NUESTROS BEDUINOS

Por Manuel González Prada,

Horas de lucha

     Tenemos por malos políticos a los hombres que arruinan un país, aunque hablen como Cicerón y escriban como Tácito.

     ¿Dónde nos han conducido nuestros Guizot y nuestros Bismarck? respondan ellos mismos si el crédito nacional ocupa nivel superior al crédito de Turquía, si el nombre de peruano significa honra o vituperio, si el Perú causa envidia o lástima.

     Para nuestros hombres públicos, es decir, para los Beduinos (las cosas han de llamarse por sus nombres), el Perú fue tienda plantada en el desierto de una segunda Arabia: acometieron y despojaron a los dueños; pero no se van porque todavía explotan algunos restos de grandeza y no vislumbran tienda que embestir y robar.

     Si conforme lo asegura Letourneau, medio Inglaterra pertenece a ciento cincuenta individuos y media Escocia a diez o doce personas, el Perú gime bajo la dominación de unos cuantos seres privilegiados. ¡Siempre los mismos hombres, sus hijos o sus parientes!

     Como los alquimistas de la Edad Media se legaban de padres a hijos la tarea de encontrar la piedra filosofal, así los Beduinos del Perú se transmiten de ascendientes a descendientes la obra de convertir en oro el sudor y la sangre de la Nación. Familias enteras, a modo de gigantescos pulpos, desenvuelven uno y mil vericuetos de la Caja Fiscal. Esos hombres nos laminarían entre los cilindros de un trapiche, nos destilarían en la pila de un alambique, nos carbonizarían en un horno de quemar metales, si de nuestro residuo pudieran extraer un solo miligramo de oro.

     La lucha con los Beduinos tiene que ser larga, difícil y sangrienta, no porque estén listos a derramar la propia sangre, sino porque se darán trazas para que otros se dejen matar por ellos. Carecen de valor, pero tienen astucia de sobra. En la guerra con Chile probaron su cobardía, no habiendo tenido coraje ni para defender la presa del guano y del salitre; en los vaivenes de nuestra política manifiestan su habilidad hoy mismo, siéndolo todo cuando no gozan de popularidad, cuando son generalmente aborrecidos. Nacen como el hongo en el estercolero, se adhieren como la ostra a la peña, se propagan como la tenia en los intestinos, se cuelan como el aire por las rejillas más estrechas. Poseen la sutileza del hidrógeno y la ductilidad del oro. Donde se desliza uno, se deslizan mil, se deslizan todos, porque forman un jesuitismo de frac y una masonería de puchero. Cambian de nombre y disfraz, quedando los mismos. Como los escribanos siguen de escribanos, aunque se titulen cartularios, actuarios, secretarios, notarios o ministros de la fe pública, así los Beduinos no dejan de ser Beduinos, por llamarse como se llamen, por seguir la bandera que sigan ni por ejercer el oficio que ejerzan. ¿Quiénes dominan en el Congreso? los Beduinos. ¿Quiénes en el Gobierno? los Beduinos, ¿Quiénes en el Poder judicial? los Beduinos. ¿Quiénes en aduanas, beneficencias, municipalidades, legaciones, consulados, bancos y periódicos? los Beduinos.

     Ellos viven hipnotizando a los gobiernos o ejecutando el baile circular del zorro al pie del árbol presidencial; ellos son los primeros en disfrutar los beneficios y los últimos en arrostrar los peligros; ellos, como tierra maldita, reciben la semilla y beben el agua, sin producir jamás el fruto; ellos, como la culebra de los cuentos populares, sueldan sus labios a los pezones de la Nación, chupan hasta extraer sangre, y nos dan la punta de su nauseabunda cola.

     ¿Qué males no causaron? De ellos se puede afirmar algo semejante a lo que Atila dijo de su caballo: "Donde estampa los cascos no vuelve a nacer hierba".

     Y el mal viene de arriba, las confabulaciones para todas las iniquidades se consuman en lo más elevado. Aquí la podre contagiosa se oculta bajo el frac y la levita, no bajo la blusa ni el poncho. En el Perú la corrupción actúa en sentido inverso de lo acostumbrado: en las naciones más civilizadas subsiste un fondo primitivo de donde suben a la superficie los elementos de la barbarie; pero entre nosotros existe una clase superior, y en esa clase una costra de donde bajan al asiento los gérmenes de todas las miserias, de todas las prostituciones y de todos los vicios. Nuestras mil revoluciones fracasaron o fueron contraproducentes porque esa costra, después de momentáneas inmersiones, sobrenadó siempre. Se derrocó presidentes, se derramó sangre de infelices; pero nunca se volteó lo de abajo para arriba ni se practicó una verdadera liquidación social.

     Lo sucedido ayer, sucede hoy y quién sabe sucederá por muchísimos años. El pueblo (y no sólo el pueblo sino muchos hombres con ínfulas de pensadores y cultos) se imagina que hace mucho con aplaudir o silbar, olvidando que en las saturnales de Roma los esclavos tenían derecho de emborracharse y decir desvergüenzas a sus amos.

     Fuimos ultrajados, pisoteados y ensangrentados como no lo fue nación alguna; pero la guerra con Chile nada nos ha enseñado ni de ningún vicio nos ha corregido: como enfermedad intercurrente, la invasión araucana desapareció, dejándonos todos nuestros males crónicos.

     Hoy la próxima elección de Presidente simula signos de vida en este organismo paralizado y casi muerto: los candidatos luchan -lucha de cuervos por dar picotazos a la ensangrentada cabeza de un soldado moribundo; los políticos se agitan -agitación de vibriones en las entrañas de un cadáver; los periódicos riñen -riña de meretrices en el charco de una plazuela.

     Asistimos a un espectáculo útil y necesario, aunque cínico y nauseabundo: todos los hombres públicos, valiéndose de documentos fehacientes, se arrojan a la cara el lodo que amasaron en su camino. Parece la sacada al Sol de todas las inmundicias almacenadas en un hospital de sifilíticos y leprosos. Sólo falta que la Nación arroje una buena dosis de ácido fénico.

     El pueblo, la masa nacional, permanece en la más estólida indiferencia. Gobierne quien gobernare, nada le importa; sobrevenga lo que sobreviniere, poco se le da; todo lo sufre, todo lo acepta. El Perú, como infeliz mujer encadenada al poste de un camino real, puede sufrir los ultrajes de un bandolero, de un imbécil, de un loco y hasta de un orangután.

     Todavía piensan algunos en vivar a los sempiternos repartidores de butifarras, cuando el único grito de todos los hombres honrados debería reducirse a ¡Fuera los Beduinos!

     1889


Esta edición ©2010 Thomas Ward

      

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