PRIMERA PARTE







EL ENEMIGO



     Avoir une téte á gifle, tener una cara que pide bofetadas, es una frase tan expresiva como verdadera. Hay pobres diablos que sin habernos causado ningún mal, por el único hecho de poseer una fisonomía repelente o grotesca, nos inspiran ganas de embestirles y sopapearles.

     Lo que nos sucede con las gentes nos pasa también con los pueblos, las instituciones y las creencias. Sin ir muy lejos, ahí tenemos al Catolicismo con su téte á gifle, con su cara pidiendo bofetadas. Hay una diferencia: el pobre diablo grotesco y antipático suele no merecer los golpes, mientras el Catolicismo los pide con razón y los recibe con justicia.

     Concebimos la monomanía irreligiosa o curofobia de algunos prójimos; y nosotros mismos, sin ser masones, enemigos personales de Jesús ni comedores de presbíteros, no desperdiciamos la ocasión de asestar un golpe al monstruo. Quién sabe si en nuestras venas repercute el clamor de algún infeliz apedreado en los muelles de Alejandría, degollado en las calles de Béziers o carbonizado en el quemadero de Sevilla.

     Si habitamos Londres, Constantinopla, Lasa o Pekín no se nos ocurre soñar en luchas o controversias religiosas porque un inglés, un turco, un tibetano y un chino se cuidan muy poco de averiguar nuestras creencias con el fin de imponernos las suyas. Por lo general, donde imperan los sectarios de las religiones más absurdas, quedamos indiferentes o neutrales; pero donde los católicos imponen la ley o se hallan en gran número, no caben indiferencias ni neutralidades: el más pacífico y menos agresivo tiene que volverse anticatólico y batallador.

     Nada tan hermoso como el respeto a las convicciones ajenas ni tan laudable como la armonía de los espíritus animados por ideas antagónicas. Mas armonías y respetos no existen sin una gran dosis de escepticismo que nunca se alberga en las almas católicas. Mientras haya dogmas políticos y religiosos, las naciones y los individuos sentirán odios irreconciliables. La tolerancia reinará en la Tierra cuando los hombres se digan que una creencia no se distingue de un prejuicio y que la fe ciega denuncia miopía de entendimiento: quienes afirman alguna cosa no poseen ojos suficientemente poderosos para divisar las razones de negarla.

     Cuando los católicos no gobiernan exclusivamente, claman y protestan como si estuvieran desposeídos de un derecho inalienable; cuando imperan ahogan toda voz y reprimen toda libertad como si ellos solos poseyeran título a la expresión de las ideas y al desenvolvimiento de la vida. Y proceden lógicamente, según su manera de juzgar: ¿qué pueden conceder a sus semejantes los hombres imbuidos en la idea que toda verdad viene de Dios por conducto de la Iglesia? Considerando moralmente venenosas las doctrinas opuestas al Dogma y teniendo por criminales a los hombres que las enuncian, los fanáticos son consecuentes al usar la censura previa y hasta la supresión del heterodoxo: se conducen como esos bárbaros de la Edad Media que para detener la propagación de una enfermedad contagiosa eliminaban el virus eliminando a los apestados.

     Cuando los liberales asumen el poder, siguen otro sistema: como proclaman la inviolabilidad de todos los derechos, cualquiera que sea la comunión religiosa del individuo, otorgan al católico la plena libertad de ejercer su propaganda. Imitan (ignoramos si con razón) a los ingleses que ni al sentirse amenazados de la plaga bubónica se resuelven a establecer cordones sanitarios o cuarentenas porque saben que una buena higiene pública y privada concluye por aislar y extinguir el núcleo de infección. Así, pues, a los liberales les toca el papel menos ventajoso en la tragicomedia social: si no gobiernan, tienen que enmudecer y sufrir la vulneración de sus derechos; si mandan, se ven obligados no sólo a escuchar el insulto y la calumnia, sino a proveer de armas a sus propios enemigos.

     No se repita que liberales y librepensadores se gozan en la lucha y provocan el ataque: al embestir contra la Religión Católica no hacen más que parar el golpe y ejercer un acto de legítima defensa. Se ven reducidos a un dilema: perecer o resistir. Al liberal o librepensador que blande la espada o maneja la pluma contra los católicos se le debe aplicar lo de      

Cet animal est fort méchant      
Quand on l'attaque il se défend! [1]

     ¿Quién suscitaría polémicas religiosas si el Catolicismo fuera pacífico y conciliador? Como se distingue por la agresividad y la intolerancia, como nos amenaza con reducirnos a la condición de parias intelectuales, nos hallamos en la necesidad de oponernos a su dominación. Nadie combatiría por el solo motivo que los dogmas de la Iglesia entrañan el absurdo y la contradicción, como nadie riñe ni disputa con el vendedor de específicos para el dolor de muelas, la calvicie o los callos: basta con sonreír y abstenerse de comprar el ingrediente. Pero el católico se sulfura con la abstención: impone el gasto y el uso del menjunje o la droga.

