COMEDORES DE PAPAS



     Los católicos repiten siempre: Todos los que se alejan de Roma, todos los que se declaran en guerra contra el Catolicismo, acaban mal, o en términos gráficos: quien come Papa muere.

     ¿Qué dicen los hechos?

     Cuando el Patriarca Photius hizo en Constantinopla algo parecido a la obra que siete siglos más tarde realizó Lutero en Alemania, Roma sufrió tremenda sacudida, y siguiendo su inveterada costumbre quiso detener el cisma con la astucia y la fuerza. Si hubo tiempo en que los Pontífices romanos imponían con las armas a los disidentes griegos o se burlaban de ellos con tina diplomacia pérfida, hoy las cosas pasan de otro modo: la Iglesia Ortodoxa Griega, encarnada en los eslavos, disfruta del mismo principado que la Iglesia Latina, y a Roma le sería tan difícil dominar o influir en San Petersburgo como en Londres o Berlín. Los papistas se alucinan constantemente con el regreso de los cismáticos griegos al seno de la Iglesia Romana, en tanto que el Imperio Ruso continúa su camino sin preocuparse mucho de Papas ni de Catolicismo: no le separa ya de Roma una simple cuestión de filioque. Entre los eslavos la idea de patria se vincula tanto con la de religión que en Austria o Turquía el ortodoxo griego pasa por ruso, así como en Rusia el protestante pasa por alemán, el budista por chino, el mahometano por turco. Mientras el Papa Latino vegeta en la impotencia política, sin más armas que sus anatemas ni más dominio que el Vaticano, el Zar, con sus ciento veinte millones de súbditos diseminados en Europa y Asia, mantiene el equilibrio europeo, habiéndose convertido en precioso aliado que las grandes potencias se disputan. Francia, la hija mayor de la Iglesia, amenazada por la Triple Alianza, busca su salvación en un comedor de Papas: el Zar de Rusia.

     ¿Qué eran los pueblos germánicos antes de la Reforma?

     Su engrandecimiento empezó el día que los martillazos de Lutero en Wisemburgo fueron a repercutir en el corazón de los príncipes alemanes. Prusia, la nación luterana por excelencia, la que empujó a Víctor Manuel hacia el Vaticano, marcha hoy a la cabeza del Imperio Alemán, habiendo realizado en pocos anos lo que no consiguieron en muchos siglos las naciones católicas de Europa. Basta recordar un solo hecho: a los ciento setenta años de que el Elector Federico III se hizo coronar como rey de Prusia en Koenigsberg, el rey Guillermo I se hacía proclamar Emperador de Alemania en el palacio de Versailles. Los tres millones de hombres que al advenimiento de Federico el Grande componían todo el reino de Prusia se multiplicaron con tanta rapidez que pasan hoy de treinta. Y el aumento en la población es proporcional no sólo al ensanche del territorio sino al adelanto en las ciencias, las artes, la industria y el comercio. Hamburgo ¿no tiende a competir con Londres? Ejércitos prusianos vencieron a la católica Austria en Sadowa, ejércitos prusianos vencieron también a la católica Francia en Sedán.

     Desde, que Enrique VIII rompió con la Curia Romana, no existe nación más comedora de Papas que Inglaterra. Debería ser el país más flagelado por la justicia del Eterno, y sucede todo lo contrario: hasta las fuertes epidemias que diezman a las poblaciones europeas causan menos estragos en ciudades inglesas, cuando no se detienen a sus puertas: la cólera divina retrocede ante la buena higiene. Como nación de libertades públicas y garantías individuales, Inglaterra merece llamarse la primera de todas, sin exceptuar a la misma Francia. Los perseguidos políticos de todas las naciones, los apóstoles que desean hablar y escribir libremente, buscan refugio y protección en el pueblo inglés. Bossuet no se mostró, pues, muy buen profeta cuando predijo que "el libre examen minaría los estados protestantes" ni mejor político al afirmar que "el Protestantismo era incompatible con la existencia de un gobierno bien organizado". Cuando Felipe II, queriendo vengar la muerte de María Stuart y restablecer el Catolicismo en Inglaterra, lanzó contra la reina Isabel todos los cañones de la Invencible Armada, fue la mejor oportunidad para que se manifestara el auxilio divino; pero Dios tuvo la prudencia de permanecer neutral y la Invencible Armada no justificó su nombre. Los cuatrocientos millones de hombres que forman hoy el Imperio Británico evidencian el asombroso desarrollo de los anglo-sajones y el peligro en que se encuentra la Tierra de ser orbe británico, como antes fue orbe romano.

