ESCRITURAS Y PODERES

MANUEL GONZALEZ PRADA Y EL PODER POLITICO (1912-1918)

 

Isabelle Tauzin Castellanos

 

           Reproducido de Pouvoir et écritures en Amérique latine, Bordeaux: PUB/Yves Aguila ed., 2004, p. 41-65.

 

      1. El apoyo implícito a la presidencia de Augusto B. Leguía

Manuel González Prada,  adalid del anarquismo en el primer decenio del siglo XX y editor de un sinfín de artículos de ataque y propaganda en la revista eventual Los Parias[1], terminó por aceptar servir al Estado peruano ya que asumió el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Lima.

¿Por qué aceptó el cargo[2]?  Ya muy mayor (69 años), Prada  nunca se había visto obligado a trabajar por motivos económicos. ¿Qué le aportaba comprometerse con un régimen político cuyos primeros actos represivos había denunciado[3]?

 La  nominación de Prada dio lugar a una larga polémica[4] pues reemplazaba a su antiguo adversario, el tradicionista Ricardo Palma, y los partidarios de éste querían que quedara el puesto vacante como estigma de infamia contra el presidente Augusto Leguía[5].

 El clima político se había ensombrecido en los últimos meses de 1911 cuando el catedrático, José de la Riva Agüero fue detenido por condenar públicamente el régimen[6].  Prada discrepaba en numerosos puntos de los análisis  de Riva Agüero, representante de la aristocracia tradicionalista limeña, y no se sentía en absoluto vinculado con ese grupo.

Leguía autorizó la amnistía pedida por Riva Agüero a favor de los demócratas golpistas de 1909, lo que constituyó para el autor de Horas de Lucha un signo de conciliación. Unos lazos de amistad unían al hijo mayor de Leguía con el hijo del escritor, Alfredo, que anhelaba desempeñarse en una carrera diplomática y realizó su sueño empezando a trabajar en el ministerio de Relaciones Exteriores[7].

La esposa del escritor refirió los diversos ofrecimientos que ya había recibido Prada del primo del presidente, Germán Leguía y Martínez, y cómo se había negado a ser director del prestigioso Colegio de Guadalupe y del Instituto de Bellas Artes[8] por considerarse incompetente en tales materias y no querer contradecirse en su condena de  los ventrales y empleómanos.

La aceptación del puesto de director de la Biblioteca Nacional es explicada entre líneas en el libro de ensayos titulado Bajo el oprobio.

Bajo el oprobio fue publicado en 1933, por Alfredo González Prada que inició la edición de las obras completas de su padre, irguiéndose contra la segunda dictadura de Oscar Benavides (1933-1939), ya en el poder en 1914.

Por razones obvias, con ese título que fusiona en la preposición “bajo”  el sentido concreto o espacial y el figurado, con un sinónimo de “vergüenza”,  Bajo el oprobio no llegó a difundirse en el Perú de los años 30. El editor no respetó el orden cronológico de los sucesos ni se atuvo a la cronología de redacción de los ensayos[9]: en la lucha política de 1933 contra Benavides, Alfredo González Prada privilegió los artículos más violentos y más comprometidos que condenaban el paréntesis inconstitucional del gobierno de Benavides: se trata de “Dos palabras[10]”, “Páginas liminares”, “Suluque II”, y “La gran farsa”.

Bajo el oprobio nos brinda una explicación en cuanto a la aceptación del cargo de director de la Biblioteca Nacional por Prada. El ensayo titulado “La eliminación” y dedicado a explicar cómo el coronel Benavides llegó al poder,  puntualiza las calidades del presidente A. Leguía “[redimido] por su acción frente a Chile y su guerra al Civilismo”, capaz de “gobernar tranquilamente, aunque no disponga de facciones disciplinadas ni de reptiles domesticados”;  en fin, fue “un gobernante enérgico y decidido[11]”.

El retrato de Augusto Leguía es un inequívoco elogio del ex-mandatario en tanto que enemigo del partido civilista, con el que llegó a la Presidencia y al que Prada abominaba como brazo político de la oligarquía peruana. Según el autor de Horas de Lucha, Leguía limitó hábilmente los fueros de  la prensa, esa “industria malsana, ejercida muchas veces por los ratés o fracasados de las profesiones liberales [...][12]” y que sólo servía los intereses de la clase pudiente. 

Más adelante, muerto Prada, es probable que aquel juicio favorable a Leguía fuera una de las  causas de la postergación de la edición de Bajo el oprobio. En los años 20, nuevamente presidente, Leguía consiguió que se modificara la constitución y se mantuvo once años en el poder; la antigua admiración de Prada resultaría una molestia para sus epígonos, llamáranse Víctor Raúl Haya de la Torre o Luis Alberto Sánchez. 

 

2.  Titubeos acerca de Guillermo Billinghurst (1912-1914)

El mismo ensayo de Bajo el oprobio titulado “La eliminación” cuestiona el ascenso de Guillermo Billinghurst, sucesor de Augusto Leguía, a la presidencia.

Prada refiere cómo fue elegido aquel conspicuo miembro del partido demócrata. Si bien Billinghurst fue “alzado en hombros de la masa popular”:

 “no hubo sino apariencia de elecciones (turbas maleantes habían impedido el acceso de los electores a las mesas receptoras de sufragios) [13]” .

Fue toda una farsa electoral:

“Para dar  una representación gráfica de lo que ofrecían los candidatos, los granujas de Lima paseaban dos panes enarbolados en largas picas: uno desmesuradamente grande – el pan de Billinghurst; otro exageradamente chico – el pan de Aspíllaga.”

Representante del partido fundado por Nicolás de Piérola y combatido por Prada, Billinghurst es criticado a causa del apoyo que brinda al “bloque” opuesto a Leguía. Este es desterrado en 1913. La repulsa pradiana abarca también al jefe de gobierno de Billinghurst, presentado de forma caricaturesca como “un mayordomo enfardelado en el terno de su patrón[14]”; Elías Malpartida es zaherido con un retrato moral que lo equipara a “Harpagon, [al] Gran Tacaño [y a ] Grandet”:

“De inteligencia mediocre, de instrucción misérrima y arcaica, de iniciativa nula, de egoísmo congelador, se distingue por la bosse o protuberancia de la adquisibilidad y por el excesivo desarrollo de los organos prensiles[15]”.

mientras el hacendado Antero Aspíllaga, rival de Billinghurst  en las elecciones, pese a ser

“célebre a causa de su participación en un negociado fiscal donde no faltaron los enjuagues ni los gatuperios [...] merece llamarse una buena persona, aunque un tanto ridícula por su candorosidad política, su catolicismo rancio, su mansedumbre conyugal y su indumentaria de lechuguino sesentón[16].”

