ESPAÑOLES Y YANKEES

     Nicomedes Pastor Díaz afirmó que "el hombre no se da bien en América", y algunos plumíferos españoles nos lo suelen recordar con el olímpico desdén de un Apolo al medirse con una turba de mirmidones o de orangutanes. Vamos a cuentas: si llamamos hombre al bípedo implume que duerme la siesta, se regala con gazpacho, quema cirios a la Virgen del Pilar, declara duelo publico la muerte de un torero y lame la bota de Martínez Campos o la ensangrentada mano de Cánovas, el hombre no se da bien en América, al menos en la América del Norte.

     En cuanto a la América Española, se la abandonamos a todos los humoristas de Madrid, porque el español, al escarnecer a los hispanoamericanos, no hace más que escarnecerse a sí mismo desde que en los hijos se ve la exacta reproducción de los padres. Cierto, en la América Española hay millones de indios y miles de negros que no llevan en sus venas una sola gota de sangre castellana; pero verdad también que los negros y los indios han vivido por algunos siglos bajo la exclusiva dominación de España, de modo que intelectual y moralmente deben ser considerados como sus propios hijos. Los negros o animales del campo, lo mismo que los indios o animales de la mina, se hallan en el caso de argüir a sus antiguos amos: "Si somos malos ¿por qué no nos educaron ustedes bien? Si hemos degenerado ¿por qué no impidieron ustedes la degeneración?" Cuando los animales domésticos degeneran, cúlpese al dueño, no al animal.

     Con todo, supongamos que a pesar de la sabia y paternal administración de los conquistadores, el hombre haya sufrido en la América Española una evolución regresiva hasta el punto de haberse convertido en un gorila. Entonces preguntamos: ¿cómo se explica que los gorilas San Martín, Bolívar y Sucre derrotaran al hombre español? ¿Cómo se explica que los gorilas Bello, Baralt y Cuervo hayan enseñado y enseñen castellano al hombre español? ¿Cómo se explica, en fin, que hoy mismo veinte o veinticinco mil gorilas de Cuba acaben de tener en jaque a más de doscientos mil hombres españoles?

     En España se habla de los americanos como si se tratara de los habitantes de la Luna; por lo general, se sabe que para venir a cualquier punto de América se necesita embarcarse; más allá del embarque no hay noticias. Afírmese que Montevideo linda con Sanpetersburgo y que Buenos Aires dista un kilómetro de Constantinopla, y lo creen hasta los profesores del Ateneo.

     Respecto a los Estados Unidos ¿qué decían no hace mucho los españoles? Los yankees son un pueblo sin ejército aguerrido ni marina fogueada: con el Pelayo y unos cuantos buques más de la invencible y gloriosa escuadra española, sobra para hundir a las naves norteamericanas; con los invencibles y gloriosos veteranos de Cuba, hay fuerza suficiente para invadir el territorio de la Unión, para tomar Washington e imponer las condiciones de paz al Gobierno de la Casa Blanca. Weyler sólo pedía unos setenta u ochenta mil hombres para llevar a cabo la empresa. Y todo esto no era la concepción morbosa de un general reblandecido, sino la opinión arraigada en el cerebro de hombres como Romero Robledo y Nocedal. Hoy mismo no faltan diarios españoles que hagan responsable a Sagasta por no haber apresurado la guerra y hecho trasladar oportunamente cien mil hombres de Cuba a Florida. España habría recorrido en triunfo los Estados Unidos.

     Hay más: para el vulgo español (entendiéndose por vulgo tanto el rufián que en el puente de Toledo blande la navaja, como el marqués tronado que en la calle de Sevilla le palmea las nalgas al torero) los Estados Unidos son una aglomeración de choriceros y matadores de cerdos. Los poetas americanos, en vez de montar el Pegaso, cabalgan en un gorrino; los senadores yankees discuten con los puños arremangados hasta el codo y llenos de sangre porque vienen de matar su marrano; las damas de Nueva York van a los paseos, con su lechón bajo el brazo, a no ser que prefieran quedarse en sus hogares, consagradas a la tarea de ahumar jamones o rellenar chorizos. Todo el ingenio de los bardos y caricaturistas españoles no ha salido de llamar cerdos a los yankees ni de ponerles orinales en lugar de sombreros. Hay quien se ha desmayado de risa al ver semejantes simplezas en el Madrid Cómico, semanario soso y memo, dirigido por una especie de imbécil que responde al nombre de Sinesio Delgado.

     La superioridad del español sobre el norteamericano no admite réplica desde Cádiz hasta Barcelona. Para el buen comedor de garbanzos, nada vale abrir canales y trazar caminos, tender redes de ferrocarriles y de telégrafos, cubrir de muelles las costas y de puentes los ríos, o improvisar en veinte años ciudades que por su magnificencia y población eclipsan a las antiquísimas ciudades europeas. Tampoco vale poseer museos, bibliotecas y universidades iguales y superiores a las del Viejo Mundo. La nación que en tan pocos años realiza tantos prodigios puede estar muy adelantada en el orden material, pero en el orden intelectual ocupa nivel muy inferior a la España de los grandes tribunos y de los grandes escritores. . . "¿Quién tiene a los hombres de palabra y de pluma que poseemos nosotros?", dicen los madrileños hinchando el pecho y esforzándose por elevarse unas cuantas pulgadas sobre los desvencijados adoquines de la Puerta del Sol.

     Se les podía contestar que Núñez de Arce con todos sus Idilios no vale tanto como Longfellow; que un Emilio Castelar con toda su elocuencia no se iguala con Emerson o el Aguila Blanca; que los Pérez Galdós, los Pereda y las Pardo Bazán no hacen olvidar a Washington Irving, a Fenimore Cooper ni a Edgar Poe; que ninguno de los modernos americanistas españoles compite con Prescott, Bancroft ni Winsor; que hasta en el exclusivo terreno de la historia de la literatura castellana no se cuenta español que haya logrado eclipsar a Ticknor... Pero vale más dejarles confitarse en su ilusión y repetirles:

     "Efectivamente, es muy bueno contar con Píndaros y Cicerones; pero más bueno habría sido poseer marinos que no se hubieran dejado echar a pique en Trafalgar, y soldados que hubieran sabido defender Holanda, el Rosellón, Portugal, Zelanda, el Franco Condado, Flandes, el Milanesado, el Reino de Nápoles, México, Centroamérica, la América del Sur y sobre todo Gibraltar. Tampoco habría sido malo poseer ingenieros que hubieran sabido abrir canales y trazar caminos, para que la España de hoy no fuera una especie de archipiélago donde las ciudades representan a las islas y los desiertos hacen de mares".

     Con la sorpresa en Manila y los combates navales en Santiago de Cuba, con la pérdida de Filipinas y Puerto Rico, los españoles tienen razones suficientes para convencerse que en Estados Unidos hay algo más que degolladores de cerdos; pero ¿adquirirán ese convencimiento provechoso y le usarán como una lección salvadora? Seguirán tal vez en sus pueriles fanfarronadas atribuyedo los descalabros a la ineptitud de Blanco, a la traición de Sagasta o al resentimiento de la Pilarica por el escaso número de novenas rezadas en Zaragoza.

Ya Núñez de Arce parece aconsejar a los españoles el uso de la oración. "Impongo silencio -dice- a mi indignación y me limito a rogar a Dios que aparte de los labios de mi desgraciada patria el amargo cáliz que a cada paso le ofrece en estas horas de mortal angustia, la vieja y estéril política de nuestros ciegos partidos".

     Amén...


©2005


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