FEROCIDAD TEUTONICA

Por Manuel González Prada, Anarquía

      Hará siete u ocho años, una revista alemana --la Neue Deutsche Rundschan--, deseando adquirir informes acerca del régimen más conveniente de implantar en Africa, se dirigió a muchos exploradores y funcionarios coloniales para pedirles su opinión respecto a la manera de tratar a los naturales: casi todos los consultados estuvieron por la dureza y la inhumanidad.

      Para que nuestros lectores vean que la ferocidad teutónica no sólo se manifiesta en la práctica sino en la teoría, vamos a citar algunos fragmentos de las contestaciones dadas por individuos que habían desempeñado notables puestos en la administración pública y hasta gozaban de alguna notoriedad en el mundo científico.

      "Cuando se trata de conquista es necesario poner la mira en la victoria, que no se obtiene sino infundiendo terror" (Karl Peters)

      "Al negro sólo se le educa con el tiempo y los golpes. Según él, toda mansedumbre denuncia flaqueza; pide látigo" (El Comandante Morgan)

      "Imponer el castigo corporal es mejor enseñanza para el negro que apelar a los sentimientos de honor. Para corregirle se requiere algo más tangible que la prisión" (Fritz Langhed).

      "El negro es animal de rapiña, sanguinario y feroz, que no se domestica sin el azote del domador. Se ha cometido una falta grave al abolir la esclavitud" (El Mayor August Boschardt).

      Cuando el Emperador Guillermo, al despedirse de los soldados que formaban la expedición de China, les ordenaba "no tener piedad con nadie y proceder de modo que dentro de mil o dos mil años los chinos se acordaran de los alemanes", todas las personas sensatas se imaginaron que barbaridades de tan gordo calibre eran simples desahogos de un insano, pues no concebían que en hombre cuerdo la maldad pudiera subir a punto de aconsejar la matanza de niños y mujeres. Pero, al leer las teorías sentadas por gentes que no llevan apolillado el cerebro, nos convencemos que todos los alemanes no son unos seres románticos que se pasean a los rayos de la luna, suspiran con las baladas de Schiller y sueñan con las sinfonías de Beethoven. Por lo visto, el salchichón y la cerveza no dan sentimientos de gacela.

      El alemán, y particularmente el prusiano, causa el efecto de un inglés que no ha concluido de revestir la costra civilizada: a lo mejor suda barbarie. Tomemos al Canciller de hierro, al tipo representativo de la Alemania moderna: ¿qué fue Bismarck? Un hombre de gran talento, a la vez que un bruto cuaternario. El régimen militar ha creado en los alemanes un doble espíritu de obediencia al superior y despotismo al inferior o más débil: el príncipe y el gañán brutalizan a su mujer o la cubren de improperios; el institutor, más parece cabo de escuadra que director de niños; el feld mariscal, ante el amo supremo, tiene lameduras de lebrel y arrastramientos de culebra. Hasta parece que la vida de cuartel va concluyendo de anquilosar el organismo a los descendientes de Arminius, pues en muchas ciudades del Imperio se ven desfilar a cada paso, hombres tiesos e inflexibles, marchando automáticamente, con aire de espíritus encarnados en palos de escoba. El respeto a la autoridad es culto en Alemania, y eso nos dice por qué sigue ciñéndose una corona quien merecería llevar una camisola de fuerza. En ese país la libertad del pensamiento no influye en la emancipación de la vida: así, el filósofo alemán niega a Dios o le amenaza con los puños; mas en seguida se vuelve a lamer la bota del sargentón que le acaba de administrar un puntapié.

      Esbozado el alemán, ya se comprende lo que dará de sí en las poblaciones y desiertos de Africa, donde tiene asegurada la impunidad o sólo se expone a sufrir las penas más leves por los delitos más atroces. Parece que en el Camerón, no corriendo sino el riesgo de pagar una multa de cuatrocientos o quinientos marcos, se puede quemar poblaciones, violar, torturar y fusilar. Díganlo Leist y Wehlan. Actualmente, los súbditos del Káiser tratan a los herreros como los ingleses a los matabeles, los boers a los cafres, los belgas a los congos.

      No creemos mucho en las profundas diferencias de raza, y pensamos que todos los hombres se conducen lo mismo al hallarse en circunstancias iguales; pero reconocemos que la vida social ha creado en el blanco muchas necesidades ficticias que le obligan a proceder como el salvaje y el felino. El ansia de lucro, la fiebre del oro hacen del hombre pálido una fiera implacable y sanguinaria. Los asiáticos afirman que el blanco no tiene corazón. No sabemos lo que digan los africanos al ver que, por algunos seres racionales como Livingstone y Savorgnan de Brazza, el Africa recibe manadas de tigres en figura de hombres. Probablemente, dirán que el blanco resume los tres colores, teniendo blanca la piel, amarillo el corazón, negra el alma.


(1906)

©2001

     

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