UNA LECCION



     No somos redactores de La Idea Libre ni venimos a defender causa propia: sólo queremos protestar de hechos brutales y manifestar nuestras simpatías hacia un combatiente valeroso y noble.

     Habíamos tenido gobiernos que destruyeran o cerraran imprentas, habíamos visto seides y potentados que apalearan escritores; pero nunca habíamos presenciado el espectáculo novísimo que nos ha ofrecido El Comercio: un diario que se arma en guerra y va, no sólo a destrozar prensas y deteriorar un edificio, sino a garrotear, infamar y tal vez suprimir al redactor de un semanario radical.

     ¿El motivo? una cuestión de prensa, el miedo a un ataque de pluma. ¿Qué personajes, qué semidioses, qué divinidades son estos hombres que no admiten la discusión de sus ideas ni soportan el análisis de sus vidas? Estamos en presencia de unos cuantos individuos que presumen de infalibles y se declaran intangibles. Insultan y no quieren ser insultados, provocan y no sufren la contradicción, perpetran un delito y llaman delincuente a la víctima, acometen con el garrote del palurdo y se quejan de verse rechazados con el arma del caballero. Se les debe preguntar si se muestran audaces y descarados porque se atienen a sus propias fuerzas o porque se hallan seguros de la impunidad, resguardados por los excelsos encubridores de Pazul. Sesenta años hace que El Comercio vive defendiendo todas las malas causas, escarneciendo todos los buenos propósitos y mancillando la honra de todas las personas honradas; pero ya no le basta el lodo y pide sangre: el escatófilo quiere transformarse en tigre.

     Felizmente, el conato de homicidio se ha convertido en escarmiento moralizador y oportuno. Tassara nos ha dado una lección de energía: la necesitábamos. No la olvidarán todos los que manejan la pluma. La recordarán también los pandilleros que se figuran cosa muy fácil y muy sencilla el estampar los puños en una cara o blandir el garrote en unas espaldas.

     Al escribir estas líneas, nos hacemos el eco de la indignación pública: no es únicamente un hombre, es todo el pueblo de Lima quien abofetea el ensangrentado rostro de El Comercio.


©2004


     

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