El fracaso político de Aspíllaga explica la inesperada benevolencia de Prada, respecto a uno de los mayores representantes de la oligarquía peruana.

 La hostilidad a Billinghurst en cambio sorprende tanto más cuanto que entre los méritos de Billinghurst figura el compromiso precoz contra el invasor chileno y el apoyo decidido de Abraham Valdelomar, joven escritor muy próximo a Prada. Valdelomar participó en la toma violenta de mesas electorales para favorecer la candidatura de Billinghurst[17]. Luego fue premiado con el nombramiento como director de El Peruano y de la Imprenta del Estado como antaño fuera recompensado Santos Chocano por Nicolás de Piérola. El vínculo entre Piérola y Billinghurst, ambos con la etiqueta demócrata explica sin duda la desconfianza del autor de Pájinas Libres. Otros le van a reprochar a Billinghurst “el predominio de las más bajas clases populares en contra de la seguridad y los intereses de las clases más elevadas[18]”.

Ascendido a presidente, Billinghurst peca de prepotente[19], y entre otros errores[20], según Prada,  desconfía del vicepresidente Roberto Leguía, hermano de su antecesor. La falta de experiencia[21] de Roberto Leguía habría de considerarse al contrario como “un diploma de honradez” en esa sociedad dominada por el “ventralismo”.

Las severas críticas contra Billinghurst insertas en el ensayo “La eliminación” desaparecen en “La gran farsa”, el artículo dedicado a denunciar el golpe de Estado de 1914. El presidente acusado de prepotencia por nuestro autor, pasa a ser triste víctima traicionada por sus antiguos partidarios. El léxico gráfico recuerda cómo “Billinghurst cumple su odisea bochornosa en medio de insultos groseros, interjecciones tabernarias, cuchufletas soeces  no sabemos si algo peor[22]” antes de ser embarcado hacia Chile. La familia del presidente derrocado también es víctima de desmanes; “su domicilio sufre el ataque de seides y genízaros. Su esposa y sus hijos tienen que ponerse en salvo para evitar vejámenes de los esbirros[23]”. Las palabras no pueden ser neutras en la denuncia y apuntan al cabecilla del pronunciamiento, el coronel Oscar Benavides.

Prada recuerda cómo el presidente demócrata fue abandonado de todos; ni lo defendió el pueblo de Lima quien manifestara por su elección exhibiendo aquel “pan grande” pero que sólo “sabe amar con el vientre, mas no con el corazón[24]” .

Otro ensayo de Bajo el oprobio, “Los honorables” hace hincapié en que Billinghurst “fue derrocado ignominiosamente” . Prada justifica su tardía simpatía por el intento de Billinghurst de “celebrar un plebiscito para decidir si convenía la renovación total del Congreso” siendo “un congreso peruano [...] la cloaca máxima de Tarquino, el gran colector donde vienen a reunirse los albañales de toda la República[25]”. La lucha de poderes entre Ejecutivo y Legislativo, ya peligrosa en el gobierno de Leguía,  fue decisiva en la caída de Billinghurst[26]. Prada reitera la condena a “Los Honorables”, ya manifiesta en el ensayo “Nuestros legisladores” de Horas de Lucha; los parlamentarios fueron los responsables directos del cambio de régimen por “caer de rodillas ante un coronelillo de similor para conferirle el generalato [...];al hacer la revolución se pusieron contra el desinfectante y a favor de los microbios[27]”.  

 

3. El repudio a Oscar Benavides (1914-1915)

Si bien sólo encontramos algunas alusiones a Oscar Benavides[28] en el temprano ensayo titulado “La eliminación”, conforme se arraiga el nuevo regimen, Prada va arremetiendo con virulencia contra el militar golpista. Es el caso en “El caporalismo”, en “Páginas Liminares” y en “Suluque II”. A esos artículos cabe sumar “Dos palabras”, “Los milagros de un gobierno provisorio” y “Varsovianas” recopilados de La Lucha en Prosa menuda (1941).

“El caporalismo” parece haber sido escrito entre el 4 de febrero y el 15 de mayo de 1914, fecha en que Benavides dejó de presidir la Junta de Gobierno para ser designado presidente provisorio en el Congreso. Visionario, Prada denuncia la tiranía que se avecina. No nombra al coronel vencedor en el Caquetá  sino que lo retrata moralmente:

“Donde imperan faites cashivos o régulos africanos, sólo caben manadas de siervos embrutecidos. [...] No se requiere años ni meses para que un judas refundido en Gil Blas se transforme en personaje ilustre[29].”

El personaje literario del francés Lesage, ese pícaro que se acomoda con todas las circunstancias para medrar, sólo puede ser Benavides propulsado por los congresistas a la jefatura suprema. Se trata de una entre otras muchas antonomasias que en Bajo el oprobio acercan la realidad peruana a la literatura y a la  historia universal con la finalidad de satirizar a los falsos héroes[30] .

Más inteligible del gran público nacional es la caracterización de Benavides como “faite cashivo”, con ese anglicismo informal que connota fanfarronería y presunción  mientras “cashivo” designa a un grupo de pobladores de la selva peruana, seres por tanto atrasados, según la mentalidad de la época.

La comparación con “régulos africanos”, o sea reyezuelos, también llama la atención; va a ser una constante bajo la pluma de Prada el referente africano o negro. Se explica en parte por la mala impresión del escritor, quien al regresar al Perú en 1898 visitó al rey africano Behanzín deportado por los franceses en la Martinica[31]. En el artículo titulado “Cáceres” se denuncia “la dictadura africana” de Benavides (pág. 145) y el gobierno de “seis ministros cafres” o “seis caribes” (págs. 144-146); pero  donde verdaderamente se afirma esa filiación africana de Benavides, es en el artículo titulado “Suluque II”[32]. A modo de epígrafe traduce el escritor esta nota biografica del Petit Larousse Illustré:

“Soulouque, negro de Haití, se proclamó en 1849 emperador con el nombre de Faustino I y fue derrocado en 1859. Durante mucho tiempo se hizo célebre por la tontería, la vanidad y la crueldad[33].”

Suluque II es el apodo que Prada le da a Oscar Benavides, teniendo también probablemente en la mente a los zulués del Africa austral. La apariencia física del coronel da lugar a una larga descripción caricaturesca que llega a hacer hincapié en lo moreno del presidente provisorio:

“tiene por cabeza una olla tiznada y grasienta donde zumban algunos moscardones[34].”

