LA RETIRADA DE BILLINGHURST



     Cuando Manuel Pardo cayó herido de muerte, se creyó generalmente que al asesinato seguiría una revolución, y para facilitar al Gobierno los medios de conjurarla, se presentó en el Congreso una proposición declarando "la Patria en peligro" y "suspendidas las garantías individuales". La proposición quedó sancionada casi por unanimidad, pues sólo tres representantes osaron votar en contra: un señor Sánchez, un señor García y Billingllurst.

     Eso ocurría en noviembre de 1878. Veinte años después, en octubre de 1898, cuando Piérola descubre que él es un Pardo redivivo, que entre un Civilista y un Demócrata no caben diferencias de sustancia sino de accidentes y que la salvación del país estriba en la fusión de elementos incapaces de fundirse en tino solo, Billinghurst se opone abiertamente a las novísimas ideas de su antiguo jefe, levanta el grito de guerra contra los Civilistas y produce una grave cisión en el Partido Demócrata.

     Estos dos actos, practicados con el largo intervalo de veinte años, revelan firmeza en las convicciones, energía, valor en arrostrar las situaciones difíciles y comprometedoras. No se requiere mucha entereza de ánimo para proclamar hoy la guerra santa al Civilismo; pero ¿se calcula bien lo que significaba declararse Demócrata en 1878, al día siguiente de asesinado Pardo? Valía tanto como dar seguros indicios de complicidad con el sargento Montoya. Si toda la vida de Billinghurst concordara con esas dos resoluciones viriles, nada tendríamos que reprocharle; por el contrario, reconoceríamos con gusto que nos hallábamos ante una personalidad digna de admiración y respeto, aunque sus ideas no cuadraran con las nuestras.

     Después de la guerra internacional (en que no dejó de cumplir con sus deberes) Billinghurst ha vivido alejado del país, ostensiblemente ajeno a nuestras conmociones políticas, hasta que en 1894 aparece de nuevo como uno de los primeros colaboradores de Piérola en el movimiento revolucionario. Triunfante la Coalición, consigue en resarcimiento de sus servicios, la Primera Vicepresidencia de la República, con esperanzas y hasta (según se dice) con una promesa formal de obtener la sucesión de Piérola. También se le otorgó un asiento en las Cámaras, como una especie de modus operandi o terreno para ir cultivando su popularidad.

     ¿Cómo se ha conducido Billinghurst desde 1895? No hablemos de sus triunfos diplomáticos en el abortado Protocolo de Arica y Tacna; su papel fue tan desairado y triste, con su sensiblería patriotera quedó tan mal parado ante el grosero positivismo de los chilenos, que los mismos diarios de Piérola no mencionan hoy el tal Protocolo sino para dirigir una que otra pulla al ex-Comisionado Especial.

     ¿Cómo ha figurado en el Congreso? No sólo como un sectario intransigente (cosa al fin disculpable y hasta necesaria en algunas circunstancias) sino como un sumiso ejecutor de las órdenes supremas.

     ¿Cuándo elevó la voz para condenar una arbitrariedad o un abuso del Gobierno? ¿Protestó algunas vez de que el Ejecutivo no cumpliera con remitir al Congreso la Cuenta General de la República y administrara las rentas fiscales sin observar el presupuesto y ejerciendo una verdadera dictadura económica? El impuso ilegal y sorpresivamente esa Ley de Elecciones que hoy le sirve de guillotina, pues deja la Junta Electoral en mano de unos cuantos amigos, parientes y favorecidos de Piérola. El consintió servilmente en la suspensión de las garantías individuales, cuando esa medida era menos necesaria, sin acordarse de su levantada conducta en 1878. El, como Presidente de la Cámara, ejerció un desvergonzado despotismo hasta el punto de exacerbar el ánimo de algunos diputados que le fulminaron toscas injurias y le amenazaron con vías de hecho. El, cuando había ya perdido el cargo de representante por aceptar una comisión del Gobierno, entró ufano y orgulloso a ocupar un asiento en el Senado, seguro, es verdad, de que no habría una sola voz capaz de levantarse a protestar.

     Por otra parte ¿qué idea personificaba Billinghurst? ¿Era federalista o unitario, radical o retrógrado, creyente o librepensador? Se llamaba demócrata; pero ya sabemos que esa palabra nada quiere decir en el Perú o expresa todo lo contrario de lo que significa en los demás países. Viéndolo bien, Billinghurst representaba una sola cosa: la aproximación a Chile, el abrazo fraternal a nuestro implacable enemigo.

     Sin embargo de todo, al sacudir la tutela de Piérola y oponerse francamente a la fusión de Civilistas y Demócratas, Billinghurst se había rodeado de algún prestigio: somos de carácter levantisco, llevamos en los huesos una médula de frondistas, así que nos alucinamos con los actos de rebeldía y simpatizamos con los hombres que se muestran insumisos a las imposiciones de la autoridad.

     A Billinghurst le seguían, una gruesa fracción del Partido Demócrata, algunos dispersos del Constitucional y agrupaciones de jóvenes universitarios que por vez primera se aventuraban a combatir en la arena política. También se le habían afiliado con milagrosa rapidez, el Círculo Independiente, ofreciéndole discursos a trueque de sillones en las Cámaras, y la Unión Cívica, trayéndole muchos odios seguros y pocos auxilios eficaces. Con todo, no se puede negar que Cívicos e Independientes hacían montón.

