LA UNION NACIONAL



I

     

     Si los Unionistas no constituimos una masa invencible y arrolladora, si no estamos en condiciones de menospreciar el concurso de fuerzas auxiliares, nos encontramos en el derecho de escoger a nuestros aliados y de seleccionar a nuestros adherentes. Somos un partido con sus líneas bien marcadas, su organización propia y sus tradiciones. Desafiamos a que en la vida de la Unión Nacional se rememore una sola connivencia sospechosa, un solo pacto criminal, una sola infamia colectiva. Los renuncios, deserciones y apostasías individuales nada significan: todo organismo tiene secreciones.

     Cuando los partidos nacionales practicaban la cómoda teoría de aceptar los hechos consumados y concluyeron por adherirse a gobiernos retrógrados y clericales, la Unión Nacional fue el único partido que no transigía ni amainaba la oposición. Dígalo Germinal. Dejamos de hablar porque se impidió nuestras conferencias públicas, cesamos de escribir porque se clausuró nuestros periódicos o se confiscó nuestras imprentas. Y ¿en qué tiempo nos lanzábamos a la lucha? cuando unos callaban por miedo y otros hablaban para mentir o adular; cuando los más inflexibles vendían su pluma, su palabra, su voto y su conciencia; cuando la muchedumbre tomaba por estatua de oro al fetiche de papel mascado y lentejuelas; cuando el Perú se había convertido en una manada de ilotas con las rodillas en el suelo y la boca en el pasto.

     No lo negamos: en Lima, la Unión Nacional atraviesa desde hace algunos años una verdadera crisis: los amigos de la primera hora nos abandonan, los destinados a engrosar las filas no vienen hacia nosotros.

     ¿Por qué nos abandonan? por el ansia de arribar, por el interés. No faltaron quienes se alejaran de nosotros y en el acto nos hicieran fuego. Sin embargo, algunos de los desertores profesaban con sinceridad nuestras ideas, tal vez las profesan hoy mismo, quizá desde lejos nos siguen con simpatía, y quién sabe si, desengañados ya de sus ilusiones políticas o corregidos de su ambición prematura, acechan la ocasión de regresar a nuestro seno. En tanto que los hijos pródigos vuelven arrepentidos, deseamos que todos ellos nos griten a la distancia, parodiando a Enrique IV: "Antiguos correligionarios, si quieren ustedes saber de nosotros, no nos busquen al rededor de la Caja Fiscal. . .".[1]

     ¿Por qué no vienen hacia nosotros? La capital es una bomba aspirante que chupa los jugos de toda la Nación, y también una especie de albañal colector o cloaca máxima donde acuden a reunirse las deyecciones de todas las provincias. Como en Lima se reparte los bocados más suculentos, abundan las tentaciones y las caídas; como en Lima se aglomeran también los malos elementos o miasmas deletéreos, no faltan los envenenamientos precoces. De necios pecaríamos si con un par de conferencias o media docena de artículos nos figuráramos catequizar a los hijos o nietos de los consignatarios y salitreros.

     Los que traicionaron todas las convicciones y vistieron todas las libreas nos acusan de intransigentes e irreconciliables, olvidando que transigencias y contemporizaciones causaron el descrédito y la ruina de los partidos nacionales. . .[2] . . De la intransigencia dependen nuestra fuerza moral y nuestro prestigio: sin mancha permanecimos hasta hoy porque marcharnos solos, habiendo confesado altivamente no acercarnos a ningún partido para estrecharle la mano sino para hacerle fuego. Si la parte sana de la Nación viene lentamente hacia nosotros ¿por qué afanarnos en correr atropelladamente hacia las banderías caducas y desopinadas? El solo hecho de que algunos caudillos de la última revolución aceptaron el programa de la Unión Nacional dice muy bien que nuestras ideas van cundiendo y echando raíces donde menos lo esperábamos. ¿A qué apurarse? El progreso no consiste en marchar ligero y partir en cualquier momento, sino en seguir el buen camino y moverse en la hora oportuna. La consolidación de un partido no se verifica sin mucho tiempo de labor y perseverancia. En horas se consigue la multiplicación de los microbios, en años no se logra el pleno desarrollo de un animal superior.