Pero no coincide tal negrura  con las fotos del coronel-presidente. Para Prada, Benavides es un salvaje de la peor especie, o sea un “coronel apache” (pag. 80), “[un]piel rojo de nuestro ejército que [sueña] con ser un Porfirio Díaz” (pág. 82).  Descrito por el autor de Horas de Lucha, Benavides se parece a un personaje quevedesco, deforme y carente de humanidad:

“Para unos, Suluque II es una especie de nebulosa que no se ha resuelto, aunque ya parece diseñar la forma de uña; para otros, un feto que no ha perdido aún el cordón umbilical y sigue nutriéndose con los jugos bloquistas; para otros un muñeco forano[35].”

Pasa a ser un animal, mejor dicho una quimera que se asemeja a distintas especies:

“Se ha dicho que los hombres nos parecemos a ciertos animales, ya por los instintos, ya por la fisonomía. Puede que Suluque guarde algún parecido con la urraca y el tigre; pero recuerda especialmente a la comadreja y al buho[36].”

La animalización de Benavides es recurrente en Bajo el oprobio. En “El caporalismo” es “tigre de jaral [...] observante de la justicia practicada por el oso de las cavernas”; también es “la fiera práctica” encumbrada por la “fiera teórica”, el paisano o civil[37]. “Suluque II” termina con preguntas retóricas que horrorizan:

“¿De dónde viene Suluque? De donde vienen el roedor de la bubónica y el zancudo de la fiebre amarilla[38]”.

La poca apariencia humana que tiene el coronel tirano, es la de un delincuente:

“Braquicéfalo, estrábico, asimétrico y lisiado de un tic gambal, ofrece muchos estigmas del degenerado impulsivo y criminal. Pertenece a Lombroso[39]”.

Esa caracterización que hace escarnio de la cojera de Benavides, no deja de sorpender bajo la pluma de Prada, contrario a las teóricos de la antropología criminal y muy crítico hacia Lombroso. Los otros políticos, ni Leguía ni Billinghurst,  fueron merecedores de descripciones físicas. Pero, es que la lucha política ahora no conoce los límites de la realidad y frente al militar golpista, todos los golpes son posibles. El eximio autor de Exóticas justifica la bajeza de sus ataques por la necesidad imperiosa de las circunstancias:

“Hay momentos en que la palabra, incisiva y candente, debe preludiar la acción purificadora y rápida [...]. Cuando un marrano deja el chiquero y viene a revolcarse en las alfombras de un estrado [...] se coge un buen zurriago y se le aplica las metáforas de una elocuencia flagelante[40].”

A la fealdad exacerbada y exagerada de Benavides se suma la depravación moral, que también se transparenta en el físico:

“Por la raleza nativa de la barba y la calvicie prematura, Suluque denunciaría indigencia orgánica, si no supiéramos que las greñas volaron en los combates con la Venus de a cinco francos la guerrilla[41].”

Moreno con alguna ascendencia africana, imberbe con probables antecesores indígenas, Benavides carga con los prejuicios del aristócrata Prada, quien  reproduce los tópicos racistas para denunciar al adversario político.  Corre paralela la acusación de que Benavides no aprovechó el ser enviado a Francia para completar su formación profesional; ese “coronel de similor” o “de munición” es un tonto y un  borracho:

Suluque no inventó la pólvora; mas tal vez descubra el modo de freír la nieve . [...] Sabe distinguir el ajenjo del brandy, el cognac del vermouth y el cañazo del mosto verde[42]”.

Prada recuerda la batalla del Caquetá, victoria pírrica contra Colombia (1911) en que muchos soldados murieron de enfermedades en plena selva, revelándose la falta de preparación del ejército bajo el mando de Benavides.  El escritor parodia también las jaculatorias del presidente provisorio, quien se expresa a lo Julio César

“pronunciando discursos cortados en un padrón sui generis: El coronel Suluque no manchará sus galones con una felonía, el coronel Suluque será fiel a su honor militar[43]”.

Pero todo ello no es nada al lado de las dos grandes acusaciones que nuestro autor se atreve a lanzar  contra Benavides: lo acusa de malversación y de crimen. “La consigna de Suluque es matar”: la frase es lapidaria y remite a la ejecución del ministro de guerra del presidente Billinghurst, en vísperas del golpe de estado. La acusación, históricamente no comprobada,  se repite  en “La gran farsa”, recordando cómo ocurrió el asesinato y estableciéndose en el intertexto un paralelismo con el sacrificio del almirante Grau, héroe máximo de los peruanos:

 “Si a las gentes dijéramos que nos señalaran al verdadero asesino del general Varela, ya sabemos hacia dónde se dirigirían todas las manos[44].”

En su afán de denunciar, Prada va a publicar como volante la minuta extendida ante un notario de Lima por un testigo del crimen. La revista eventual La Lucha es fundada con tal finalidad el 6 de junio de 1914 y enteramente redactada por el escritor. Vive entonces un momento de febrilidad, estimulado por el agravio representado por el apresamiento de su hijo en una pocilga de la Intendencia.  La Lucha es requisada a las pocas horas de distribuirse. Según refiere Adriana de González Prada, “con pruebas se daba a conocer la cancelación de una hipoteca de 40 000 soles, que pesaba sobre una propiedad de [la] mujer [de Benavides], situada en Miraflores, apenas tres días después de subir al poder[45]”. El artículo se titula irónicamente “Los milagros de un gobierno provisorio” .

A consecuencia de dicha publicación, se prohibe La Lucha y se entabla un juicio por difamación; ante el riesgo de una detención arbitraria, Prada pasa a la clandestinidad esperando la resolución feliz del caso. La noticia le será llevada en un ambiente sumamente tenso[46].

En adelante las acusaciones fueron encubiertas como en el artículo titulado “Páginas Liminares[47]  acudiendo a renovadas metáforas (“un quídam con sable y osadía”), y evitando la nominación directa del jefe del Estado aunque fueran las alusiones evidentes (“un pobre de solemnidad, a los pocos días de asumir un cargo, redime las deudas propias y las ajenas, compra fincas y vive como un lord inglés [...] un coronel fragua el asesinato alevoso de un general”, pág. 25). Obligado a silenciar el nombre del jefe del Ejecutivo,  Prada censura los hechos con  generalizaciones y plurales que remiten a uno u otro suceso: el destierro sufrido por el presidente Billinghurst, el mal trato padecido por familiares del liberal Augusto Durand, el asesinato del general Varela, la desaparición en el río Napo de soldados amotinados son otros tantos hechos denunciados como obras del caporalismo imperante:

“Hoy se tiene por cosas normales las prisiones indefinidas, los destierros, los ultrajes a las mujeres; hoy se enmudece ante las ejecuciones sumarias en los ríos y los asesinatos nocturnos en los fuertes; hoy y desde muy arriba se amenaza a los revolucionarios con el escarmiento por medio de las represiones sin cuartel[48]”.

