LA ACCION INDIVIDUAL

Por Manuel González Prada, Anarquía

     El prejuicio contra la Anarquía sigue tan arraigado que muchos abrigan ideas anárquicas sin atreverse a confesarlo: tienen miedo de llamarse anarquistas, se asustan con el nombre. Algunos hechos aislados (explicables por la reacción violenta del individuo contra la injusticia social) bastaron no sólo para infundir horror hacia los anarquistas sino para condenar sin apelación las doctrinas anárquicas.

     Y ¿qué importaría si los terribles hechos aislados se repitieran a menudo? Probarían únicamente el agravamiento, la intensificación de las iniquidades colectivas. Donde se recurre a la violencia, ahí la opresión y la arbitrariedad llegaron a su máximum, haciendo sobrepasar los límites del sufrimiento humano: hablan el revólver y el puñal, cuando no se dejan oír la razón ni la justicia. Pero gentes que aprueban o disculpan la ejecución legal o parlamentaria de un Carlos I y de un Luis XVI condenan el ajusticiamiento de un Enrique III por Clément y de un Enrique IV por Ravaillac. Y tal vez Luis XVI y Carlos I fueron menos justiciables que el asesino de Guise y el perjuro-sátiro de Saint Denis.

     La acción individual o propaganda por el hecho irrita hoy a conservadores y burgueses, como sublevó ayer a los monarcas la justificación del tiranicidio. Y no sólo se irritan ellos. Parodiando a Pascal, a Quinet y a Michelet, muchos liberales, masones y librepensadores (generalmente los más vulgares) reservan los furibundos rayos de su cólera para fulminar a la Compañía de Jesús: toleran al dominico, al mercedario, al agustino, al franciscano: no perdonan al jesuita. El miembro de la Compañía les saca de tino: el color rojo no enfurece más al toro ni al pavo. Y ¿por qué? Porque algunos jesuitas preconizaron el tiranicio; y afirmamos algunos porque no todos pensaron como el padre Mariana. Esos liberales, esos masones y esos librepensadores defienden la causa de los reyes, son regalistas, se erigen en abogados del imperium. Admitiendo que al mal rey se le puede y hasta se le debe matar, se despoja a los monarcas de su carácter sagrado y se da el golpe de gracia a la doctrina del derecho divino. Se anula una tradición venerada por paganos, judíos y cristianos. Hesíodo afirma con la ingenuidad del hombre antiguo que "los reyes vienen de Zeus" y San Pablo (quien probablemente no había leído a Hesíodo) enseña que "toda potestad viene de Dios", y no sólo viene de Dios, sino sólo a Dios debe rendir cuenta de sus actos. Ya no cabe afirmar que el monarca sea únicamente responsable ante la Divinidad: el súbdito se interpone, erigiéndose en acusador, juez y ejecutor de la sentencia. De ahí que, no los pueblos sino los reyes, se confabularan y suprimieran la Compañía de Jesús.

     Cierto, la sangre nos horroriza; pero si ha de verterse alguna, que se vierta la del malvado. Quién sabe si para una justicia menos estrecha que la justicia humana sea mayor crimen herir un animal benéfico que suprimir a un mal hombre. Tal vez podamos afirmar con razón: antes que verter la sangre de la paloma o del cordero, derramar la del tirano. ¿Por qué vacilar en declararlo? Hay sangres que no manchan. Manos incólumes, manos dignas de ser estrechadas por los hombres honrados, las que nos libran de tiranos y tiranuelos. Herir al culpable, solamente a él, sin sacrificar inocentes, realizaría el ideal de la propaganda por el hecho. Los Angiolillo, los Bresci, los matadores del gran duque Sergio y los ejecutores del rey Manuel nos merecen más simpatía que Ravachol, Emile Henry y Morral.

     Un prejuicio inveterado nos induce a execrar la supresión del tirano por medio del revólver, el puñal o la dinamita y a no condenar el derrocamiento de ese mismo tirano merced a una revolución devastadora y sangrienta. Quiere decir: el tirano puede asesinar al pueblo, mas el pueblo no debe matar al tirano. Así no pensaban los antiguos al glorificar al tiranicida.

     Cuando la organización de los pretorianos hace imposible todo levantamiento popular, cuando el solo medio de acabar con la tiranía es eliminar al tirano, ¿se le debe suprimir o se ha de soportar indefinidamente la opresión ignominiosa y brutal? ¿Vale tanto la vida del que no sabe respetar las ajenas? Verdad, "el hombre debe ser sagrado para el hombre"; mas, que los déspotas den el ejemplo.

     Cuando el tiranicio implica el término de un régimen degradante y el ahorro de muchas vidas, su perpetración entra en el número de los actos laudables y benéficos, hasta merece llamarse una manifestación sublime de la bien entendida caridad cristiana. Si un Francia, un Rosas, un García Moreno y un Porfirio Díaz hubieran sido eliminados al iniciar sus dictaduras, (cuántos dolores y cuántos crímenes se habrían ahorrado el Paraguay, la Argentina, el Ecuador y México! Hay países donde no basta el simple derrocamiento: en las repúblicas hispanoamericanas el mandón o tiranuelo derrocado suele recuperar el solio o pesar sobre la nación unos veinte y hasta treinta años, convirtiéndose en profesional de la revolución y quién sabe si en reivindicador de las libertades públicas. Al haber tenido su justiciero cada mandón hispanoamericano, no habríamos visto desfilar en nuestra historia la repugnante serie de soldadotes o soldadillos, más o menos burdos y más o menos bárbaros. El excesivo respeto a la vida de gobernantes criminales nos puede convertir en enemigos del pueblo.