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     Verdad, los individuos y las colectividades obedecen a la gran ley de la evolución y im se detienen sin correr el riesgo de petrificarse: pero ¿se llama evolucionar el vivir saltando del Partido Civil a la Unión Nacional, de la Unión Nacional al Partido Demócrata, del Partido Demócrata al Constitucional y del Constitucional hasta la amorfía de Romaña? Esta serie de saltos mortales, esto que los avisados y astutos llaman evolución y espíritu práctico, recibe de las gentes honradas un nombre muy distinto ...[4]... agrupaciones políticas: crecen con la velocidad de vejigas bien sopladas, revientan con la súbita violencia de vejigas pinchadas con un alfiler. Nacen y mueren como las rosas, aunque no tienen la hermosura ni el aroma de las flores. Para lanzar al aire globos de jabón, se necesita lavaza, un canuto y labios que soplen; algo más se necesita para organizar un nuevo partido, sin que la obra pida esfuerzos sobrehumanos: con mucha audacia y poca vergüenza hay seguridad en el buen éxito.

     Hasta hoy, el Partido Liberal se nos presenta como un enigma, como una especie de costal cerrado: sentimos moverse algo; y si lo que se mueve es víbora o paloma, lo sabremos algún día. Convertido en un nuevo Hércules, puede estrenarse degollando monstruos políticos o ahogando serpientes religiosas, como puede también inaugurarse con una misa de salud, un sermón del arzobispo y la bendición del Sumo Pontífice. (Quién sabe si viene destinado a gozar su día, su semana, su mes y hasta su año de gloria! Cuando en 1708 Luis XIV se hizo operar de una fístula, esa enfermedad se puso tan de moda que muchos cortesanos fingían tenerla para disfrutar la honra de compararse con el Rey: 1708 acabó por llamarse el año de la fístula. ¿Por qué nuestro 1900 no será el año del Partido Liberal?



II



     Once años hace que vive la Unión Nacional, once años que marcha sola y de frente: que sola y de frente sigue marchando. La historia de los últimos años nos patentiza que si hubiéramos transigido para celebrar alianzas o admitir fusiones, nos veríamos hoy como se ven todos los partidos nacionales: cubiertos de ignominia y vergüenza, execrados y maldecidos. Aquí no hay alianzas sinceras ni ententes cordiales, sino componendas y conciliábulos; y como siempre reinan el interés y la mala fe, nadie cumple sus compromisos con nadie, todos engañan a todos: amigos recelosos en la hora del asalto, enemigos implacables en el momento de la partija.

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     Para cierta clase de gentes la acción se resume en el hecho brutal. El pensamiento, que redime al hombre y mejora a la Naturaleza, no es acción: acciones son el mordisco, la puñada y la coz. No es acción la palabra que flagela como un azote ni el escrito que inflama como una chispa: acción es el tiro de revólver a una multitud, es el palo del ciego en medio de un gentío, es la testarada del buey contra un armario de porcelanas. Como en la Unión Nacional no embestirnos a ojos cerrados, no repartimos golpes de ciego ni tiramos a caiga el que cayere, somos para muchos un partido de visionarios, no de hombres con tendencias a la acción. Y ¿quiénes nos zahieren con más encono y mayor tenacidad? los que nunca profesaron una convicción sincera ni honrada, los que vistieron la librea de todos los amos, los horizontales de la política, los que llevan el cáncer en el alma como las prostitutas llevan la sífilis en el cuerpo.

     Nada, pues, de acomodamientos o evoluciones, y continuemos de sectarios e intransigentes: sectarios de la secta donde se lucha por la Razón contra la Fe, por la justicia contra la caridad, por la rebeldía contra la sumisión; intransigentes con los hombres que se muestran demagogos y ateos en la oposición o la mala suerte, para volverse autócratas y clericales en el poder o la buena fortuna.

     En resumen: siempre solos, libres de alianzas depresivas y contactos morbosos, resueltos a morir de anemia o consunción más no de contagio sifilítico ni de gangrena hospitalaria.





1. Inconcluso en el manuscrito. (A.G.P.).

2. El autor ha suprimido aquí siete u ocho líneas en su manuscrito. (A.G.P.).

3. El manuscrito está cortado, y falta un fragmento de treinta líneas. (A.G.P.).

4. El original aparece aquí mutilado de una decena de líneas. (A.G.P.).

5. No es posible fijar la extensión del fragmento aquí suprimido: tal vez de varias páginas, a juzgar por la brevedad de esta segunda parte. (A.G.P.).


©2004


     

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