UN HISTORIADOR

I

     Legrand du Saulle habla de un sargento Bertrand que en avanzadas horas de la noche se introducía en los cementerios para violar las sepulturas y acuchillar a los muertos.

     La historia del Perú acaba de encontrar su Bertrand en el Padre Cappa, con la diferencia que el sargento no respetaba muerto alguno, mientras el Padre, cuando exhuma el cadáver de un conquistador, le echa su responso.

     Glorificando todo lo español por el solo hecho de ser español, teniendo una reticencia maliciosa para las atrocidades de los conquistadores, el buen Padre no exagera el espíritu que animó al jesuíta Clavigero en México, al jesuíta Velasco en el Ecuador y al jesuíta Molina en Chile.

     Los hombres avisados de España (señaladamente los miembros de la compañía) comprendieron que más daño causaban a la gloria española los libros de autores extranjeros que las obras de Las Casas o Garcilaso, y concibieron la idea de contrarrestar con defensas más o menos solapadas los ataques de Paw, Raynal y Robertson.

     Como los discípulos de un herejía llevan la herejía más allá del maestro, así el Padre Cappa se manifiesta más agresivo y mas intransigentemente español que Molina, Velasco y Clavigero. Hombres hay que parecen nacidos, no sólo con odio al crimen, si no también contra ciertas personas, como si antes de venir al mundo hubieran sido víctimas en alguna parte y conservaran un vago recuerdo de sus victimadores: el Padre siente odio innato para las virtudes florecidas lejos de España. Y no le hablen de Colón ni de Bolívar: quién sabe si en algún planeta Colón fue su Torquemada y Bolívar su Santo Domingo.

     Nos causa una leve sonrisa la apoteosis del verdugo en boca de José de Maistre; pero un efecto muy diferente nos producen a veces las ingenuidades del Padre Cappa. "La muerte de Atahuallpa -dice- fue un verdadero crimen, es cierto; pero crean los jóvenes que se han repetido y se repetirá hechos análogos mientras dure el mundo, y con menor motivo, por más que se diserte contra ellos. . ." "Si de corazón pidió el bautismo, dichoso él; y si no, pagó las muertes que había hecho, diremos con Gomara".

     Lo que debe interpretarse del siguiente modo: si de corazón recibió el bautismo, se fue al cielo y le hicieron un bien al matarle; si no, expió todos sus crímenes, primero con la muerte, después con el infierno.

     No hay mucha distancia de semejante manera de juzgar las cosas a gritar como el Legado del Papa en la carnicería de Béziers, cuando los soldados de Simón de Montfort herían indistintamente a católicos y albigenses: ("Matad, matad sin descanso... Jesús sabrá conocer a los suyos". Entonces ¿por qué los buenos creyentes se sulfuran contra los Emperadores que perseguían y martirizaban a los primeros cristianos? Antes deben agradecer persecuciones y martirios y bendecir a los tiranos que les hicieron ganar el cielo. El ratero que me roba la bolsa me causa un bien, pues me ofrece oportunidad de ejercer la virtud de la pobreza. El insolente que aplique un mojicón al Padre Cappa le hace también el beneficio de presentarle ocasión de practicar la virtud de la paciencia.

     La sensiblería mórbida del historiador que llora sobre todo muerto, como si las luchas del pueblo contra el pueblo fueran mascaradas de carnaval, difiere mucho del sano razonamiento del filósofo que sin enternecerse ni enternecer a sus lectores hace justicia al bueno y al malo. Cuando la muerte -nivelador supremo- convierte en polvo al justo y al injusto, a la víctima y al verdugo ¿qué hay para los atropellados y aplastados en el camino e a vida? el fallo de la Historia, nada más.

II

     La historia del Perú -mejor dicho, la prehistoria nacional- debe ser una obra de ciencia, no de erudición; de sabios, no dc académicos o literatos. No basándose en la arqueología ni en la lingüística sino en la exégesis de textos legados por los primitivo historiadores, puede tener el mérito de una buena compilación (extracto, nunca el valor de un monumento científico y original. Lo esencial no estriba en probar si hubo doce o quince Emperadores de la dinastía incaica ni si el Emperador A reinó antes del B o fue casado con la Emperatriz M o la Emperatriz N. Poco nos interesa la crónica palaciega. El problema fundamental es saber de dónde vinieron los pobladores preincaicos, de qué fuentes arranca la civilización peruana y de qué lenguas se derivan las lenguas de América.