Pese a la imprecisión, la edición de “El caporalismo[49]” con la firma de Manuel G. Prada en la revista anarquista La Protesta acarreó la prohibición de la publicación hasta noviembre de 1915, cuando se restableció una apariencia de democracia y había asumido la presidencia José Pardo.  En 1914, atacando y desafiando al militarismo, Prada demostró una excepcional valentía.

 

4. ¿ Es posible el statu quo con José Pardo ?

Al nuevo mandatario José Pardo, Prada le dedicó dos artículos que quedaron inéditos hasta 1933 y 1938 cuando “La elección de José Pardo” fue incluido en Bajo el oprobio y “José Pardo” en Figuras y figurones. “La elección de José Pardo” recordaba cómo fue designado el presidente antecesor de Augusto Leguía para suceder a la dictadura de Benavides. El sarcasmo y la desilusión dominan la evocación del cambio de gobierno:

“Después de atravesar el cuartelazo de Benavides y las elecciones fraudulentas, nos hallamos hoy en la iniciación de un mal gobierno y por consiguiente aproximándonos a la revolución o el cuartelazo[50]”.

El trato de “don” a José Pardo es irónico de parte de nuestro autor que ve en él “un Washington al revés, [...] el último en el amor de sus conciudadanos”. Esta definición es reiterada con las mismísimas palabras en Figuras y figurones. José Pardo no merece un retrato físico caricaturesco al estilo del grotesco Benavides pero es equiparado con el Calixto de una eterna tragicomedia en la que la Nación es Melibea y Benavides “la Celestina con charreteras[51]”.

 El artículo titulado “José Pardo” nos brinda una biografía humorística, muy agresiva y probablemente escrita sin afán de publicar como otros muchos retratos que quedaron entre las papeletas del escritor[52]. En la primera guerra mundial, cuando el Perú tarda en romper las relaciones diplomáticas con Alemania hasta fines de 1917, no es anodina la comparación de Pardo con el príncipe heredero alemán[53], tanto menos cuanto que Prada es francófilo como pocos. La formación recibida de “pedagogos alemanes contratados por algunas familias pudientes” no preparó debidamente al futuro hombre de Estado cuya principal tacha es la nulidad intelectual. Prada escribe:

“Sabemos, sí, que [Pardo] no pasa de alumno mediocre en la Universidad, donde sin aprender mucho de letras, cursa Ciencias Políticas y Administrativas, logrando graduarse de bachiller y doctor con dos tesis de una insignificancia desesperante. [...] En la cátedra no asombra con el saber ni por la elocuencia[54]”.

condenando a José Pardo como un hombre vulgar desprovisto de cualquier facultad intelectual,  pese a haber sido elegido Rector de la Universidad Reincide en el tema de la crasa ignorancia presidencial unas páginas más adelante de San Marcos:

“La dinastía Pardo nos ofrece un ejemplo de involución o proceso retroactivo: la intelectualidad ha seguido una marcha decreciente de más a menos; pues si don Felipe Pardo y Aliaga había poseído una inteligencia como 10, don Manuel Pardo y Lavalle la tuvo como 5 y don José Pardo y Barreda la tiene como 1”[55].

 Comparado con “el negro que se zambulle en el agua sin mojarse el casco”, con un “gobernador de Ninacaca”, el nuevo mandatario es objeto de todo el desprecio del pensador libertario quien no llega a liberarse de los  prejuicios racistas pese a su internacionalismo.

Por supuesto este retrato es interesante por cuanto se opone a la hagiografía y a la supuesta imparcialidad de los historiadores. El “José Pardo” de Prada nos brinda una visión subjetiva de aquel presidente dinástico, hijo del presidente Manuel Pardo, fundador del partido civilista a quien el autor de Horas de Lucha sí respetó pese a la distancia ideológica que los separaba.

A la falta de aptitudes intelectuales, a una apariencia física insulsa se suman otros dos defectos en el caso de José Pardo: el apego al dinero y el nepotismo. Son expresiones gráficas muy eficientes las que destacan tales fallas:

“Un José Pardo y Barreda en la Presidencia, un Enrique de la Riva Agüero en la jefatura del gabinete, un Felipe de Osma y Pardo en la Corte Suprema, un Pedro de Osma y Pardo en la Alcaldía Municipal, un José Antonio de Lavalle y Pardo en una fiscalía, anuncian a un Felipe Pardo y Barreda en la Legación en Estados Unidos, a un Juan Pardo y Barreda en el Congreso y a todos los demás Pardo, de Lavalle, de Osma y de Riva Agüero donde quepan[56]”.

“[El] sistema de gobierno [de José Pardo] se resume en dos o tres fórmulas: para amigos y parientes, las bodas de Camacho; para indiferentes y enemigos, el pupilaje del dómine Cabra.

En una sola cosa don José Pardo sale de lo vulgar y se roza con lo sublime: en el amor a la santa pecunia[57]”.

Más allá del sarcasmo el análisis político pradiano anuncia el membrete con que los historiadores sintetizarán los años 1895-1919: es la llamada república aristocrática en la que se aplazó la democratización política que pudo significar el fin del militarismo y la revolución demócrata de Nicolás de Piérola. Si Prada volvió a asumir el cargo de director de la Biblioteca Nacional en 1916, no fue beneficiándose de un favor de José Pardo sino gracias a una medida de reintegración votada por el Congreso a favor de los funcionarios renunciantes en 1914[58]. 

 

5.     Las otras opciones

Ahora bien, la condena de Prada no se limita a un bando político. Considera que el Perú está en un callejón sin salida y no hay remedio ni salvación que valga. Sigue impertérrito en el odio a los partidarios de Piérola, enjuiciando a “la mandinga demócrata” sólo capaz de lanzar contra José Pardo la candidatura de “Carlos Piérola, un deficiente cerebral, un rezador de padrenuestros, un infeliz con el solo mérito de llamarse hermano de su hermano[59]”. En este punto es contradictoria la prédica pradiana anarquista y anti-aristocrática pues asoma también un ineludible desdén hacia el pueblo:

“¿Qué hace el pueblo mientras los funcionarios públicos y las instituciones nacionales (desde el ministro al portero y desde las Cámaras a los Tribunales) dan ejemplos de abyección y cobardía? Todo, menos levantarse como un hombre. El asno, trabajador y sufrido, no indaga la sicología del borriquero: pasta y enmudece; el pueblo, más desgraciado tal vez y más paciente que el burro, no averigua tampoco el valor intelectual y moral de sus arrieros: ayuna y calla[60].”

