LA LEY DEL PALO



     Con el asalto a La Idea Libre y el juicio criminal a Tassara, palparnos un hecho muy curioso y vamos creyendo una cosa muy triste.

     Vamos creyendo que un Ministro de la Gran Bretaña no carecía de razón cuando afirmaba (más o menos, pues no recordamos textualmente las palabras) que a "los Tribunales de Justicia peruanos les llamaba así, no porque merecieran el nombre sino por una cortesía diplomática". Y ¡eso que el buen Ministro no habría leído las partidas reservadas en los libros de algunos banqueros y negociantes!

     Palpamos el hecho curioso de que entre un diario y un gobierno haya comunidad de intereses o alianza ofensiva y defensiva. El que censure la conducta de El Comercio, se atrae las iras de Romaña; y el que no ensalce a Romaña, sufre las procacidades y embestidas de El Comercio. ¡Quién sabe si el origen de todas las polémicas y del asalto a La Idea Libre estuvo en que el semanario radical hacía una denodada oposición al desgobernado gobierno de Romaña: el socio industrial se arrojó a la defensa del socio capitalista!

     Merced a sus tres ediciones diarias, a su gran circulación en toda la República y al ineludible prestigio que dan los muchos años aunque se tenga pocas virtudes, El Comercio constituye una fuerza nacional: bien dirigido, serviría de freno moderador a las tiranías oficiales y de poderoso estímulo a nuestras muchedumbres indolentes y amodorradas. Mas los herederos y continuadores de Amunátegui han seguido convirtiendo el diario, no sólo en un azuzador de la autoridad suprema contra las garantías individuales, sino en laboratorio de improperios y calumnias, en oficina de rencores y venganzas, en una perenne amenaza a la propiedad y la vida. Lejos de apaciguar a la fiera que se guarece en el corazón del hombre más bonancible, los redactores de El Comercio dan pábulo al instinto sanguinario de criminales impulsivos y precoces.

     El Comercio ha llevado su locura o cinismo al punto de afirmar axiomáticamente que la pluma se corrige con el palo, que a las impetuosidades de un artículo se responde con las magulladuras de un garrote. Y no se le acuse de hacer una cosa y decir lo contrario: antes de enunciar el axioma, le había enseñado prácticamente, lesionando a Baldassari en el Callao, hiriendo a Tassara en la redacción de La Idea Libre. Los escritores que en adelante funden un periódico independiente, se hallan en el caso de arrodillarse ante El Comercio y decirle: "Oh César del periodismo nacional, los que vamos a recibir el palo, cumplimos con el deber de saludarte".

     Hablar de palos cuando se demanda luz, y recurrir a magulladuras y chichones cuando se pide argumentos, es transformar los pueblos civilizados en una sucursal de las tribus africanas, es retroceder algunos miles de años para ingresar de nuevo a la selva primitiva. Si comenzamos por hacer de toda redacción un campo de batalla, concluiremos por hacer de toda plaza un Chinchao, de toda calle un Tebes, de toda casa un Pazul. ¿Por qué limitarnos a la estaca de nuestro primo hermano el gorila? ¿Por qué no la flecha ni la honda de nuestro hermano y compatriota el casivo? ¿Por qué no el lazo, el puñal, ni el veneno? ¿Por qué satisfacernos con sólo herir y matar al adversario? ¿Por qué no descuartizarle, asarle ni comerle? El asesinato unido al canibalismo nos ofrecería dos ventajas: desembarazarnos de un enemigo y llenarnos el vientre.

     ¿No tenemos ya bastantes crímenes, no estamos hartos de sangre, que pretendemos fundar en Lima tina escuela de ferocidad y matanza? De todos, menos de un periódico, ha debido nacer la iniciativa. Los que blasonan de hombres prácticos, los que se llaman corifeos de la prensa seria, necesitan recordar que lo humano, lo culto, lo civilizado, no está en responder con el palo a los desmanes de la pluma, sino en oponer la verdad a la mentira, la razón al despropósito, la honradez a la venalidad. ¿De qué sustancia tan frágil se compone la honra de ciertos individuos, que temen verla destrozada y desmenuzada con el simple rasguño de una pluma? Contra los insultos, la sonrisa y el silencio; contra las imputaciones calumniosas, la vida honrada. Al desencadenarse un torrente de fango, el hombre de bien se hace a un lado y espera: el torrente pasa; el hombre de bien queda sereno y limpio.

     Aun aceptando la canallesca ley del palo, nadie legitimaría el ataque de muchos contra uno. Ir de su cuenta y riesgo, entenderse de hombre a hombre con el ofensor, merece disculpa y denota hidalguía en el ofendido; no hay hidalguía ni disculpa en reunir una turba, capitanearla y lanzarla contra un solo individuo. ¿Qué diría el señor don José Antonio Miró Quesada si todos los injuriados por El Comercio se confabularan, asaltaran la imprenta y le administraran una formidable carrera de baquetas? Diría con razón que los asaltantes no eran hidalgos ni caballeros, y pediría que sobre todos ellos cayera el brazo inexorable de la justicia.

     En el caso de Glicerio Tassara, por mucho que los culpables pretendan falsear los hechos y no dejar oír el grito de horror que resuena en toda la República, el responsable de la muerte de Pazos Varela, el verdadero criminal, no es el hombre que defendió su vida con el revólver: son los garroteros y matones que asaltaron un domicilio, los que pudiendo evitar el crimen le dejaron realizarse o, desde un lugar muy seguro, sirvieron de agentes provocadores. O ¿se pretende que Tassara debió dejarse matar humilde y ovejunamente? Los primeros en reírse de él serían hoy sus matadores. Desde que el palo causa heridas mortales, hay derecho de contestar al garrotazo con el tiro de revólver. Puede El Comercio dorarse con el oro de la Caja Fiscal; con toda el agua del Amazonas no se lavará la sangre derramada en los talleres de La Idea Libre.

     Al señalar los verdaderos criminales, no preconizamos esa ley inexorable y artera que hace de la justicia una venganza y convierte al juez en una especie de inquisidor con emboscadas de piel roja. Por lo mismo que deseamos la humanización de códigos y magistrados, nos subleva y nos irrita que se liberte al agresor y se mantenga en detención al agredido, que se exagere la lenidad para los victimarios y se reserve todo el rigor para la víctima. La justicia que abrevia trámites para salvar a un culpable, se vuelve más odiosa cuando multiplica procedimientos con el fin de retardar la absolución o libertad de un inocente.

     El Comercio, a más de su alianza defensiva y ofensiva con el Gobierno, disponía de valiosas influencias en la Magistratura. Con plena seguridad y garantía, puede seguir asaltando imprentas y blandiendo su arma favorita. Corre un solo peligro: algunos que tengan dignidad en el alma y fuerza en el músculo, preferirán sufrir una prisión indefinida (pero no deshonrosa) antes que dejarse ultrajar por una seudo aristocrática gavilla de matones sin barbas y garroteros con levita.


©2004


     

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