos de esos infelices esclavos llegaron a ser benefactores de sus amos. ¿Quién no vio a negras ancianas pedir limosna para socorrer a sus antiguas amas? Encopetadas familias limeñas deben su bienestar a los esclavos.

     Más reductible y asimilable que el indio, el negro criado en hogares bondadosos perdía el odio al blanco y se esforzaba por imitar a sus señores, principalmente en la urbanidad y el buen tono. Los bailes de negros lo prueban. Las gentes ricas fomentaban esas diversiones y vestían lujosamente a sus esclavos para que dignamente figuraran en ellas. Pues bien, los bailes se efectuaban, en orden admirable, negros y negras observaban la compostura de grandes señores y grandes damas. Los blancos reían de la triste negra alhajada como una virreina y del pobre negro elegantizado como un marqués; pero no aprovechaban la lección ni alcanzaban a comprender la ironía.

     Se realizaba un fenómeno raro: mientras las negras de casa grande y engreídas imitaban lenguaje y porte de señoras, las señoras adquirían el vocabulario y los modos de las negras bozales. Si por el agujero de una chapa se hubiera escuchado la conversación entre una negra y una blanca, se habría tomado a la criada por la señora y a la señora por la criada. El esprit y la gracia limeñas consistían en una soltura de palabras y maneras, más propia de zaguanes que de salones. La limeña pur sang se pintaba sola para "decir cuatro frescas al lucero del alba", y hacer pasadas como quitarle a un señor la silla en el momento de sentarse, ponerse a comer guindas en una ventana de reja y escupir los cuescos al transeúnte, deslizarse a la casa de un vecino para tirar del mantel y echar por tierra el servicio de mesa, etc.

     ¿Qué producto cerebral podía salir de semejante medio? Salvo una decena de trabajos (envejecidos y sujetos a revisión) todo el caudal científico y literario de los limeños antiguos pide un auto de fe, sin exceptuar las disquisiciones jurídico-teológico-morales de los doctores graduados en nuestra Universidad Mayor. Esos famosísimos doctores in utroque jure presagiaban al don Timoteo de Larra y al Pacheco de Eca de Queiroz. Si no ¿dónde las obras de las lumbreras y los genios criollos? Restando a Peralta, Olavide y algún otro, cero. Acaso unos cuantos mamotretos coloniales encierren páginas o frases merecedoras de la exhumación. La literatura del Virreinato se parece a los montículos o montones formados por aglomeración de los detritus urbanos: a veces ocultan una joya de algún valor. El hallazgo no compensa las fatigas de la rebusca. Hubo a fines del siglo XVIII un amago de aurora con la aparición de El Mercurio Peruano; mas la buena madre España no toleró que la luz se difundiera en el cerebro de sus hijos. Los hombres inteligentes del Virreinato siguieron en la condición de animales submarinos, sin más luz que la emitida por ellos mismos.

     Como se vivía en aislamiento cerebral, todo lo limeño denunciaba la pequeñez de la flora y de la fauna insulares. Las gentes de aquí se parecían a los hombres de Europa, como el kangurú de Australia se parece al elefante de Africa. En nada se percibía la frescura juvenil de una raza nueva; y los niños llevaban aire de nacer con el alma encanecida. Los jóvenes no poseían juventud, sino vejez precoz de mozo caquéxico; no arranques juveniles, sino intermitentes virilidades del viejo verde.

     Imposible que en semejante aglutinación de híbridos y degenerados germinara el espíritu de rebeldía. Resignados a la servidumbre, respiraban los limeños, y resignados a la servidumbre se hundían en la sepultura. Sin Bolívar, Sucre, San Martín y Arenales, sin los venidos de fuera para darnos libertad (quién sabe si hoy mismo vegetaríamos bajo la dominación española! Incapaces de manumitirnos por la acción de nuestros brazos, los limeños (y todos los peruanos) somos los manumisos de Colombia y la Argentina. Argentinos y colombianos hicieron con nosotros lo que más tarde hizo don Ramón Castilla con los negros. Cómo pagamos el beneficio, lo dicen el Portete y el Caquetá.

     Y, sin embargo, hay quienes añoran los tiempos de la Colonia y lamentan la desaparición del Lima antiguo con sus palacios de caña y barro, su balcones seudomoriscos, sus calesas tiradas por jamelgos asmáticos, sus velas de sebo chisporroteando en faroles de vidrios terrosos y jamás completos, sus inquisidores de virtud incierta y de mugre segura, sus médicos a mula por fuera y por dentro, sus tapadas bien olientes de la cintura para arriba, sus aguadores de burro matado y pipas grasientas, sus marqueses de barboquejo y babador, papanatas, bellacos, gurruminos y bujarrones. Descubren y celebran un Lima poético en la ciudad donde no penetraban el extranjero ni el libro; donde las mujeres (y a menudo los hombres de las clases privilegiadas) no sabían leer ni escribir; donde tenían por sabio al hilvanador de tesis hueras en latín macarrónico; donde no existía la conmiseración para el indio, el negro ni el animal; donde todos creían en daño, duendes, brujas, diablo, infierno y apariciones de imágenes pintadas en las rocas de los cerros o en los muros de las casas; donde no conocían higiene pública ni privada; donde acequias al aire libre desbordaban con las deyecciones del vecindario; donde Junta de Sanidad y Baja Policía estaban resumidas en una sola corporación -los gallinazos-; donde algunas gentes cumplían los ochenta años sin haberse bañado una sola vez; donde las elegantes economizaban el jabón y prodigaban los perfumes, llegando a verter esencias olorosas en los ramos de flores; donde los comensales de etiqueta bebían en un solo vaso y se imaginaban superar a Lúculo cuando se atiborraban de puchero, tamales, sebiche, caucau y chicha de maní; donde los saraos de las casas grandes solían concluir en tambarrias con tonadas de bozales, golpes de cajón, danzas del vientre, echadas de cintura... y no sabemos si apagado de luces para escoger parejas en la oscuridad.


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