Parece que sólo se puede esperar algun remedio de los rebeldes por natura,

“los irreductibles, los que desde pequeños denuncian inclinación a las malas ideas [...] , lo que significa no pensar como piensa la turbamulta ni resignarse gregariamente a comer y rumiar la ración de pasto[61]”.

El autor se incluye en esa categoría y es cierto que no dudó a la hora de enfrentar y condenar el régimen de Oscar Benavides.  Después de comprobar el fracaso de las revoluciones en el Perú con unas fórmulas tan fuertes que asombra el que pudieran ser publicadas[62], el mismo individualismo le induce a hacer la apología del tiranicidio.

No comparte en absoluto las ideas ni las posturas de los intelectuales del 900. “Los pastores y el rebaño” es un ensayo de Bajo el oprobio que los responsabiliza por el advenimiento de la dictadura. Varias personalidades son aludidas entre aquellos que

 “preconizan la constitución del alma nacional, la formación de la élite, el reinado del imperativo categórico, el evolucionismo pacífico y otras paparruchas por el estilo[63]”.

Se trata de Víctor Andrés Belaunde[64] que se dio a conocer primero por unos Ensayos de psicología nacional (1911) que copiaban la serie de los “nuestros” de Horas de Lucha (1908) con artículos titulados “Nuestra incoherencia”, “Nuestros rencores”, “Nuestra ironía”... contrabalanceando la explicación político-social de Prada por una interpretación psicologizante de la realidad peruana. Los ataques pradianos también van dirigidos contra José de la Riva Agüero, quien va a aglutinar a los más conservadores de su generación en el Partido Democrático Nacional (1915); otras figuras aludidas por su actuación ambigua pueden ser  Mariano Cornejo y Javier Prado,  catedráticos sanmarquinos y parlamentarios inamovibles.  Aquellos “maestros de la juventud” y los mismos estudiantes son denunciados como cómplices de la misma ignominia: “la juventud sólo tiene labios para adular y manos para aplaudir[65]”. Prada contrasta a los jóvenes de 1914 con los de sus años mozos dispuestos a “fustigar con látigos de fuego” las instituciones venales.

  Pasada la tormenta, matizará esa condena de la nueva generación que podía aparentarse a un achaque de la vejez de parte de quien se había hecho célebre en 1888  con el lema “¡los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!” En efecto, con el ensayo titulado “Los viejos[66]”, publicado después del retiro de Benavides, en junio de 1915, el escritor mayor ya de setenta y un años, exalta la capacidad juvenil a enjuiciar la tradición,

“esa malhadada tradición que desde la cuna se apodera de nosotros para deformar nuestro cerebro hasta convertirnos en repetidores mecánicos de mentiras convencionales”.

Preconiza:

“no someternos a sistema alguno de verdades definitivas, sino regirnos por una sucesión de verdades provisorias, viviendo listos a dejarlas, como se deja una ropa envejecida o un bastón gastado por el uso[67]”.

Tal llamado anuncia el debate de ideas que se va a dar entre los intelectuales ya asentados del novecentismo, representantes del Perú oligárquico con ínfulas de aristocrático y el Perú emergente de las clases medias.

El nuevo Perú que alienta Prada es el Perú provinciano como los poetas de la revista Colónida capitaneados por Abraham Valdelomar que necesita escandalizar para ser reconocido en la sociedad; es la  juventud a la que acoge benevolente,  concediendo entrevistas a José Carlos Mariátegui, César Vallejo, Víctor Raúl Haya de la Torre... Para ellos,  Prada sigue siendo  el maestro y ejerce su magisterio moral predicando la desinfección del Perú desde las provincias porque  Lima resulta “el núcleo purulento” :

“la acción necesaria y salvadora debe iniciarse fuera de Lima para redimir a los demás pueblos de la odiosa tutela ejercida por grupillos de la capital[68].”

Renacer y llegar a fundamentar una sociedad anarquista, liberada del Estado y de la propiedad individual, de toda soberanía y de cualquier autoridad, ofreciendo “la libertad ilimitada y el mayor bienestar posible del individuo[69]” será finalmente el testamento político de Manuel González Prada.

 

***

 

 En resumidas cuentas, los años 1912-1918, correspondientes a la vejez del pensador peruano evidencian lo difícil que le resulta al intelectual mantener su independencia en relación con el poder político cuando este poder solicita la colaboración del hombre de ideas. Prada termina por ser  seducido por las sirenas leguíistas y acepta la dirección de la Biblioteca Nacional[70] . Pero allí se dedica exclusivamente a la labor de bibliotecario y sólo autoriza reediciones de artículos antiguos. No se convierte en corifeo del gobernante de turno. En el momento de la dictadura de Benavides da el ejemplo, renunciando públicamente y editando una hoja de combate, La Lucha.

Prada es una figura ambivalente, desgarrado como Kropotkine entre sus orígenes aristocráticos, una formación tradicional y los  ideales inasequibles de justicia  y libertad, desgarrado asimismo entre el activismo que implica el compromiso político y el retiro anhelado por el poeta misántropo, un retiro de bibliotecario anciano que permita la composición de Trozos de vida y le deje confesar el agobiante sentimiento de la mediocridad universal:

No te amé jamás, oh Mundo,

Negro charco de vibriones.

Al puede ser de la tumba,

Voy sin pena ni temores,

Con el asco por la vida,

Con el desprecio a los hombres[71]. 

 


CRONOLOGIA

1908

1° de mayo: Fracasa una revolución llevada a cabo por caudillos demócratas y liberales.

24 de septiembre: Ceremonia de transmisión de mando entre José Pardo y su antiguo jefe de gobierno, Augusto Leguía elegido por los ciudadanos con derecho a sufragio (180000 votantes).  Sigue el poder en manos de representantes del partido civilista. Los demócratas están relegados desde 1899. 

Manuel G. Prada, redactor de la revista anarquista Los Parias,  publica Horas de Lucha .

1909

 29 de mayo: Fracasa un golpe de Estado contra el presidente Augusto Leguía. Los cabecillas son los hermanos del caudillo demócrata, Nicolás de Piérola, presidente entre 1895 y 1899.

2ª edición de Minúsculas de Manuel G. Prada. De forma anónima publica Presbiterianas.

