MORIBUNDOS Y MUERTOS

I



     Cuando reñían los héroes de Homero se amenazaban con la muerte y con entregar sus cadáveres a los perros salvajes o a las aves de rapiña; hoy, si dos hombres pelean, no piensan en el destino de su cadáver porque saben que el heredero forzoso, el roedor de la carroña, es el sacerdote católico.

     No bien expira un hombre cuando ya caen los clérigos para negarle sepultura, si no quiso morir entre mojigangas dignas de tener por acompañamiento la música de Offenbach. En vano la familia del muerto se afana por enterrarle sigilosamente; el sacerdote se cuela por la rendija más sutil y, parodiando al ogro de los cuentos, asoma para decir cuando menos se le teme: "Aquí me huele a carne muerta".

     No sólo en los pueblos civilizados sino en las tribus bárbaras y hasta en las hordas salvajes el cadáver del extranjero encuentra siempre un rincón hospitalario en el cementerio común; pero en muchas naciones católicas, particularmente en el Perú, hay separación de muertos, como quien dice clasificación de mercaderías según el arancel de aforos.

     Los que en su jerigonza teológica llaman al cadáver "un templo del Espíritu Santo" son los primeros en reducirle a la condición de encomienda postal: no emprende viaje sin llevar la contramarca de una sacristía.



II



     ¿Por qué no muere uno como se le antoja? Mientras nos conservamos fuertes y sanos tenemos obligación de servir a la Humanidad con nuestra salud y nuestro vigor; pero, cuando llega la hora de morir, poseemos el derecho de arroparnos la cabeza como César o de imitar a Mirabeau haciendo abrir las puertas de nuestra casa, dejando que todo el mundo se agolpe a nuestra cabecera y conciliando entre músicas y flores el sueño de la nada.

     ¿De dónde nace el encarnizamiento contra los muertos laicos? De que en el fin correcto de un librepensador hay enseñanza para los espíritus flacos y protesta contra la agonía cobarde de los prevaricadores. Como se le escapan hoy los ilustres y los grandes, la Iglesia teme que mañana se le escabullan también los oscuros y los pequeños. Por eso, con ultrajes póstumos quiere amedrentar a los tímidos.[1]

     ¿Por qué no dejan en paz a nuestros moribundos ni a nuestros muertos? Cuando los fanáticos agonizan, ninguno de nosotros se ocupa de averiguar si lo hacen entonando aleluyas, bebiendo agua de Lourdes o indigestándose con discos de migajón sin levadura. Cuando cierran los ojos, les dejamos tranquilos, no corremos a rasgar los pliegues de su mortaja, sin embargo que en, la vida de muchos descubriríamos gangrenas de hospital, inmundicias de cloaca y anticipadas gusaneras de sepulcro.

     ¿Qué derecho tienen para adueñarse de cementerios, qué título a poseer la Tierra los que no la conquistaron con la sangre de sus venas ni la fecundaron con el sudor de su frente? Pasajeros efímeros del Planeta, como lo somos todos, los clérigos se creen condóminos de la Divinidad y se han convertido en huéspedes importunos que no satisfechos con estorbar a los vivos se ocupan en molestar a los muertos.



     1. Nota marginal del autor: Si los librepensadores se contaran, ellos mismos se admirarían de su número.


©2004


     

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