     A más, patrocinada por el Gobierno la candidatura de Romaña, iniciada con ella la división de liberales y conservadores, retado el país con la imposición de un mandatario abiertamente clerical y por consiguiente odioso, Billinghurst podía ganarse las adhesiones de muchos individuos que si permanecen indiferentes a la contienda de ambiciones personales, no aceptan el dominio del clero ni el retroceso de la Nación al fanatismo de la Edad Media. Le cumplía tomar un colorido liberal y declararse en oposición decidida contra ese Romaña que no sabemos si será un García Moreno, un Núñez o la segunda edición de Piérola. Porque al tratarse de Romaña no se discute si es o no una entidad venenosa, sólo se quiere avaluar la virulencia de su ponzoña.

     Billinghurst contaba, pues, con elementos si no para vencer, al menos para luchar y salir honrosamente vencido. Pero ¿qué hace? a las pocas horas de anunciarse su regreso a Lima y su decisión de perseverar hasta el fin, dirige al Segundo Vicepresidente un largo telegrama donde retira su candidatura y lanza algunos tiros malévolos a su correligionario y patrón de veinticinco años.[1]

     La parte más sustancial y también la más desgraciada del documento se reduce a dejar traslucir que se retira de la lucha eleccionaria porque no cuenta ya con la protección del Gobierno que descaradamente favorece la candidatura de Romaña, ¿Dónde se halla entonces la decantada popularidad? ¿Sólo se combate cuando se cuenta con la alianza del Gobierno? ¿Nada le enseña a Billinghurst la historia nacional? Pardo no fue candidato gobiernista, y sin embargo ascendió a la presidencia. Verdad que no faltaron sediciones ni derramamientos de sangre. Cuando uno cuenta con mayoría de votos, no rehuye la lucha por más oposiciones que le hagan los gobiernos: si uno sale electo, hubo legalidad y no hay qué decir; si uno queda burlado, hubo fraude, y ya sabemos el modo de desquitarse.

     Pero se ve que Billinghurst siente inesperados escrúpulos al decir: "El advenimiento del señor Piérola al poder, después de veinticinco años de batallar por la libertad electoral, ha costado a la República veinte mil vidas de peruanos y más de veinte millones de soles. Sobrecógeme la idea de que pudiera yo contribuir a aumentar la despoblación del Perú y dar pretexto para que se vacíen las arcas fiscales".

     Aunque las cifras "veinte mil" y "veinte millones" resulten muy inferiores a las verdaderas, démoslas por exactas. Como Billinghurst blasona de haber sido Demócrata por un cuarto de siglo, como se jacta de haber tomado parte en las revoluciones de su Jefe, él ha contribuido también al sacrificio de los veinte mil peruanos y al derroche de los veinte millones de soles; le toca, pues, su grano de responsabilidad. Si el culpable hubiera estado solo, no habría causado a la Nación todos los males que hoy le echa en cara uno de sus cómplices. No se lava un hombre las manos con decir que los otros las llevan puercas.

     A pesar de todo, el telegrama no carece de importancia, y sus revelaciones merecen consignarse por venir de persona que durante largo tiempo vivió en mucha intimidad con Piérola y prestó una colaboración más o menos solapada en las manipulaciones nada limpias ni decorosas del Partido Demócrata. Allí resaltan la ingratitud y la infidencia de Piérola: olvida al amigo de un cuarto de siglo por el advenedizo del último instante; quebranta su palabra de permanecer neutral en las elecciones (traduciendo por neutralidad el apoyo a Billinghurst) .

     Hay algunos tiros sangrientos y bien dirigidos, como los siguientes: "Se me acusa de que con mi actitud política levantaré al cacerismo: si esto sucediera, nada tendría de censurable, desde que entre peruanos no pueden haber odios eternos. El señor Piérola comparte hoy con los Civilistas el poder, y sin embargo, desde el año 1874 hasta el 94, estuvo en lucha encarnizada con dicho partido, el cual acusa al pierolismo del asesinato del ex-Presidente Pardo y del diputado Velasco".

     En resumen, el telegrama encierra mucho de bueno porque desprestigia tanto al Partido Demócrata como a su Jefe; pero eso no impide que sea repugnante y odioso ni que inspire un profundo desdén hacia el individuo que le ha firmado. Cuando un hombre se ha constituido en alma de una agrupación, cuando ha comprometido intereses y removido pasiones, no tiene derecho de disponer libremente de su persona para salir de la escena, consumando actos impremeditados, violentos y, más que nada, egoístas. ¿Qué idea se ha formado Billinghurst de sus partidarios cuando les abandona y sacrifica tan fácilmente? Este hombre es el capitán que en la hora del peligro se salva dejando que el buque naufrague con pasajeros y carga; peor aún, es el mercader que a la aproximación de la quiebra se escapa llevándose su capital y dejando en la estacada a sus pobres asociados.

     En cualquier parte del mundo esa manera de conducirse bastaría para hundir a un hombre. Desgraciadamente, en el Perú no hay inmersiones eternas: el personaje que hoy se sumerge en el lodo, surge mañana puro, limpio, irradiando una luz virginal. ¿Cuál de nuestros grandes hombres no cuenta dos, tres o cuatro virginidades contrahechas? Después de la Dictadura, después de San luan y Miraflores ¿quién se hubiera figurado que Piérola resucitaría en nueva gloria y nuevo esplendor? [2]





1. Telegrama dirigido de Iquique, el 3 de enero de 1898, al coronel Augusto Seminario, Segundo Vicepresidente de la República. (A.G.P.).

2. En 1912 -trece años después de escritas estas palabras -don Guillermo E. Billinghurst fue elegido Presidente de la República. (A.G.P.).


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