     Por siglos enteros, Italia vive fraccionada en reinos microscópicos, gobernados por mirmidones, siendo campo de batallas y rapiñas, feria donde se dan cita los aventureros coronados o sedientos de coronas; pero cambia de suerte, asciende al rango de gran potencia, el día que Víctor Manuel invade el Quirinal y convierte al Papa en simple vecino de Roma. Morta la bestia, morto il veleno. Sin el Papado, que nunca vaciló en apelar al extranjero para sostenerse y que desde el siglo V había hecho en Italia lo mismo que Inglaterra hace hoy en la India, los italianos olvidaron sus rencillas y reconstituyeron la unidad nacional. Italia come Papa diariamente y diariamente se consolida y se robustece.

     En Suiza, con sólo atravesar a vuelo de pájaro un cantón, se adivina la creencia religiosa de sus pobladores: donde no hay higiene pública ni privada, donde reinan el estancamiento y la pereza, donde hasta el aire parece que encerrara gérmenes de enfermedad y muerte, se cruza por un territorio católico; por el contrario, donde resalta el aseo, donde bullen la actividad y el trabajo, donde se respira algo como un aliento de salud y vida, se atraviesa un lugar protestante.

     No se necesita especificar minuciosamente el fabuloso progreso de los norteamericanos, hijos de ingleses y tan comedores de Papas como sus progenitores. Conviene, sí, mencionar el extraño fenómeno que se realiza en los Estados Unidos: a pesar de la considerable inmigración de irlandeses, el Catolicismo no aumenta en la proporción que debería aumentar. De dos católicos rancios nacen hijos incrédulos o indiferentes. A más, media un abismo entre un católico yankee y un papista italiano o español. El Catolicismo pierde en Norteamérica su intolerancia y agresividad: a manera de microbio patógeno, disminuye su virulencia merced al cultivo y las inoculaciones sucesivas.

     México, dominado por clérigos enemigos de la república y adictos a la monarquía de Maximiliano, comprendió al fin que su regeneración estribaba en romper con las tradiciones religiosas legadas por los españoles. En la República Mexicana las iglesias se transforman hoy en talleres o escuelas, de modo que donde resonaba el órgano, jadean las máquinas a vapor, y donde rezongaba latines el monigote, enuncia verdades científicas el profesor. Desde que México empleó tan radicales medidas contra el papismo, las bendiciones del cielo llueven no sólo sobre sus hijos, sino sobre sus minas, sus pozos de petróleo, sus campos y sus rebaños: todo en esa nación prospera desde que el fanatismo anda de capa caída.

     En Sudamérica, los pueblos que han dictado leyes más opuestas a la enseñanza dogmática, los que han empezado a comer Papa, son los que disfrutan de mayor bienestar, son los que en sus guerras vencen a las naciones católicas, apostólicas y romanas.

     Los hechos manifiestan, pues, que el adelanto de los pueblos se mide por su lejanía de Roma, o más bien dicho, por la cantidad de Papa que comen.

     A cuantos digan que los comedores de Papas mueren, se les debe contestar con las palabras de un gastrónomo al amigo que le aconsejaba no comer trufas porque estaban haciendo daño: --"No haga usted caso, amigo mío, ésa es una voz que han levantado los pavos".


     

El próximo ensayo | Indice