     Un buen católico tiene que ser político retrógrado, así como un político avanzado tiene que ser enemigo implacable del Catolicismo. Desconfiemos de los liberales moderados que (por echarla de sociólogos prácticos o no querer excitar los nervios de algunas damas histéricas) se declaran respetuosos con todas las creencias y deciden ex cathedra que las guerras de religión no pertenecen a nuestro siglo. Los contemporizadores infunden sospechas en todos los bandos: en el conservador que les mira como aliados tibios e inseguros, en el radical que les ve como futuros reaccionarios. Mercachifles de felicidad pública, algunos hombres se imaginan que gracias al reclamo y al envase logran introducir sus mercaderías averiadas. Felizmente, descubren el juego, a nadie engañan. Todos sabemos ya que los liberales moderados, parodiando al coloso de Rodas, descansan un pie en el altar de la Razón y colocan el otro en el umbral de una sacristía.

     Quien lucha por la emancipación social, mina el edificio religioso; de igual modo, quien prediga la libertad de conciencia, socava el monumento político. No caben abstenciones ni componendas. Demandemos a los creyentes si aceptan y, sobre todo, si observan la neutralidad; ellos varían de táctica según las circunstancias: zorros cuando se hallan en menor número, tigres cuando forman la mayoría.

     No hay hombre medianamente ilustrado que de buena fe admita los dogmas de la secta romana: hoy se cree por ignorancia supina o se finge creer por malicia refinada. Los incrédulos o librepensadores se ven acometidos por dos fuerzas: la inteligente del clero, la bruta de las muchedumbres fanatizadas, señaladamente las mujeres. En vano el filósofo y el sabio desean vivir pacíficamente consagrados a las faenas del espíritu: cuando lancen una idea que perjudique los intereses de la casta sacerdotal o formulen una ley que no se avenga con los dogmas de la secta, oirán un clamor de muerte, verán manos amenazantes y crispadas, sentirán las uñas del tigre o recibirán las babas del reptil. A los predicadores de consideraciones y respetos al Catolicismo les deseamos una sola felicidad: vivir en pueblos regidos por un gobierno netamente clerical.

     Que librepensadores y liberales aprendan en los hombres aleccionados por mil novecientos años de guerra con los paganos, los heresiarcas, los filósofos y los reyes. Los católicos piden tregua cuando les conviene, nunca celebran paz definitiva ni sincera. Besan para morder, abrazan para estrangular. Si la hipocresía no hubiera existido en el mundo, ellos la habrían inventado, porque llevan en sus labios la miel necesaria para endulzar todo el océano, mientras disimulan en su alma la ponzoña suficiente para envenenar todos los ríos. Difícilmente se imaginaría peores enemigos: ejercen la calumnia tradicional y metódica, profesan el odio colectivo y hereditario. Con el tiempo y la muerte ¿quién no perdona o disminuye su rencor? A los mil años de muerto un enemigo, los católicos le aborrecen, le maldicen y le calumnian. No dan cuartel ni ceden a la compasión, viviendo animados por el más implacable y feroz de los sentimientos feroces: el odio divino. Y todos, chicos y grandes, pobres y ricos, manifiestan la misma ferocidad, porque si el fanático de blusa suprime violentamente al hereje, el fanático de levita o de sotana enseña y justifica la supresión. De los soldados franceses se dijo que todos llevaban en su mochila el bastón de mariscal; de los católicos se puede afirmar que el más inofensivo esconde en sus bolsillos el tizón de Torquemada.

     Vedles formando las grandes colectividades. Las naciones sometidas al yugo espiritual de Roma denuncian algo caduco y antediluviano: parecen mozas avejentadas, jóvenes con el microbio de la decrepitud. Mientras Alemania, Inglaterra y Estados Unidos exhalan una atmósfera de vida, España y las Repúblicas Sudamericanas hieden a cementerio. Por más distingos que se haga, Catolicismo y Clericalismo son sinónimos, y quien dice gobierno clerical dice regresión a la Edad Media.

     En resumen: el Catolicismo es el enemigo, y como no se puede andar a su lado, se debe marchar contra él.



     [1]. Este animal es muy malo; si le atacan, se defiende.


©2004


     

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