1911

Julio: Los ejércitos peruano y colombiano se enfrentan en la selva peruana. El teniente coronel Oscar Benavides es el vencedor del combate del Caquetá. Es enviado a Europa para restablecer su salud quebrantada por el clima.

Septiembre: El historiador José de la Riva Agüero es apresado por pedir la amnistía de los golpistas de 1909. La amnistía es concedida después de  una manifestación de protesta.

1ª edición de Exóticas de Manuel G. Prada.

1912

Febrero: Prada acepta la dirección de la Biblioteca Nacional reemplazando a Ricardo Palma. Los partidarios de ambos escritores polemizan.

24 de mayo: En un paro general las clases populares se movilizan para apoyar la candidatura del demócrata Guillermo  Billinghurst. La votación es impedida por los manifestantes que no tienen derecho a voto y temen la victoria del candidato civilista, el hacendado Antero Aspíllaga.  Después de esas “Jornadas Cívicas”, Billinghurst es designado por el Congreso. 

1914

4 de febrero: Es asesinado el ministro de Guerra, el general Varela.

El presidente Billinghurst, quien proyectaba un plebiscito para renovar completamente las cámaras,  es depuesto por el coronel Oscar Benavides, nombrado Presidente de la Junta de Gobierno por los congresistas.

15 de mayo: Una minoría del Congreso designa a Benavides como Presidente provisorio en lugar de Roberto Leguía, vicepresidente designado en 1912 junto a Billinghurst. Manuel G. Prada envía a la prensa su carta de renuncia de la Biblioteca Nacional.

Junio : Prada publica el periódico eventual La Lucha.  Regresa el general Cáceres y dimite públicamente del cargo de embajador que desempeñaba en Alemania.

Noviembre: Vuelve José Pardo de Europa y es elegido Rector de la Universidad de San Marcos.

1915

Febrero: José de la Riva Agüero funda el Partido Nacional Democrático con vistas a las elecciones presidenciales.

Contra el senador civilista Javier Prado y el general ministro de Guerra Muñiz se impone la candidatura del ex-presidente José Pardo.

Marzo: Una Convención de Partidos designa a José Pardo como presidente.

24 de septiembre: Principio del segundo mandato presidencial de José Pardo.

1916

Manuel G. Prada es reintegrado como director de la Biblioteca Nacional.

1918

22 de julio: Muere Manuel G. Prada dejando numerosos ensayos y poemas manuscritos.

1919

Enero: El presidente José Pardo se ve obligado a otorgar la jornada de 8 horas.

4 de julio: Augusto B. Leguía, candidato a la presidencia de la República contra Antero Aspíllaga, da un golpe de Estado y derroca a José Pardo. Empiezan once años de gobierno leguíista.

1930

Augusto B. Leguía es depuesto por el comandante Luis Sánchez Cerro.

1931

Presidencia del general Sánchez Cerro.

1933

Muere asesinado Sánchez Cerro.

Empieza la segunda presidencia del general Oscar Benavides que se mantendrá en el poder hasta 1939. Alfredo González Prada edita en París Bajo el oprobio para recordar la anterior dictadura de Benavides.


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA

 

Revistas

Los Parias, 1904-1909.

    La Protesta, 1911-1921.

Obras de Manuel González Prada y ediciones citadas

Anarquía, Santiago de Chile, 1936 (A. González Prada ed. ).

en Obras, Lima, 1986, Petro-Perú, vol. 3 (L.A. Sánchez ed).

Bajo el oprobio, París, 1933, Bellenand (A. González Prada ed. ).

Exóticas, Lima, 1911, Lucero.

Figuras y figurones, París, 1938, Bellenand (A. González Prada ed. ).

 en Obras, Lima, 1986, Petro-Perú, vol. 3 (L.A. Sánchez ed.)

Nuevas Páginas Libres, Santiago de Chile, 1937, Ercilla. (A. González Prada ed. ).

Pájinas Libres, París, 1894, Dupont.

Textos inéditos de Manuel González Prada, Lima, 2001, BNP (I. Tauzin Castellanos ed.)

Trozos de vida, París, 1933, Bellenand (A. González Prada ed.); 2ª ed. Lima, 1948, PTCM.

 

Bibliografía secundaria

Basadre, Jorge, Historia de la República del Perú, Lima, 10ª ed., 2000, La República, vol. 10-11.

Gonzales, Osmar, Sanchos fracasados, Lima, 1996, PREAL.

González Prada, Adriana de, Mi Manuel, Lima, 1947, Cultura Antártica.

Mac Evoy, Carmen, La utopía republicana, Lima, PUCP, 1997.

Mac Evoy, Carmen, Forjando la nación, Lima, PUCP, 1999.

Planas, Pedro, El 900. Balance y recuperación, Lima, CITDEC, 1994.

Sánchez, Luis Alberto, “Un incidente que definió el pensamiento peruano: Ricardo Palma versus Manuel González Prada”, en Cuadernos Americanos, México, 1975, vol. 195, págs. 145-159.

Sanders, Karen, Nación y tradición, Lima, FCE, 1997.



[1] Véanse por ejemplo “El Estado” (Los Parias, octubre de 1904), “La autoridad” (Los Parias, noviembre de 1904), El sable (Los Parias, diciembre de 1904) . Los más de los artículos anarquistas de Prada fueron recopilados en Anarquía (en Obras, Lima, 1986, Petro-Perú, vol. 3).

[2] Prada cumplió con creces la labor de bibliotecario, escribiendo unos informes que hicieron época y salieron en  varias ediciones, cuestionando con acritud la gestión de Palma. En todo ese tiempo Prada dejó de colaborar en la prensa y hubo de darse la crisis de régimen de 1914 para que volviera a tomar la pluma. Véase la cronología en anexo.

[3] Véase “Por mal camino” en Prosa Menuda (París, Bellenand, 1939, págs. 221-223): “Merced al actual sistema de espionaje y delación, nadie está libre de caer en las garras de la policía, de esa inestimable policía limeña que se hace humo en las horas de la cuita y reaparece con todos sus bríos cuando sólo se trata de echar el guante y soplar el fuelle. Se disculpa que en el día trágico las autoridades procedieran atolondradamente dejándose llevar de sospechas vagas y delaciones malévolas; pero, ¿a qué seguir hoy en esa caza de hombres?” Por este artículo contra el ministro de Gobierno la revista Los Parias se vio amenazada y terminó la colaboración de Prada que había durado cinco años. Véase Adriana de González Prada, Mi Manuel, Lima, 1947, Cultura Antártica , págs. 368-369.