     Si se da muerte a un perro hidrófobo y a un felino escapado de su jaula, ¿por qué no suprimir al tirano tan amenazador y terrible como el felino y el perro? Ser hombre no consiste en llevar figura humana, sino en abrigar sentimientos de conmiseración y justicia. Hombre con instintos de gorila no es hombre sino gorila. Al matarle no se comete homicidio. Montalvo, ajeno a toda hipocresía, dijo con la mayor franqueza: "La vida de un tiranuelo ruin, sin antecedentes ni virtudes, la vida de uno que engulle carne humana por instinto, sin razón, y quizá sin conocimiento... no vale nada. . ., se le puede matar como se mata un tigre, una culebra". Blanco-Fombona, después de constatar lo inútil de las revoluciones y guerras civiles en Venezuela, escribe con una sinceridad digna de todo encarecimiento: (¿Quiere decir que debemos cruzarnos de brazos ante los desbordamientos del despotismo o llorar como mujeres la infausta suerte? No. Quiere decir que debemos abandonar los viejos métodos, que debemos ser de nuestro tiempo, que debemos darnos cuenta de que la dinamita existe. El tiranicidio debe sustituir a la revolución... Que se concrete, que se personifique el castigo en los culpables. Esa es la equidad. Prender la guerra civil para derrocar a un dictador vale como pegar fuego a un palacio para matar un ratón" (Judas Capitolino. Prólogo).

     Y lo dicho en el orden político debe aplicarse al orden social. Hay monopolios tan abominables como las dictaduras pretorianas; viven pacíficos millonarios tan aleves y homicidas como el Zar y el Sultán. Los organizadores de los grandes trusts americanos, los reyes del petróleo, del maíz o del acero, no han causado menos víctimas ni hecho derramar menos lágrimas que un Nicolás II y un Abdul-Hamid. La Humanidad gime no sólo en las estepas de Rusia y en las montañas de Armenia. Existe algo peor que el knut del cosaco y el sable del bachi-buzuk. La pluma del negociante --esa ligerísima pluma que apenas se deja oír al correr por el libro de cuentas-- sabe producir las resonancias del trueno y derribar murallas como las trompetas de Jericó.

     Un patrón en su fábrica suele ser un reyezuelo con sus ministros, sus aduladores, sus espías, sus lacayos y sus favoritas. No gasta dinero en pretorianos ni gendarmes, que dispone de la fuerza pública para sofocar las huelgas y reducir a los rebeldes. Aunque no tenga ojos para ver el harapo de las mujeres ni oídos para escuchar el lamento de los niños, merece consideración, respeto y obediencia. Como el sacerdote y el soldado, representa uno de los puntales de la sociedad. Es persona sagrada, que al derecho divino de los reyes sucede el derecho divino de los patrones.

     Se argüirá, tal vez, que el verdadero anarquista debe ceñirse a vulgarizar pacíficamente sus ideas, que tratar de imponerlas a una sociedad burguesa vale tanto como decretar el librepensamiento a una comunidad de monjes. Verdad; no se trata de imponer convicciones sino de oponer hechos a hechos: la sociedad capitalista se reduce a un hecho basado en la fuerza, y por la fuerza tiene que ser derrumbada. El creer o morir de católicos y mahometanos se muda en el dejar la presa o la vida. Para escarmentar a un agresor no se necesita obligarle antes a reconocer lo injusto de la agresión. Y ¿qué se realiza en la sociedad sino una agresión latente de los poseedores contra los desposeídos?

     La Humanidad no sacrifica el interés a la convicción sino en rarísimos casos. No basta que las ideas hayan arraigado en el cerebro para la consumación de un cambio radical. Los hombres suelen poseer dos convicciones: una para el fuero interno, otra para la vida exterior. Pascal mismo, el formidable enemigo de los jesuitas, habla como un Láinez o un Loyola cuando dice: "Il faut avoir une pensée de derrière, et juger de tout par là, en parlant cependant comme le peuple" (Pensées, XXIV-91). El mundo occidental pregona hoy su cristianismo; pero ¿cuántos viven cristianamente? Así la anarquía puede estar en los labios y hasta en los cerebros sin haberse convertido en norma de vida. Llegará el momento de apelar a la fuerza: los actos individuales y sangrientos se reducen a preludios de la gran lucha colectiva.

     Mas apruébese o repruébese el acto violento, no se dejará de reconocer generosidad y heroísmo en los propagandistas por el hecho, en los vengadores que ofrendan su vida para castigar ultrajes y daños no sufridos por ellos. Hieren sin odio personal hacia la víctima, por sólo el amor a la justicia, con la seguridad de morir en el patíbulo. Acaso yerran; y ¿qué importa? El mérito del sacrificio no estriba en la verdad de la convicción. Los que de buena fe siguieron un error, sacrificándose por la mentira de la patria o por la mentira de la religión, forman hoy la pléyade gloriosa de los héroes y los santos.

     Los grandes vengadores de hoy, ¿no serán los cristos de mañana?

©2001

     

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