     Necesitamos algo más que un Mommsen en Roma, algo más que un Champollion en Egipto. Aunque no sabemos con seguridad cuándo ni de dónde vinieron los Incas, ya conocemos suficientemente el origen del Imperio incaico, su desarrollo y su decadencia; pero casi nada conocemos de los pueblos que les precedieron en América y lucharon con ellos. Perdidas o fijadas ya las tradiciones orales, nos quedan los monumentos y las lenguas como infalibles testimonios que aguardan el ser examinados para dar su respuesta. El arqueólogo que dilucide la confusión de los monumentos y fije la época de su erección, el lingüista que descubra el origen y filiación de nuestras lenguas, serán nuestros verdaderos historiadores. Resolverán problemas que interesan, no sólo al Perú sino a la Humanidad. La arqueología que, con el fragmento de un utensilio doméstico, evoca una civilización, como Cuvier reconstituía un animal con el simple fragmento de un hueso fosilizado; la lingüística que por la comparación de los idiomas indeuropeos permite fijar los rasgos generales de la lengua que les dio vida ¿no descubrirán el origen de las civilizaciones americanas?

     Por ahora, lo seguro es que el Padre Cappa no nos ofrece novedades arqueológicas ni lingüísticas. Su Historia Compendiada del Perú, escrita expresamente para servir de texto en el colegio que la Compañía de Jesús sostiene en Lima, vale tanto como el librillo publicado en 1856 por Manuel Bilbao; menos tal vez que los muchísimos resúmenes dados a luz con menores pretensiones por nuestros pedagogos. Se reduce a un extracto infiel y caprichoso de autores que andan en manos de las personas menos eruditas, con la agravación de que el autor desfigura los personajes, calla los sucesos cuando le conviene callarles y narra los acontecimientos como le aprovecha narrarlos.

     Y no sólo procede así en el Compendio: en lo publicado hasta hoy de lo que, podría llamarse su obra grande sobre la historia del Perú obedece al mismo espíritu y se vale de los mismos medios.

     En su polémica con Larrabure y Unanue, el Padre concluyó por descubrir todos los defectos de su armadura. No conocía el resumen italiano de Pedro Mártir, la Historia de las Indias por Las Casas, la inconclusa Historia de América de Muñoz ni la colección de Mendoza. Todo su arsenal lo constituyen los dos tomos de historiadores primitivos de Indias inclusos en la colección de Rivadeneira, Oviedo, Herrera y uno que otro compendio mal pensado y peor escrito. Las recientes publicaciones de Madrid le son extrañas. "Con la entrada de los chilenos -dice el Padre Cappa en la polémica con Larrabure y Unanue, página 33- empecé a coordinar mis ideas, a trazar el plan de la obra y a tentar las probabilidades de llevarla a cabo. Sólo disponía, como ahora, de unas seis u ocho horas semanales que emplear en ella. La Biblioteca Nacional ocupada por las tropas de Chile, quedó desocupada de los libros que yo necesitaba. Durante la permanencia de los chilenos en Lima, y mientras se reconstituía la Biblioteca, escribí lo que he publicado, lo que se está imprimiendo y parte de lo que, Dios mediante, se publicará. No pude, por consiguiente, tener noticia de la publicación de la Historia de Indias del Obispo de Chiapa, Fray Bartolomé de las Casas".

     Resulta que el Padre compuso su libro sin las indispensables obras de consulta o información y sin meditar, pues una hora diaria en el transcurso de unos pocos meses no basta para allegar materiales, comparar textos, rectificar fechas, sacar apuntaciones, redactar, etc. No; así no escribió Gibbon la Decadencia y caída del Imperio Romano, Thierry la Historia de la conquista de Inglaterra por los Normandos, ni el mismo don Modesto de Lafuente la Historia General de España: Gibbon trabajó lustros enteros, Thierry cegó con la mucha lectura y Lafuente perdió la razón por exceso del estudio.

     Tan a la ligera, o mejor dicho, tan a la diabla no se escribe hoy n( las novelas. Cuando Gustave Flaubert decide componer Salammbó, no se contenta con leer cuanto documento puede sobre Cartago: emprende un viaje para conocer de visu el terreno donde había florecido la antigua ciudad púnica.