[4] Véase el artículo de Luis Alberto Sánchez “Un incidente que definió el pensamiento peruano: Ricardo Palma versus Manuel González Prada”, en Cuadernos Americanos, México, v. 195, julio-agosto de 1974, págs. 145-159.

[5] En La utopía republicana (Lima, PUCP, 1997, págs. 401- 403), la historiadora Carmen Mac Evoy refiere cómo la primera presidencia de Leguía se caracterizó por el autoritarismo. En el seno del partido gubernamental se dio una fractura entre los defensores del “orden público” y un sector liberal  fiel a la prédica republicana de Manuel Pardo, fundador del partido. Esa izquierda civilista se unió con los representantes de los demás partidos para conformar el “bloque” opuesto al oficialismo y tratar de mantener una independencia del poder legislativo respecto al ejecutivo. 

[6] He aquí lo que escribía Riva Agüero en El Comercio: “[Fue] una inmensa desgracia nacional el fracaso de la revolución del 29 de mayo. Con ella se habrían evitado estos tres años de esterilidad, desquiciamiento y general descenso; la constante alarma en la vida económica; la incertidumbre del mañana cada vez mayor; la anarquía política que ha destrozado el gran instrumento de gobierno y orden que representaba el civilismo [...]”. Citado por Jorge Basadre en Historia de la República del Perú (8ª ed. 2000, La República, vol. 10,  pág. 2620).

[7] Adriana de González Prada recuerda en sus memorias: “Augustito como le decían sus amigos al hijo mayor de Leguía, había regresado de Europa, y al volver, de nuevo había seguido amistad con Alfredo. Sabiendo de sus persistentes deseos para el porvenir, Augustito había hablado con su padre. “Sé de sus propósitos, le dijo don Augusto a Alfredo, y quiero facilitarle el camino, poniéndole el pie en el primer escalón de la Carrera [...]”, en  Mi Manuel, ed.cit. , pág. 407.

[8] Véase Adriana de González Prada, Obr. cit.,  págs. 390-394.

[9] El orden de los textos de Bajo el oprobio es el siguiente: “Dos palabras”, “Páginas liminares”, “Suluque II”, “La gran farsa”, “La eliminación”, “El caporalismo”, “Los honorables”, “Los pastores y el rebaño”, “Comer y callar”, “La Protesta”, “Nuestras revoluciones”, “Cáceres”, “La buena revolución”, “El núcleo purulento”, “El tiranicidio”, “La elección de don José Pardo”, a los que se suman el prólogo de Alfredo González Prada y tres apéndices (la minuta del testigo del asesinato del ministro de guerra en febrero de 1914, y dos cartas de Manuel González Prada que explica su renuncia a la dirección de la Biblioteca Nacional) .

[10] “Dos palabras” fue suprimido sin explicación de la edición Petro-Perú llevada a cabo por Luis Alberto Sánchez (vol. 2, 1985). 

[11] Véase Bajo el oprobio, París, Bellenand, 1933, págs. 62-69. A esa edición es a la que nos referiremos en adelante.

[12] Ibid.

[13] Bajo el oprobio, págs. 53-54.

[14] Bajo el oprobio, pág. 58.

[15] Ibid.

[16] Bajo el oprobio, págs. 54-55.

[17] Carmen Mac Evoy, Forjando la nación-Ensayos de historia republicana, Lima, PUCP, 1999, págs. 281-283.

[18] Cita de Alberto Ulloa, el director del diario demócrata La Prensa, recopilada por Carmen Mac Evoy en La utopía republicana, ed. cit. pág. 410.

[19] “[...] él solo piensa, él solo quiere, él solo mira”, Bajo el oprobio, ed. cit., pág. 60.

[20] Billinghurst restableció la enseñanza religiosa en las escuelas abolida en 1906 por José Pardo.

[21] Obr. cit., pág. 71. Roberto Leguía no era tan novato en política pues había sido elegido diputado en 1907 y presidía la Cámara  en 1911 cuando se enfrentaron partidarios y adversarios de una amnistía a favor de los hermanos de Nicolás de Piérola, autores del golpe de 1909.  

[22] Bajo el oprobio, págs. 47-48.

[23] Ibid.

[24] Ibid.

[25] Bajo el oprobio, págs. 87-88.

[26] Apoyándose en la reflexión de Jorge Basadre, Carmen Mac Evoy apunta lo siguiente: “Las principales acusaciones contra Billinghurst giraban en torno a su autoritarismo político y a su peligroso estilo demagógico. Así, gobernar por decreto, realizar unilaterales recortes presupuestales,  arreglar de manera privada importantes cuestiones limítrofes con Chile y propiciar un plebiscito y una peligrosa movilización popular con la finalidad de realizar importantes y necesarias transformaciones socio-políticas fue algo que los miembros del congreso no estuvieron dispuestos a permitirle hacer.” (En La utopía republicana, ed. cit. págs. 430-431. )

[27] Bajo el oprobio¸ pág. 93. El léxico médico en Prada es más que una herencia naturalista, un rasgo de estilo propio.

[28] Se trata de las fórmulas: “matarles dormido (conforme al sistema Benavides)”(pág. 62) ;

 “para satisfacer ambiciones bastardas y eliminar a un adversario político, no vacilan en humillar el país bajo la bota de un soldado traidor y rapaz. [...] Los Hipócrates y Galenos de la Sociología nacional encuentran en el chafarote la única panacea de nuestros males.” (pág. 73).

[29] Bajo el oprobio, págs. 77-78. Obviamente el desprecio se manifiesta por el discurso coloquial y la frecuencia de peruanismos desterrados por completo de obras pradianas como Horas de Lucha y Exóticas.

[30] Otro ejemplo en “La gran farsa” es la comparación del asesinato del general Varela, sordo y dormido, con “la brava y descomunal batalla de don Quijote con unos cueros de vino tinto” (pág. 47).

[31] En sus memorias Adriana de González Prada refiere la visita a Behanzín y termina con esta nota: “[...] Como epílogo nos contaron haber presentado Behanzín un recurso al gobierno francés, pidiendo le cambiasen sus seis mujeres por otras nuevas. Lo mejor era que habían atendido a su petición y esperaba el rey de un momento a otro, la nueva remesa de su serrallo negro.” (Obr. cit. , pág. 294).

[32] El ensayo “Suluque II” es el desarrollo de la frase final de “Dos palabras”: “A los noventa años de independencia, no se debe admitir el reinado de un segundo Behanzín o de un nuevo Suluque”, nota publicada en La Lucha, 6 de junio de 1914. “Dos palabras” fue recopilado por Alfredo González Prada en Prosa menuda  (Buenos Aires, Imán, 1941, pág. 225).

