El MOMENTO POLITICO



     Nuestros sencillos pueblos, que no distinguen un conservador de un radical ni alcanzan a medir la capacidad de los cerebros, juzgan por el sentimiento y se imaginan que poseyendo honradez y buena fe o hablando mucho de una y otra, se posee las dotes necesarias para ejercer todas las funciones eclesiásticas y civiles, desde arzobispo hasta presidente.

     Piérola gozó de popularidad porque le creyeron una fuerza honrada contra la rapacidad civilista, Cáceres disfrutó de prestigio porque le consideraron un brazo firme contra la barbarie chilena. Convencido el pueblo de que esos dos hombres asaltaron el poder con el fin de satisfacer su ambición y saciar su codicia, envuelve en el mismo desprecio al fugitivo de San Juan y al derrotado de Huamachuco. Sálgase de Lima, donde una prensa venal y embustera cubre de más incienso a quien paga más, recórrase las aldeas más lejanas, y en tudas partes se oirá gritos de maldición a Piérola y Cáceres. (Qué maldiciones y desprecio tan merecidos! Mientras el uno, despeñándose de ignominia en ignominia, desciende al extremo de convertirse en genízaro a sueldo de un sacristán, el otro, dejando de ser ave de rapiña para degenerar en roedor de migajas funda bancos aguachirles donde consolida sus ahorros y evapora los ajenos.

     Pero ambos personajes no se dan por notificados y siguen creyéndose los necesarios, los redentores, los providenciales. Oiganles hablar: ninguno de los dos tuvo la más mínima participación en la ruina económica ni en los desastres bélicos; óiganles prometer: bastaría dirigir los ojos hacia el General de la Breña o hacia el Dictador de la Veracruz para que nuestros arenales se transformaran en paraísos y nuestra sequía monetaria se convirtiera en lluvia de oro.

     Tan crédulo el uno como el otro, si se figuran que hemos perdido la memoria o que tomamos por fallos de la historia los panegíricos de a tanto por línea. Ya les vimos en la escena, ya les juzgamos por sus hechos. El uno, asalta y detiene el poder durante la guerra con Chile, se proclama Jefe Supremo Político y Militar, promulga un Estatuto draconiano y ridículo a la vez, injerta desatinos financieros en disparates administrativos, y todo lo resuelve, lo trastorna y lo descompone, haciendo pesar sobre la Nación una dictadura de lodo y sangre; el otro no se declara dictador ni asume todos los poderes divinos y humanos; pero se llama restaurador del orden legal, blasona de "haber traído la Constitución en la punta de su espada", y como pruebas de respeto a esa Constitución y a ese orden legal, clausura imprentas, encarcela periodistas, aporrea diputados, mutila congresos, torsiona en las cárceles, manda hombres a Tebes y, en fin, reduce el Perú a la condición de tribu africana. Para execrarles y maldecirles, para aborrecerles siempre y no perdonarles jamás, debemos recordar noche y día que Piérola y Cáceres nos legan a dos insaciables tiburones de la riqueza nacional, a Dreyfus y Grace. Un general sin estrategia y un doctor sin capelo nos han deparado la intervención extranjera, o lo que es lo mismo, la suerte de Venezuela y Egipto.

     Ninguno de estos dos hombres siniestros ejerce hoy el mando supremo, ni ostensiblemente figura de candidato a la presidencia en las próximas elecciones, pero ambos urden su tela en la oscuridad, ambos fraguan sus planes inicuos, ambos acechan la ocasión de pegar el salto y coger las riendas del Gobierno para inaugurar (cada uno por tercera vez) un nuevo período de abusos, ilegalidades y latrocinios. Piérola (confiado en su mayoría de coolíes y bozales parlamentarios) sueña con ser elegido por el Congreso y adquirir en la elección el derecho para proclamarse caudillo de la constitucionalidad, si el Ejecutivo no cejara en su resolución de imponer al candidato civilista; Cáceres (fiado en el temple de esa riquísima espada que supo ganarse al signar el contrato Grace) piensa convertirse en debelador de revoluciones, en brazo fuerte, es decir, en el amo: para legalizar su obra, ya sabría encontrar un segundo Borgoño y un nuevo Solar.

     No extrañen si en las posibles evoluciones de la política nacional no concedemos mucha importancia al candidato civil y hasta le negamos el valor de cantidad apreciable. Como las mujeres casadas no compran ni venden sin la firma del marido, así Manuel Candamo no sale a la escena pública sin aferrarse al mechón de Piérola, al sable de Cáceres o al hisopo de Romaña.

     Si la Alianza Liberal se propone reaccionar de buena fe contra los hombres y las cosas del pasado, tiene que proceder con tanta energía contra el Civilismo como contra los partidos demócrata y cacerista. De nada serviría combatir a los unos con exclusión de los otros, cuando en la hora del peligro todos los bribones se coaligarán para auxiliarse mutuamente y formar una sola comunidad, obedeciendo al instinto de conservación y reconociendo la necesaria solidaridad del crimen. Piérola en el Gobierno, se mancomunaría nuevamente con los civilistas para recomenzar los gatuperios de la sal, del Pichis y de las sociedades recaudadoras; Cáceres en la presidencia, seguiría la misma táctica, ligándose a los mismos hombres para repetir los desfalcos y extorsiones de la época nefanda.

     Los pueblos, cansados ya con el viejo sistema de transacciones y con la interminable serie de marchas y contramarchas, quieren ir hacia adelante y operar decisivamente, sin contemporizaciones ni componendas. Los más pacíficos piden guerra a lo pasado, pero guerra tenaz y sin cuartel. Al proceder de otra manera, se burlaría la credulidad de las gentes honradas y se desacreditaría la causa. ¿Quién no tendría vergüenza de invocar mañana las ideas liberales, si los hombres que las pregonan hoy tendieran la mano a un Cáceres o a un Piérola? A las coaliciones de los malos contra la Nación debe suceder algún día la alianza de los buenos para salvarla y defenderla; a las confabulaciones de candiles y trastienda, una política de luz y vastos horizontes; a los pronunciamientos de pretorianos y caudillejos, las revoluciones de ciudadanos libres.

     En fin, la Alianza Liberal se confundiría con los bandos colecticios y mercenarios, dejaría de ser una esperanza y una fuerza, si, contradiciendo hoy lo que solemnemente declaró ayer, evolucionara conforme a la tradición de nuestros malos políticos y anduviera en vinculaciones clandestinas con los autores de la ruina y deshonra nacionales. Ella lo comprende muy bien, recuerda que los jefes de un partido no son impositores de la voluntad propia sino meros ejecutores del mandato colectivo, y resume su programa en esta frase murmurada incesantemente por los hombres sinceros y de convicciones definidas: O no luchar o contra todos.


©2004


     

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