     "No pude, por consiguiente, tener noticia de la publicación de la Historia de Indias del Obispo de Chiapa... ¿En qué se relaciona la ocupación chilena con la Historia de Las Casas? Chile al ocupar Lima ¿nos puso en interdicción literaria con el Universo? La entrada de los chilenos a la capital se verificó en enero de 1881, y la publicación de la Historia de las Indias data de 1876. El que escribe la historia de un pueblo ¿no está obligado a conocer las principales obras que se relacionan con ella? ¿Una biblioteca pública es acaso el único sitio para adquirir noticia de las novedades bibliográficas, si es que en 1886 puede llamarse novedad un libro publicado hace diez años?

III

     ¿Ustedes se figuran que la Humanidad, lejos de la época infantil del mito entra ya en el período viril de la crítica? Pues no: muchos se parecen al enfermo que en los desvaríos de la fiebre confunde los objetos reales con las alucinaciones del cerebro. A fines del siglo XIX existen aún escritores que fusionan la historia con la leyenda y entreveran el hecho verosímil con el milagro. Que un Garcilaso, un Calancha o un Palentino mezclen lo real con lo fantástico, se tolera y se perdona recordando la época de su florecimiento; pero (que hoy mismo nos salga el buen Padre narrando seriamente la venida del apóstol Santo Tomás al Perú y las apariciones de la Santísima Virgen!

     Sin embargo del espíritu religioso que le anima, el Compendio se distingue por todo menos por la caridad cristiana. Hemos visto que el Padre Cappa sigue la senda trillada o el camino abierto por algún otro; pero, cuando quiere andar solo y por nuevo sendero, vacila, se extravía y no encuentra más recurso que guarecerse en una encrucijada para lanzar un tiro a la primera figura que se le presenta. Cuando quiere agarrarse cuerpo a cuerpo con sus enemigos, embiste tan cegado por la cólera que pierde su centro de gravedad y se va de bruces. Ni a sangre fría daña porque sus argumentos sin hilación ni orden, sin la lógica o táctica del pensamiento, recuerdan al pelotón de reclutas que en frente del enemigo descargan al aire y se dispersan.

     En cada línea del compendio se denuncian la precipitación y la ligereza; todo él se manifiesta confuso, indeciso, embrionario, pareciendo más bien el descosido apunte de un viajero que no la obra de un literato. El librillo, tanto en el fondo como en la forma, semeja un tembloroso andamio que aguarda la fabricación del edificio, quizá una masa de agua y tierra que espera el molde del adobero.

     El Padre hace gala de purista, censura agriamente el galiparlismo y como casi todos los defensores de la pureza en el idioma, incurre en estupendos galicismos. A más, habla una lengua que principia a ser castellano sin haber concluido de ser catalán, así que sus cláusulas nos recuerdan a los dudosos organismos que empiezan a cobrar apariencia de animales sin haber terminado de parecer vegetales.

     Unas veces diluye el pensamiento en párrafos interminables, como una espiral que vuelve y revuelve sobre sí misma; otras veces aglomera parrafillos sin trabazón, como cuentas engarzadas en hilo sin nudo. Es desapacible, bronco, seco y cacofónico. No respeta ni la gramática. Perpetra concordancias vizcaínas como "se han repetido y se repetirá hechos análogos". o como "si (el partido de Almagro) se hubiera retirado a la nueva-Toledo (sic) como pensaron, es seguro que no los hubiera seguido Vaca de Castro".

     Véase otro espécimen de lenguaje y estilo. "El intérprete Felipillo tergiversó maliciosamente las contestaciones de Atahuallpa, que fue condenado a muerte, sufriendo la sentencia el 29 de agosto de 1533, día de San Juan, cuyo nombre recibió en el bautismo que el P. Valverde le administró poco antes de que muriera". La construcción gramatical debe ser y sufrió, no sufriendo. A más, todo el período carece de unidad (primero es sujeto Felipillo, en seguida Atahualpa, por último Valverde) y peca contra la lógica, pues lo natural sería decir que Atahualpa fue condenado a muerte, que recibió el bautismo y que sufrió la sentencia: no hablar del bautismo después que se habló de la muerte.

     En fin, aunque el Padre Cappa revolviera mañana todos los archivos y bibliotecas de ambos mundos y nos ofreciese un libro adornado con todas las perfecciones artísticas, no sería nunca un autor digno de confianza: vive cegado por dos espíritus: el de secta y el de nacionalidad o campanario. Una historia escrita por él se reducirá siempre a un alegato en favor de España. En sus manos, la historia, que debería ser un espejo donde se retrataran los hombres con su fisonomía propia, degenera en una especie de Museo Grévin donde un niño travieso hubiera puesto a León XIII el tricornio de Bonaparte y a Juana de Arco el sombrero tapageur de María Antonieta.


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