ADVERTENCIAS DE ALFREDO GONZÁLEZ PRADA SOBRE GRAFITOS





I



Gran parte de la obra epigramática inédita de González Prada se encuentra reunida en este libro. Lo tituló Grafitos, queriendo tal vez significar que a la manera de los graffiti clásicos, nacieron estos pequeños poemas al capricho de la ocurrencia y con la espontaneidad con que las inscripciones, dibujos, caricaturas y garabatos aparecen trazados sobre los muros de los edificios antiguos. Si la agudeza caracteriza al epigrama, el grafito se reclama de espontáneo, y ambos tienen en común la concisión. En términos de reciprocidad, definiríamos el epigrama un grafito satírico y el grafito un epigrama no siempre humorístico.

Fue grato a González Prada el género epigramático y con delectación lo cultivó toda su vida. Si la obra publicada exhibe escasas muestras de esta faz de su temperamento literario, en cambio los manuscritos inéditos revelan un interés nunca desmayado en la poesía satírica. Obra, fiel espejo del hombre, porque González Prada estuvo lejos de ser esa especie de apóstol civil, taciturno y avinagrado -ojos viudos de jovialidad y labios huérfanos de humorismo- sólo capaz de ministrar el vituperio con ademán adusto y voz apocalíptica... Fue un hombre que supo reír y -don más raro aún- sonreír. Confiamos en que, a medida de la publicación del resto de su obra inédita, irá perdiendo acritud la máscara de convención modelada por la crítica para humanizarse en un parecido más acorde con la verdad sonriente del original.

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Sólo los grafitos de las siete secciones principales de este libro constituyen propiamente el manuscrito original: en los apéndices hemos reunido un cierto número de epigramas y pequeños poemas (algunos de ellos fragmentarios) dispersos en el resto de los inéditos. Tuvo el autor por hábito apuntar desordenadamente al margen de sus escritos los pensamientos en prosa o verso que acudían a su pluma, y es así como muchos de estos grafitos (olvidados con frecuencia a raíz del antojo que les dio vida) quedaron como perdidos para el propio autor entre las páginas de sus originales. Revisándolos con prolijidad, hemos acopiado el material adaptable a este libro y lo hemos distribuido en los apéndices correspondientes.

Ignoramos si el autor eliminó de propósito esas producciones dispersas, si las omitió por incuria o si aplazó indefinidamente la labor de pulirlas e insertarlas en Grafitos. En la duda, hemos optado por la publicación, vertiendo en los apéndices más ciento cincuenta estrofas.

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No pertenece Grafitos a época determinada, y si debiéramos precisar dos fechas indicaríamos "1866-1918", del año que escribió el autor sus primeros versos al momento de su muerte. Sólo la Primera Parte de las Nótulas de viaje corresponde, más o menos, a período definido (1891-98, residencia de González Prada en Europa); los demás grafitos denuncian si edad excepcionalmente, por algún detalle característico: así, dos mencionan el automóvil; uno alude a Viena, París, New-York y Londres alumbrados aún con faroles de gas; otro ha sido compuesto durante el apogeo de los toreros Guerrita, Reverte y Bombita, etc. Los grafitos sobre Lucrecio, Dante, Moratín, Quevedo, pueden haber sido escritos antes de 1870; pero lo fueron ciertamente después de 1880 los dirigidos a Nakens, Guillermo II, Zola, Drumont, Cánovas del Castillo y d'Annunzio. La mayoría de Sociales y políticos corresponde a los años posteriores a 1904, fecha en que el problema social comenzó a preocupar con intensidad el espíritu de González Prada.

Hemos procurado agrupar en orden cronológico los grafitos de los apéndices. Orden no del todo riguroso, porque los originales carecen de fechas y su cronología (basada a menudo en simples indicios grafológicos) es necesariamente conjetural.

Incurriría en error quien infiriese del uso de ciertos ritmos la edad de algunos grafitos: así, los compuestos en endecasílabo con acentos en cuarta y séptima podrían suponerse posteriores a 1892; sin embargo, antes de esa fecha, ya González Prada había exhumado la arcaica acentuación del endecasílabo anapéstico.

Conviene notar la diversidad de ritmos en Grafitos. Cierto, dominan las variedades clásicas de los versos de cinco, siete, ocho y once sílabas, tan propias, por uso poético del idioma, a la expresión epigramática; pero no faltan las formas -menos comunes- del verso de seis, nueve, diez, doce y catorce sílabas. La frecuencia del eneasílabo -empleado en más de cuarenta grafitos- confirma la predilección de González Prada por ese metro.

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Se observará en estas páginas ciertas ideas repetidas quizá con demasía: no debe olvidar el lector que Grafitos es no sólo un libro inconcluso sino una recopilación adicionada arbitrariamente de varios apéndices no previstos por el autor. Algunas fáciles supresiones corregido tal defecto; pero hemos considerado que en una edición póstuma debe prevalecer el factor documental sobre ciertos escrúpulos artísticos de índole subalterna.

Si una ideología idéntica coincide en dos o más grafitos; si reaparecen pensamientos expresados ya por el autor en otros de sus libros; en una palabra, si ocurren algunas repeticiones, recuerde el lector que estas páginas, elaboradas con largos períodos de interrupción, se acumularon insensible y lentamente durante el transcurso de más de cincuenta años, formando algo así como el diario intermitente y epigramático de un hombre curioso del mundo y de los libros, a quien la muerte escamoteó el tiempo necesario para dar a su obra el pulimento definitivo.