[33] Bajo el oprobio, págs. 35-40.

[34] Ibid.

[35] Ibid.

[36] Ibid.

[37] Véase Bajo el oprobio, “El caporalismo”, pág. 78.

[38] Obr.cit., pág. 35-40.

[39] Ibid.

[40] Bajo el oprobio, “Dos palabras”, págs. 19-20. Existen dos textos con este título, uno que encabeza Bajo el oprobio y otro que figura en Prosa menuda (1941). 

[41] Obr. cit., “Suluque II”,  pág. 38.

[42] Ibid.

[43] Obr. cit., pág. 39. Véase tambien en “Varsovianas”: “¿Quieren patriotismo? Aquí están los galones de mis bocamangas. ¿Quieren glorias? Aquí están las presillas de mis charreteras. ¿Quieren valor? Aquí están los botones de mi casaca”,  en Prosa menuda (ed. cit., pág. 233). En su Historia de la República del Perú Jorge Basadre cita el discurso de Benavides el día de su elección como presidente provisorio: “Si queréis que os hable de patriotismo esta casaca lo dirá mejor que yo; si queréis que os hable de honradez, estos galones son honradez [...].”(t. 11, ed. cit., pág. 2738).

[44] Bajo el oprobio, “La gran farsa”, pág. 50. Compárese con el final del homenaje a “Grau” en Pájinas Libres (París, Dupont, 1894, pág. 67): “El futuro monumento de Grau ostentará en su parte más encumbrada un coloso en ademán d’estender el brazo derecho hacia los mares del Sur”.

[45] Adriana de González Prada, Obr. cit., págs. 419-423.

[46] Adriana de González Prada cuenta: “Temiendo algún encuentro sorpresivo, salí con mi revólver en la mano, escondido en la ancha mano de mi abrigo, lista a defenderme del que me estorbara en el camino”, ibid.

[47] Véase Bajo el oprobio, “Páginas Liminares”, págs. 23-31.

[48] Bajo el oprobio, “El caporalismo”, pág. 78.

[49] Antes de ser incluido en Bajo el oprobio, “El caporalismo” fue publicado en noviembre de 1914 en La Protesta  (n° 38, págs. 2-3).

[50] Bajo el oprobio, “La elección de don José Pardo”, pág. 184. Según Luis Alberto Sánchez, los votos de los delegados a la Convención que designaron a José Pardo en 1915 fueron comprados a 300 y 400 soles cada uno. Véase Carmen Mac Evoy, obr. cit. , nota 166, pág. 432.

[51] “Si a la Nación la representáramos por Melibea y a don José Pardo por Calixto, Benavides sería la Celestina con charreteras”, ibid.

[52] Véase por ejemplo el retrato del presidente Candamo en Textos inéditos de Manuel González Prada (Lima, BNP, 2002).

[53] “A los pocos años de haber dejado el biberón, Pepe [...] tan a pechos toma el oficio de Kronprinz que en vez de cabalgar un palo de escoba, se instala en un sillón y rodeado de la chiquillería familiar, simula presidir un consejo de ministros”, Figuras y figurones, en Obras, Lima, Petro-Perú, 1985, vol. 2, pág. 395. En adelante remitimos a esta edición.

[54] Figuras y figurones, pág. 396.

[55] Véase Figuras y figurones, pág. 398.

[56] Figuras y figurones,  pág. 397. Las cursivas son del autor.

[57] Figuras y figurones, pág. 399.

[58] Prada sucedió a Luis Ulloa contra cuya gestión habían iniciado una huelga los empleados de la Biblioteca y con quien Prada había tenido relaciones conflictivas en los años 1890. Desde el periódico El Tiempo, Luis Ulloa  se convirtió en uno de los mayores adversarios de José Pardo, denominando “neogodos” a los civilistas conservadores en que se apoyaba.

[59] Bajo el oprobio, “La elección de don José Pardo”, pág. 185.

[60] Bajo el oprobio, “Comer y callar”, pág. 117. Las cursivas son nuestras.

[61] Ibid., págs. 113-114. Las cursivas son del autor.

[62] “Dejamos la tiranía de la casaca para sufrir el despotismo del frac, y salimos del paisano sin conciencia para volver al soldado sin masa cerebral: como el perro de la Biblia, regresamos a nuestro vómito. [...] Cada salivazo chileno en nuestra cara estrecha los lazos de la fraternidad, cada puntapié chileno en nuestras posaderas aviva en nuestro corazón el sentimiento de gratitud. Mas, antes de los enemigos internacionales, vendrán los cuervos.

El Perú hiede a muerto.” (Bajo el oprobio, “Nuestras revoluciones”, págs. 135-138). Hemos ubicado este texto, cuyo paradero desconocía Alfredo González Prada, en el número 34 de La Protesta con fecha 10 de octubre de 1914, y audazmente fue firmado Manuel G. Prada. La prohibición de La Protesta ocurrió después del número 39, a consecuencia de la publicación de “El caporalismo”.

[63] Bajo el oprobio, “Los pastores y el rebaño”, pág. 102.

[64] Víctor Andrés Belaunde pronunció el discurso de apertura de la Universidad de San Marcos en abril de 1914: a  “La crisis presente”, título de su ponencia inaugural, proponía  como remedio “robustecer el sentimiento nacional”. 

[65] Bajo el oprobio, “Los pastores y el rebaño”, pág. 102.

[66] Véase “Los viejos” en Nuevas Páginas Libres, Santiago de Chile, 1937, Ercilla, págs. 109-114.

[67] Nuevas Páginas Libres, ed. cit. pág. 113.

[68] Bajo el oprobio, “El núcleo purulento”, pág. 171.

[69] El artículo “La Anarquía” recopilado en Anarquía (Santiago de Chile, Ercilla, 1936) y confundido con otro artículo por los editores de aquel entonces, salió por primera vez el 1° de mayo de 1916, en  La Protesta (n° 46).   Ubicamos un último artículo de Prada en marzo de 1917, en La Protesta (n°54). Se trata de una nota sin título que cita a Máximo Gorki y denuncia “la oficina parlamentaria” y “la máquina gubernamental que no funciona en beneficio de las naciones sino en provecho de las banderas dominantes”.

[70] Tanto el primer gobierno de Augusto B. Leguía como el de Guillermo Billinghurst merecerían nuevas aproximaciones de parte de los historiadores.

[71] Trozos de vida, Lima 1948, PTCM, sp. (1ª ed. París, 1933, Bellenand). Estos son los últimos versos escritos por el poeta antes de morir en julio de 1918.