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Al revés de la mayoría de los originales de González Prada, Grafitos tiene escasas enmiendas. Indicamos las variantes apuntadas por el autor al margen de su manuscrito, unas veces de simples palabras, otras de un solo verso y en contadas ocasiones de todo el poema. Señalamos también, al pie de ciertos grafitos, las variantes existentes en la obra inédita.



II



El manuscrito de Grafitos no lleva prólogo; pero entre los papeles del autor hemos hallado unas páginas escritas al parecer con tal objeto. Corresponden a los años de la residencia en Europa (1891-1898); acusan cierto descuido en el estilo, carecen de enmendaduras y se encuentran sin terminar: son, en una palabra, un borrador inconcluso.

Dicen así:



El naturalista que hoy atrapa un insecto y le pincha en un cartón, o mañana coge una flor y la guarda entre dos hojas de papel, se encuentra, cuando menos piensa, con una colección entomológica y un herbario. Lo mismo el escritor: no se propone hacer un libro, y de repente se halla con el libro hecho, sin más que ordenar sus manuscritos.

Refieren que don Francisco de Quevedo, "andando por las calles en su coche, acostumbrada llevar consigo papel y tinta para apuntar lo que podía ofrecerle su continuada aplicación". Antes del naturalismo, Quevedo reunía el documento humano y acechaba la realidad para incrustarla en sus libros, viva y palpitante. Así, muchas de las salidas oportunas que admiramos en sus versos, muchas de las frases gráficas que nos sorprenden en su prosa, fueron trozos de vida atrapados al vuelo como una mariposa o cogidos al paso como una flor.

Goethe, a semejanza de Quevedo, no salía sin papel ni lápiz, tanto para consignar las impresiones que le causaban los objetos como para esbozar las ideas que cruzaban su cerebro. La frescura y vitalidad de sus poemas, algunos de sólo seis u ocho versos, nacen de reflejar la inspiración y hasta el ritmo del momento. Esa Naturaleza, que nos parece muda o monótona, nos habla siempre y varía continuamente la manera de hacerlo. Somos un espejo móvil donde se retratan personas y cosas en eterno movimiento: al fijar con exactitud la imagen de un instante, el artista realiza el prodigio del arte. Y ¿quién lo fue más que Goethe? Si tus obras deben llamarse (conforme a sus mismas palabras) los fragmentos de una confesión general, pueden considerarse también como una expresión de los estados rítmicos de su alma.

Quevedo y Goethe no sólo eran autobiógrafos sino especie de reporters que vivían haciendo la interview de la sociedad y la Naturaleza. Se les puede igualar con esos infatigables aficionados a la fotografía, que van con su máquina bajo el brazo y toman una instantánea de los paisajes y tipos que se les ofrece a la vista. Si, como ya lo han dicho algunos, una obra de arte no es más que la Naturaleza divisada al través de un temperamento, el verdadero artista debe expresar siempre la relación pasajera y momentánea de dos cosas variables: el mundo interior del individuo y el mundo exterior del Universo. La Naturaleza no es la misma en Verano que en Invierno, en el día que en la noche, ni el hombre es el mismo en ayunas que bien nutrido con diez grados bajo cero que a treinta grados de calor.

Las improvisaciones, que vienen a ser como las instantáneas de la poesía, encierran muchas veces la verdadera inspiración: les falta la lima, el pulimento; mas les sobra la buena ley. Quizá muchas obras que nos admiran por la unidad de composición, se reducen a fragmentos o mosaicos pacientemente reunidos y hermanados por un autor. Y aquí nos referimos a las obras originales, no a los centones clásicos donde no hay un solo verso que no sea tomado de los autores griegos y latinos.

Si algunos, como Zola por ejemplo, escriben diariamente y en horas determinadas un número fijo de páginas, otros, como Verlaine, producen desordenadamente y con largos períodos de esterilidad, teniendo algo así como su Primavera y su Invierno. Había momentos en que Flaubert, sintiéndose incapaz de trazar una sola línea, lanzaba la pluma y se trataba de imbécil. Si Lamartine escribía páginas enteras, sin una vacilación ni una enmendadura; si Zorrilla improvisaba en unas cuantas horas El puñal del godo; en cambio, Alfred de Vigny y Charles Baudelaire procedían con suma lentitud, fragmentariamente, esquiciando en prosa sus composiciones, antes de someterlas al ritmo y a la rima. Parece que Iriarte hacía lo mismo. No todos los ingenios producen de un tirón las obras de largo aliento: hay cerebros que destilan las ideas, gota a gota y con prolongados intervalos de interrupción. ¡Cuántos de esos extensos y ordenados poemas, que nos parecen brotados de un solo jet, no son más que ligeras filtraciones, menudos chorrillos intermitentes, unidos por el largo transcurso de los años!

El trabajo paciente sobre las inspiraciones momentáneas...

Al dar forma más o menos definitiva a Grafitos, el autor desistió del prólogo en prosa, prefiriendo reemplazarlo con un simple epígrafe en verso. Por tal motivo, no hemos dado a estas páginas la colocación que aparentemente les destinó el autor al escribirlas; pero como explican el método de factura y la razón de ser de este libro, las juzgamos dignas de la luz pública.



París, octubre de 1937



Alfredo González Prada


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